Ana Teresa Torres

Ana Teresa Torres: “Creo que todo el mundo debería escribir su propia memoria”

La autora estuvo en la mítica aula 201 de la Escuela de Letras de la UCV para hablar sobre la escritura en tiempos difíciles

Por Dalila Itriago

El 30 de noviembre de 1968 la escritora brasileña Clarice Lispector publicó una crónica en el Jornal do Brasil titulada “¿Cómo se escribe?”.

En ese texto ella admite que cuando no está escribiendo simplemente no sabe cómo se escribe y que, si no sonara infantil y falsa esta pregunta, ella elegiría a un amigo escritor y le diría: ¿Cómo se escribe?

“Porque, realmente, ¿cómo se escribe? ¿Qué se dice? ¿Cómo se dice? Y ¿Cómo se empieza? Y ¿qué se hace con el papel en blanco que nos enfrenta tranquilo?”, insiste la autora.

Para enseguida contestarse: “Sé que la respuesta, por más que intrigue, es esta única: escribiendo”.

El martes 17 de junio recordé esta cita. Esa tarde la dirección de la Escuela de Letras de la UCV, a cargo de la profesora Florence Montero, invitó a la escritora venezolana Ana Teresa Torres a la mítica aula 201 para hablar sobre la escritura en tiempos difíciles.

Torres fue tan tajante y transparente como Clarice: “Si usted quiere ser escritor, escriba. La única manera de hacerlo es escribiendo. La única manera de proteger el oficio es ejerciéndolo. La única manera de aprender a escribir es leyendo. Es cierto que están los talleres y todas esas cosas… sí. Pero para que el lenguaje resuene y se oiga en su texto, usted tiene que incorporarlo, por eso tiene que leer. Y si usted lo que quiere es escribir, bajo esa idea un tanto romántica de la literatura; comprenda que no está allí para protegerse a sí mismo. Está allí para escuchar esas voces y dejarse llevar por ellas”.

El salón estuvo más lleno que nunca. El conversatorio fue puntual. Inició a las 3:30 de la tarde y cuando se ocuparon las largas filas de pupitres, los jóvenes se sentaron en el suelo. Alrededor y enfrente de la escritora, como si se tratase de aquellos hombres lejanos en el tiempo que se reunían cerca de la fogata para recibir luz y calor.

La profesora Florence lucía contenta. Agradeció a la autora por haber aceptado la invitación.

Dijo que Ana Teresa Torres era una de nuestras más importantes y productivas escritoras y que en su obra trataba temas como la nación, nuestro origen, la herencia cultural, nuestros mitos fundacionales, así como también la política, la historia y hasta teoría literaria; escribiendo ficciones o investigaciones documentales que incorporaban el cine, la música y la fotografía.

La novelista, que también es psicóloga y psicoanalista, reveló que ella disfrutaba mucho al ir a conversar con los alumnos y profesores de Letras de la UCV porque sentía que allí el interés de los participantes era alto. Una sensación que no ha registrado del mismo modo en otros espacios.

De acuerdo a su propia página web, Ana Teresa Torres García nació en Caracas el seis de julio de 1945. Esto quiere decir que, dentro de muy poco, cumplirá 80 años de edad. A juzgar por la lucidez y la rapidez de sus respuestas, no parece, en absoluto, una persona de edad avanzada.

Mucho menos si se aprecia la fuerza con la que sostiene la pluma a la hora de firmar autógrafos o la firmeza de sus ojos azules al mirar. Más que contemplativa y dulzona, su mirada pareciera atravesar objetos y personas. Es lacerante.

En apenas diez minutos sintetizó cómo cambió su realidad cuando dejó la carrera de psicoanalista para ser escritora. Y luego, una segunda transformación: cuando se alejó prudencialmente de la ficción para hacer textos de profunda exploración histórica sobre nuestro tiempo presente.

Nadie la interrumpió. Hubo silencio y respeto. Ella leyó una hoja y todos escuchamos. Fue luego, como casi siempre ocurre, cuando dieron el derecho de palabra, que hubo más distensión en la audiencia.

