Una tarde de un sábado fue el momento para conocer el recorrido de Jesús García. Los versos fueron el hilo conductor de una velada para reconocerse en las líneas de otros que también son las de cada vida
Por Diego Almao
Diré que conocí a Jesús García un sábado de agosto de 2024. Aclaro esto porque estoy seguro que no fue la primera vez que lo vi, pero si la primera que compartimos de manera cercana. Tengo un vago recuerdo de un hombre atípico escribiendo poemas por limosnas frente a la entrada de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UCV. Probablemente era él, pero quién sabe.
En ese entonces (aquella vez de agosto del año pasado), una colega de Sociología me había invitado a una sesión de lectura del grupo literario que el poeta había fundado recientemente junto con su compañera sentimental y un amigo cercano. La sesión giraba en torno a Mi padre, el inmigrante, un poemario de Vicente Gerbasi. No tenía idea del trasfondo de Jesús, pero su presencia y su manera de declamar los poemas que compartimos ese día eran signos de que su espíritu estaba curtido de forma especial.
Luego me enteraría de algunas de sus aventuras por Colombia desde 2018, año cuando decidió migrar al país vecino y explorar otras formas de sentir y decir las cosas. Luego me enteraría que este viaje, que también lo haría pasar por Ecuador (solo por 15 días), era parte de lo que el poeta ofrecía como sustento en su primer poemario, Santos mendigos (2023), y que adeudo todavía una lectura completa más allá de los fragmentos que he podido conocer en estos meses.
En enero de 2022, pleno pico de la cuarentena en el mundo, volvió al país. La situación era muy complicada (lo sigue siendo) y había que ganarse la vida. En ese contexto, Jesús resolvió sacar su manera de escribir, instalarse en acera, plaza o esquina de la ciudad, y ofrecer poesía a toda persona interesada y dispuesta a dar una limosna por el arte callejero. Tiempo después, el recorrer de extremo a extremo la ciudad lo haría ser amigo de personas con intereses similares y con quienes comparte una manera de sentir, interpretar y explicar la vida.
Amigos en la creación
Todo este preámbulo me sirve para decir que la tertulia que el nacido en Río Caribe organizó con el apoyo de la Pulpería del Libro para el primer sábado de marzo fue, además de un momento que le sirvió para recordar, celebrar y compartir los poemas que lo habían marcado durante su vida, un espacio donde confluimos distintos creadores y consumidores de cultura unidos por un interés común: la literatura en cualquiera de sus formas.
Intercalándose con intervenciones prolongadas del poeta Jesús, hubo espacios de micrófono abierto donde las personas compartimos poemas que nos significaban algo. Una de las participaciones más emotivas que recuerdo fue la de Majo y el Pez, artista plástico y fotógrafa, que compartió con nosotros una sentida declamación de “Píntame angelitos negros”, un poema de Andrés Eloy Blanco que ella nos confesó relacionar con un familiar muy cercano para ella. El temblor que se asomaba en su voz lo dejaba entrever.
Más allá de que la base del evento fuese la poesía, y que varias de las apariciones en los dos espacios de micrófono abierto estuvieron centradas en esto, no todo lo fue. Una intervención que recuerdo vívidamente es la de Daniel, un ilustrador que confesó no escribir poesía con frecuencia, pero que compartió con nosotros una reflexión sobre la esencia de vivir en Caracas que poco tiene que envidiar al arte poético.
Los márgenes maleables de la poesía como arte dieron lugar hasta para dos momentos de freestyle por parte de Pedro, quien propuso un ritmo distinto a la dinámica del evento al compartir con nosotros unas rimas sobre una base hip-hopera que, aun así, no desentonó con el concepto de compartir poemas que, como describió Jesús al anunciar el evento, fuesen amigos, confidentes; acompañantes contra la intemperie de la vida y el desamparo.

El consuelo de la poesía
El protagonista de la tarde empezó el recital con una declaración de principios, tomando prestadas unas palabras que el ensayista y escritor sueco Stig Dagerman incluyó en un texto llamado Nuestra necesidad de consuelo es insaciable:
El mundo es más fuerte que yo. A su poder no tengo otra cosa que oponer sino a mí mismo, lo cual, por otro lado, lo es todo. Pues mientras no me deje vencer yo mismo soy también un poder. Y mi poder es terrible mientras pueda oponer el poder de mis palabras a las del mundo, puesto que el que construye cárceles se expresa peor que el que construye la libertad.
Estas palabras le fueron heredadas de un amigo y colega poético y quien, según contó Jesús, volvía a estas palabras cada vez que la vida lo apabullaba y lo golpeaba con todo, algo que el librero de La Pulpería replicó cuando las circunstancias no le eran favorables. El nombre del poeta es Santiago Vargas Cataño.
