De la Imagen Funcional a la Imagen Pensativa:  la obra audiovisual en la era del pos-cine (I)

Por Paola F. Bishop

La importancia y relevancia sociocultural del producto audiovisual, es un tema que ha sido debatido y estudiado por académicos y creadores audiovisuales desde la primera proyección de Auguste y Louis Lumiére, dado que el cinematógrafo, dispositivo originario de la unidad audiovisual, nació y se dio a conocer en medio de la espectacularidad de las ferias populares, mostrándose desde el principio como colectivo, destinado al consumo masivo y a la experiencia hipnótica conjunta.

Sin embargo, su estudio teórico y análisis ha estado enfocado en la existencia de un ideal estético funcional, a partir de una conceptualización sobre lo audiovisual que, así como nació industrial y representativo/mimético, nació colectivo y masivo.

Desde los primeros experimentos con el cinematógrafo, la producción audiovisual se construyó como un proceso industrial, con una división del trabajo específica, en manos de quienes podían financiarla, diferenciándose de las artes formales. Siempre ha estado destinada al consumo masivo, y hasta el desarrollo y nacimiento de las cámaras de filmación caseras, la obra audiovisual era un derecho reservado para los que podían adquirir los equipos necesarios para su elaboración. Asimismo, su disfrute está reservado a consumidores con un poder adquisitivo mínimo necesario.

Es por ello que su potencialidad ha sido evaluada y desarrollada siempre con una función explícita o implícita, técnica o estéticamente, cuyo centro es la imagen funcional. Ante esto, ha sido el audiovisual mismo, y la audiencia quien ha reafirmado la importancia de su opuesto liberador: la imagen pensativa.

Lo primero es entender al producto audiovisual como un objeto artístico-industrial desarrollado técnicamente, en función de un mensaje ideológico a ser transmitido y reproducido.

No es casual que David W. Griffith se conozca como fundador de lo que hoy día se presenta como la forma cine dentro de todos los ámbitos pertinentes y legitimados. Con El nacimiento de una Nación, Griffith no sólo introdujo el montaje como elemento fundamental en la construcción de sentido en el lenguaje cinematográfico, también presentó al cine como herramienta ideológica de difusión de los valores y cosmovisión de una clase, que luego del éxito comercial de la misma, se interesó e invirtió en el desarrollo técnico y producción cinematográfica.

El mayor acierto de Griffith fue darle una función al origen y destino colectivo de la imagen en movimiento, y no la introducción del montaje como constructor de sentido, ya que el sentido audiovisual es algo que se va desarrollando en el sujeto que lo percibe y no en el producto en sí mismo.

El cine podría haberse desarrollado con principios de ordenamiento espacio-temporales diferentes a los propuestos por el montaje, su funcionalidad como obra y/o aparato ideológico sería la misma, los espectadores progresivamente serían educados para ello, tal como lo fueron para leer de forma continua las disrupciones que el montaje ordena. El nacimiento de una Nación es considerada la primera película del cine como arte específico, porque en ella hay una cosmovisión que se vio fiel y justamente representada, en todo aquello que defendía y necesitaba reproducir socialmente, le era totalmente funcional

Paradójicamente, la Segunda Guerra Mundial paralizó la industria cinematográfica y a su vez fortaleció simbólicamente lo audiovisual. A partir de este momento, la historia audiovisual cambió decisivamente y se liberó del cine como espacio único. El nacimiento de la propaganda audiovisual, los noticieros y los reportajes desde las zonas de conflicto permitieron que la población se “inserte” en la guerra y facilitaron la transmisión de los discursos políticos y bélicos de los gobiernos inmersos en el enfrentamiento. Puso en evidencia la efectividad masiva de la imagen en movimiento funcional en la construcción de las realidades del imaginario colectivo.

Ahora, el producto audiovisual estará siempre dotado ideológicamente de contenidos de los individuos que lo desarrollan, y a lo largo del primer siglo de la obra audiovisual, ha existido un consenso generalizado entre realizadores y teóricos con respecto a la importancia que tiene como reproductor ideológico. Sus contenidos también fueron diversificándose, las voces empezaron a multiplicarse y se desarrollaron formas narrativas diferentes a la propuesta por la industria. Sin embargo, todo ha sido creado sobre una misma unidad primaria de construcción de significado: la imagen funcional.

¿Por qué el estudio teórico y la creación artística audiovisual ha seguido alejándose de lo que crea: la imagen pensativa? ¿Qué es la imagen pensativa? Es la imagen liberadora. La imagen pensativa no es del artista, del creador, sino de quien la consume, quien la origina y quien le da sentido. Esta noción de imagen pensativa, elaborada por Jacques Rancière, se enfoca en todo aquello que no tiene una función dentro del mensaje, la imagen que no está subordinada a un rol determinado por quién crea, sino a un sentido construido por quien lo interpreta.

El carácter reflexivo de la imagen ha estado presente en todas las artes visuales, ha sido profundamente analizado por audiencias y teóricos audiovisuales, y es la meta estética del creador audiovisual que se entiende como artista, pero incluso en su expresión sigue subordinado a la funcionalidad estética de la unidad temática. Lo más curioso es que la misma unidad contempla como necesaria y fundamental la variedad dentro de la misma, y el montaje cumple con este principio estético a través de la creación de la imagen pensativa, que sigue siendo dejada de lado como unidad pura de sentido libre.

La imagen pensativa es aquella que no tiene una definición de cómo ser mirada, interpretada, su sentido no se impone por sí mismo y cuyo valor es esa multiplicidad de sentidos que contiene y que termina de construirse en el sujeto que la percibe.

David Lynch, por mencionar un ejemplo, es un pionero de la imagen pensativa. Su lenguaje cinematográfico está construido sobre lo fundamental de esta como unidad temática propia. Su efectividad sensorial radica en el proceso de reflexión activa y pensamiento que sus imágenes generan en su audiencia, sabiendo que todo aquello destinado a la activación del pensar crea nuevas conexiones neuronales en el sujeto, es una estimulación biológica consciente.

¿Cuál es la importancia de este debate? ¿Por qué como realizadores, creadores artísticos y de contenidos audiovisuales, teóricos y críticos deberíamos enfocarnos en el estudio y desarrollo de la imagen pensativa? Porque como sujetos sociales estamos inmersos, cada día más, en una narrativa funcional de la realidad audiovisual en la que vivimos.

La gran mayoría de la producción audiovisual profesional en la era del pos-cine ha estado subordinada casi en su totalidad a la funcionalidad de su producto, su función puede ser estética, publicitaria, ideológica, distractora, sensibilizadora, emancipadora y, en la era de las RRSS, viral; pero es siempre funcional para quien lo crea. Sin embargo, nuestra realidad actual es que la mayoría cuantitativa del contenido audiovisual está siendo creado por el colectivo no profesionalizado, despojando a la imagen de una funcionalidad, multiplicando el punto de vista y a su vez empoderando a la imagen pensativa.

Quiero cerrar esta primera parte con una pregunta que intentaré desarrollar asertivamente en cada una de las reflexiones que haré al respecto: ¿Este crecimiento colectivo de la producción audiovisual, y la multiplicidad de puntos de vista, se aleja o se acerca del carácter artístico de la obra audiovisual?

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