Llegaron, por suerte, las risas, las inquietudes de los jóvenes que desean escribir, la confesión de su legión de fans que la admira, el agradecimiento sincero a su trabajo, la celebración de los personajes de sus novelas, y la alegría de una hermandad que florece en el pasillo y en las aulas de nuestra escuela.

Ana Teresa Torres

Sobre su exposición

Como escribí antes: Ana Teresa Torres es directa. No da rodeos a pregunta alguna. Si conoce la respuesta, contesta. Si no lo tiene claro, también dice, con la mayor naturalidad: “No sé”.

Pero sí hay algo en lo que tiene certeza (y lo reitera). Cuando afirma que por más deseos que tenga un autor por escribir sobre algún tema que le apasione; el tiempo y el lugar que le haya tocado vivir influenciará de modo determinante su obra:

“Somos producto de un tiempo y de un lugar en el mundo y esto no sólo nos afecta a nosotros como personas sino también todo lo que hagamos. Yo puedo reconocer mi mano en los cuentos que escribí cuando tenía 20 años de edad; pero ellos hablan de un país que ya no existe y de alguien que no soy yo”.

La crisis afecta a cualquier escritor venezolano en este momento, cree Torres. Sin embargo, a pesar de tener tantas cosas en contra, ella piensa que el venezolano, en general, es bastante resiliente.

A principios del siglo XXI una editorial se interesó por su obra y de hecho se hizo una biblioteca con sus textos. Admitió que, en ese momento, no tenía preocupación por buscar dónde publicar. Pero después las grandes editoriales se fueron del país.

Afortunadamente -dijo- quedan algunas que trabajan de manera independiente y que aún y con problemas de presupuesto insisten en promocionar a los autores nacionales.

La diáspora también ha afectado la producción editorial, de acuerdo a Torres, porque han sido muchos los trabajadores involucrados en la elaboración física del libro (correctores, editores, diagramadores y diseñadores, entre otros) que se han ido.

Venezuela cambió. Por eso la autora sostiene que la república sobre la cual se construyó la democracia ya no existe.

De allí que haya establecido una cierta división para algunos de sus títulos publicados. A una categoría la llamó “Años de recuperación” y a otra la bautizó como “Cambios notables”.

En el primer segmento se agrupan El exilio del tiempo (1990), Doña Inés contra el olvido (1992), Vagas desapariciones (1995), Malena de cinco mundos (1997) y Los últimos espectadores del acorazado Potemkin (1999).

Mientras que en el otro grupo están La herencia de la tribu. Del mito de la Independencia a la revolución Bolivariana (2009), Diario en ruinas (2018), Viaje al poscomunismo (2020) y Nocturama (2006) y Diorama (2021), como novelas distópicas.

“No se me hubiera ocurrido jamás estudiar el proceso político de la revolución bolivariana y mucho menos escribir un diario. Nunca tuve esa intención. Tampoco tuve el deseo de escribir una novela distópica, pero las circunstancias me fueron llevando. De eso se trata el escribir en tiempos de crisis: hay algo que entra en el escritor, una voz, que te obliga a tomar otros caminos. Eso hizo que mi ojo lector cambiara por completo” -dijo la autora-, al confesar que esa inquietud fue creciendo al conversar, algunos años atrás, con la escritora Michelle Ascencio; con quien analizaba referencias bibliográficas comunes.

Un buen día decidió que todas esas conversaciones se podían organizar por temas. Se trataba de lecturas sobre ideologías: “Me dije que si me lo iba a tomar en serio tenía que sentarme a escribir. Fue allí cuando cerré el capítulo de ficción y entré a una dimensión distinta a la que llevaba”.

Ana Teresa Torres sabía que a las personas que vivían en los países excomunistas les ocurrieron muchas cosas que transformaron sus vidas. Se propuso leer sobre aquellos cambios e indagar en todo lo que allí se había escrito.

Una profesora de Letras comentó a todos que ella se sorprendió cuando, años atrás, al trabajar en una librería de Caracas, recibió la novedad del libro Diario en ruinas. Dijo para sí misma: “Guao, Ana Teresa Torres también escribió un libro sobre nuestro acontecer”.