Como Jesús confesó, su relación con la poesía transcurre en varias etapas, habiendo empezado en la infancia con la huella que dejó su abuelo. Luego, en la adolescencia, entraría en un momento donde buscaría nuevas referencias, y una con un gran impacto fue “Los heraldos negros”, un poema del escritor peruano César Vallejo que, en esa oportunidad, García escuchó desde la voz del Che Guevara, en una grabación que el guerrillero dejó y empezó de la siguiente manera: “esto es lo único verdaderamente mío que puedo dejar”.
El poema de Vallejo transmite cierta desolación y resignación hacia los reveses de la vida, expresando el dolor existencial a través de distintas imágenes. Curiosamente, los versos de este texto serían lo único que defendería a Jesús de la aspereza de la incertidumbre e inestabilidad que Bogotá le ofrecería años después, como nos confesó esa tarde. Reflexionando sobre esto, arrojó la idea de que quizá la poesía era eso, un rezo que nos sirve para continuar y “sostener el camino”.

“He caminado este poema conmigo”
Durante su estancia en Colombia, Jesús pasó mucho tiempo sin un lugar fijo. Como comentó en el recital, era un momento complejo y que le obligaba a ganarse la vida (en un sentido bastante literal) con el arte callejero, compartiendo poesía en los espacios públicos de Bogotá. En un principio, recitando poemas de otros autores. Más adelante, de su propia autoría.
Durante este tiempo, el poeta convivió con varias personas en una situación similar y a quienes la sociedad, en sus palabras, etiquetaba como gente intrascendente, despreciada, y maldita, según sus propias normas. Para recordar a estos personajes, declamó “Dios te salve”, un poema del poeta argentino Pedro Bonifacio Palacios y quien usó el seudónimo de Almafuerte. Sin separaciones, todo unido.
La interpretación de Jesús transmite toda la intensidad que se siente en la lectura. En el sitio, el poema atravesó a todos los presentes con su fuerza, originada en el declamar de quien protagonizó la tarde como también del poema en sí, apoyado por la anáfora como el recurso clave que acentúa los aspectos y situaciones desgraciadas que afectan al interlocutor de Almafuerte y que el poeta argentino invita a superar.
“No te conozco, nunca te he visto”
Toda la presentación de Jesús se sintió como un recorrido en su propia biografía. A medida que compartía versos y reflexionaba sobre el impacto que ellos tuvieron y tienen en él, incluía también algunas palabras sobre su viaje de vida y la manera en que lo moldeaba. Establecía un vínculo entre el arte que lo conmovió con episodios o circunstancias de su existencia, de forma que pudiésemos entender el influjo de uno sobre otro.
Por ejemplo, nos habló un poco de los momentos previos a su regreso al país. Estando aún en Bogotá, en diciembre de 2021, Jesús sabía que regresar a Venezuela era cuestión de días. Todos los amigos que había hecho en su viaje habían vuelto a sus tierras. Ahora era su turno de volver, y esa certeza lo sumió en una encrucijada de sentimientos.
Fue en esa situación cuando un poema de Octavio Paz se volvió importante y necesario para él, al punto de decir que era el poema que él jamás hubiera podido escribir, pero que reflejaba su sentir durante la época. El poema en cuestión es “Antes de dormir”, un texto extenso y donde cada palabra es necesaria para transmitir todo lo que contiene.
El monólogo construye la dualidad entre el narrador con una presencia ambigua. No se sabe quién o qué es, pero lo cierto es que el narrador le cuestiona y juzga distintos aspectos, haciendo acusaciones y señalamientos crudos mientras que, al mismo tiempo, reconoce su propia soledad y a esta presencia ambigua como lo único que lo acompaña en la incertidumbre y desazón. Esta serie de sentimientos encontrados retrata un vínculo tenso y que transcurre entre resignación, súplica, confrontación, y otros estados.
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Una manera de registrar y distinguir momentos clave de nuestras vidas es con aquellos objetos o ítems que nos acompañaron en momentos puntuales. Ropa, videojuegos, libros, accesorios, películas, series… todo aquello que usamos, de una manera u otra, se vuelve parte de nuestra biografía, un documento que contiene una parte de nosotros, por mínima que sea.
Si lo vemos así, podríamos decir que la vida es simplemente un proceso de repartir y construir nuestra identidad entre aquello que resuena con lo que somos a medida que vamos siendo.
Jesús García encuentra en la poesía uno de esos ámbitos desde donde poder construirse y recordarse a sí mismo en etapas puntuales de su recorrido. Cada poema es una marca en el camino, uno de tantos hitos que conforman su existencia. Aquel sábado en la Pulpería del Libro fue un momento para traer de vuelta algunas de esas obras clave para él y actualizarlas en un contexto distinto, pero sin alterar demasiado lo que todos esos versos significaron y significan para el poeta.
