Gestalt

Inseptos inectos/ «Gestalt»

Por Rafael Greco T.

Tal vez, si las abejas desobedecieran a la forma, no conocerían el hacinamiento. Si las estrellas de mar tuvieran cerebro, dominarían al mundo; se erguirían y caminarían en dos de sus brazos, estarían aburridas del pentamerismo y se percibirían como garabatos al mirar sus reflejos en las vitrinas.

Encantado, suelo interrumpir con objetos los desfiles de las hormigas para hacerlas trabajar un poco más. Es divertido proponerles circuitos complicados de azúcar para desorientarlas, hacer que su destino vibre como la membrana de una sarronca.

¿Cómo seré dentro de cinco minutos?

Perverso, noble, torpe, profundo de pensamiento y obra ¿Libre?

Perdí mi configuración. Olvidé la contraseña. Para volver a mis propósitos debo escribir una ristra de símbolos, números, una o dos mayúsculas, el nombre de mi gato al revés, darle a la barra de espacio y presionar enter.

Cuando estoy dentro del teléfono recuerdo que soy un rectángulo; mi encéfalo rezuma antiquísimas resinas mientras el algoritmo va dictando lo que me gusta y lo que es bueno.

Nací para ser engañado, para no conocer la verdad. Por eso cuando alguien pronuncia la palabra piña, se dibujan en mi mente unos cubos amarillos dentro de un recipiente plástico.

Haciendo esta reflexión di con mi norte: venderé pedacitos de mi insensatez sobre una plataforma de camión en la próxima feria de San Isidro.

Gestalt

Foto: Rafael Greco-T.

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