Serena, la autora le respondió: “Sí, me sentí influenciada por todos los escritores rusos que salieron al exilio cuando entró el régimen bolchevique. Unos contaban en sus diarios que no habían conseguido carbón. Otros, que no podían comprar comida. Hubo quienes narraron cómo lograron salir del país. Contaron su realidad y nunca se preguntaron si esos escritos gustarían o no a sus lectores”.

Probablemente por eso Torres insistió tanto que cuando se escribe no se puede pensar si eso gustará o no a un público. Mucho menos, si el libro se venderá o no. Si será rentable.

Ella leyó sobre hechos que ocurrieron un siglo atrás y le interesaban para sus textos futuros. Eso era lo importante: “Porque lo que uno escribe tiene que ver con lo que te afecta. Como escritores contamos con la libertad de dejarnos llevar por aquello que necesitamos escribir. Es más, yo creo que todo el mundo debería escribir su propia memoria. Me parece importante saber qué ha pasado dentro de nosotros”.

Al preguntarle sobre si escribiría ficción con todos los datos que logró reunir sobre la revolución bolivariana, lo negó: “No. Yo quedé harta de eso. La herencia de la tribu me ha dado mucho, pero también le ha quitado mucho espacio a mis novelas. Hay personas que sólo han leído ese libro mío y ninguna de mis ficciones”.

Dos veces le preguntaron sobre los autores que la marcaron o determinaron su obra. Una vez más la claridad no la abandonó. Sin pose alguna respondió que en este momento está leyendo más ensayos que novelas.

Dice que lo que leyó cuando era joven lo recuerda con afecto y emoción, pero no repetiría esas lecturas:

“Lo que encontré allí, lo encontré. No voy a volverlo a leer. Cortázar fue probablemente el autor que más he disfrutado… Así como recuerdo perfectamente el día cuando compré La ciudad y los perros, de Vargas Llosa; pero ahora no los volvería a leer. Me acuerdo del impacto que ambos produjeron en mí. Ya no tengo esa misma pasión”.

Ana Teresa Torres

– ¿Por qué dejó la psicología y se dedicó a la escritura?, preguntó uno de los presentes en el aula.

– No lo sé. Yo trabajé en una clínica parecida a la que está en la novela Vagas desapariciones. Allí conocí a la mayoría de mis personajes. Me resultó abrumador ver eso que llaman locura: cuando los personajes pueden hacer cualquier cosa.

– ¿Usted se ha involucrado en alguna novela, como personaje?, le dijo otro alumno.

– En todas estoy. El escritor está en todo lo que escribe porque eso que está en su texto tiene que ver con algo suyo. Justamente de allí te agarras. Si no hubiera esa referencialidad, probablemente no me interesaría escribirlo.

Fíjate, yo había dicho que no quería nada de esa otra vida mía, la psicología; y resulta que luego hice un postgrado en psiquiatría.

– ¿Qué es lo más complejo de hacer novelas históricas?, preguntó un tercero.

– Escribir dos novelas. La primera es una novela de investigación. La segunda, de ficción. Lo más difícil es ensamblarlas. Tomar lo que no es ficción e introducirlo en la ficción.

Hay que recordar que no se trata de una clase de historia, pero tampoco dejarlo todo a la imaginación. El historiador debe ser fiel a la verdad. El escritor fiel a la verosimilitud, como decía la escritora española Almudena Grandes.

Mientras escuchaba la charla llegué a preguntarme si con su oficio de escritora, con todas las lecturas que hizo sobre la revolución bolivariana, y con el aprendizaje de los viajes que emprendió a países que fueron comunistas y vivieron bajo “el telón de acero” podría imaginar cómo transcurrirán los años venideros en Venezuela.

Ana Teresa Torres cree que no hay manera de prever qué puede ocurrir aquí porque muchas veces el ser humano actúa de una forma que no obedece a la lógica.

Admite que jamás se hubiera imaginado ver lo que está pasando en los Estados Unidos. Por eso recomienda tener una actitud similar a la que tendría el espectador de una película: esperar hasta el final del film. Aunque, reconoce,  muchas veces el final de quien espera llega antes que el de la película:

“Eso que me preguntas no es tarea de un escritor. Eso vendría siendo la función de una pitonisa”.

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