Por Rafael Greco T.
El teclado recibía la natural agresión de las uñas postizas mientras cada pitido del escáner iba troquelando fotogramas de Nosferatu en mi billetera. Me costó sacar la tarjeta para pagar la cuenta, un santo de largo ayuno mordía mis dedos e intentaba herirme con su báculo.
No pude esquivar el odio del empaquetador; anudó cada una de las bolsas tras mis disculpas por no tener efectivo para su propina; pero, ver escapar a mi risita hipócrita, la que ofrezco a las cajeras, mi consentida, fue muy angustiante; saltó de la comisura izquierda al suelo, sacudió su pelambrera y corrió hasta detenerse a limpiar sus patas bajo sombras que parecían recortes de fieltro. Jadeante, atenta a mis movimientos, la vi menear el rabo por última vez hasta perderse entre hierbajos. Supe por otras expresiones de mis labios que suelen desdoblarse mientras duermo, que la risita se volvió adicta a los desechos, que fue a parar a una abadía para terminar de corromperse, para transformarse en afta de ojos en blanco.

Foto: Rafael Greco T.
