Por Rafael Greco T.
En la pesadilla, la voz, bien articulada, parece salir de la nariz; la boca nunca muestra los dientes, probablemente manchados de pintura carmesí.
Pongo la greca en la hornilla. Si estoy pendiente, tarda una eternidad el café; si pongo atención a la ventana, saludo al bambú moviendo los dedos como el viento mueve sus hojas, se desborda la cafetera. Así se han tostado varias veces las gomas que fijan la parte superior al depósito de agua. Compro compulsivamente ese repuesto. A veces saco dos gomas de la gaveta y las pongo frente a mis ojos como gafas para entrar en la realidad de los insectos. Los escucho mejor y hasta he llegado a entender lo que dicen.
Lo que no entiendo es porqué la boca que no se mueve es solo inquietante para mi. Aguardo el acto de los elefantes, pero nunca llega.
La voz nasal amenaza y del cubo no sale papelillo, es un chorro de chocolate hirviendo. Dentro de mi cráneo, la risa colectiva se siente como una taquicardia breve.
En los techos se despliega un desierto invertido que dominan las arañas, me explicaban cuatro mosquitos. En una larga monserga me convencieron para que les donara sangre; irónicamente eran Testigos de Jehová.
Con un poco, argumentaron, contribuirá usted a mantener el delicado equilibrio del recipiente de agua del canario de la vecina.
Hay un cajero automático a dos ventanas de aquí; allí depositaremos su cuota.
Busqué un torniquete y me dejé pinchar por los cuatro.
Sobre la mesa de la cocina dejaron unos libros. Hablan del principio de los tiempos, de toda la sangre derramada por sus mártires, de cómo hacer nudos de corbata y de que se debe llevar siempre un bolígrafo en el bolsillo de la camisa al igual que un anillo de bodas; de ese modo notarán tu alianza con la literatura y entonces ninguna mujer jamás se te acercará.
En el reflejo del café descifro el día, en el fondo de la taza descansan los tesoros de la noche.
Avanza la mañana, otro premio de la lotería que no acierto. Mi rutina de carnicero en el mercado, las moscas que atrapo y preparo secretamente en la tabla de trabajo para alimentar a las arañas del desierto invertido.
Un elefante se balanceaba…
Foto: Rafael Greco T.

