El Noúmeno: La angustia del no-saber

El Noúmeno: La angustia del no-saber

Para Kant, el sujeto trascendental solo puede conocer el mundo fenoménico (lo que aparece a los sentidos y es ordenado por categorías a priori como el espacio y el tiempo), quedando el noúmeno o "cosa en sí" inaccesible e incognoscible. Esta limitación epistémica genera incertidumbre sobre la realidad objetiva y si lo que percibimos es solo una representación subjetiva, lo que el autor conecta con la crítica de Maimón y la perenne inquietud de no alcanzar el conocimiento total, incluso comparándolo con el misterio de la conciencia

Por Arturo Guillén

«Aún cuando nosotros pudiéramos llevar nuestra intuición al más elevado punto de claridad, no por eso llegaríamos más cerca de los objetos en sí. En efecto; no conoceríamos, en todo caso, perfectamente más que nuestro mundo de intuición, es decir, nuestra sensibilidad siempre sumisa a las condiciones del tiempo y el espacio originariamente inherentes al sujeto; lo que los objetos pueden ser en sí mismos no lo conoceríamos jamás». 

Kant, Crítica de la razón pura. “Estética trascendental”.

Nota del autor del presente texto: Trascendental en términos kantianos quiere decir toda forma de conocer los objetos que no provienen de lo empírico, es decir, conocimientos a priori que son inherentes a nosotros y no dependen de la experiencia. Por ejemplo: el espacio y el tiempo, mencionados en esta columna.

Nos angustiamos por no saber dónde están nuestros hijos, padres o hermanos. El desconocimiento sobre el tema a tratar en un examen, asimismo, nos desespera; no sabemos qué responder y la ignorancia nos angustia: reprobaremos. Vemos, a lo lejos, la silueta de una serpiente. Asustados, damos dos pasos atrás. Aguzamos nuestra mirada y, en efecto, percibimos cómo serpentea en el pavimento. Decidimos correr ante la certeza de la aproximación de ese animal. A la postre, en realidad se trataba de un espejismo causado por el calor que distorsiona el sentido de la vista con vibraciones que culebreaban como víboras y confunden al observador. En los tres casos nos angustiamos por el no-saber. Los dos primeros por el desconocimiento del otro (personas, temas) y el último por la ilusión de la cosa (el fenómeno que no pudimos entender bien). De alguna forma, estuvo presente lo nouménico.

En la filosofía kantiana nos topamos con una limitante considerable: el noúmeno. El sujeto trascendental parte de dos condiciones a priori: el espacio y el tiempo (es decir, parten de él tanto que son inherentes al sujeto). Por medio de ellos el individuo emprende el conocimiento debido a que tanto en el espacio como en el tiempo, se nos presentan los fenómenos (lo que aparece ante nuestros sentidos). Se puede decir, por tanto, que el hombre trascendental kantiano ejerce sobre lo fenoménico sus condiciones a priori del conocimiento para poder categorizar a los objetos que ante él se aparecen. Pero, ¿y el noúmeno? ¿Qué representa ese término en lo expuesto? Pues bien, si captamos lo fenoménico, lo que nuestra sensibilidad percibe y lo que nuestro entendimiento ordena y conceptúa por medio de las categorías, no así aprehendemos lo nouménico, a la cosa en sí. Es decir, la realidad objetiva, y no subjetiva de nuestra percepción, que imbuye a los fenómenos, es inaccesible para el individuo.

Nosotros, de acuerdo al sistema epistémico de Kant, sólo podemos llegar a conocer el mundo fenoménico, lo que se nos presenta ante nuestros sentidos. Más allá de esa representación, de las intuiciones (traducida como intuición del alemán Anschauung —aprehensión, vista—), se halla el noúmeno, lo desconocido, lo que se aleja, a una distancia inalcanzable, del hombre. Es decir, el sujeto trascendental está sentenciado a no conocer a las cosas en sí, a como realmente son fuera de los parámetros apriorísticos del espacio y el tiempo y las condiciones a posteriori que usa el entendimiento, merced a la experiencia, y la razón.

La sola idea de verse obnubilado por el desconocimiento, de no saber con certeza cómo son los objetos en sí, angustia. Como en los ejemplos utilizados al inicio del texto, en el que nos angustiamos imaginando que ignoramos el paradero de nuestros familiares o por no haber estudiado el tema correspondiente del examen, así ocurre si reflexionamos acerca de las limitantes de nuestros sentidos y nuestras categorías del saber. ¿Qué sé? ¿Dónde me ubico en el conocimiento? ¿Lo que pienso conocer en realidad no lo aprehendo como es en sí, sino que me circunscribo a lo que mis categorías a priori dictan, limitan? ¿Qué es la realidad, entonces, más allá de lo fenoménico? ¿La ilusión de la serpiente a lo lejos, es la misma ilusión del edificio, la montaña y el cielo que en este preciso instante observo?

Tales cuestionamientos pueden surgir en el lector de Kant. Y aunque el filósofo alemán se desentendiera de tales angustias, partiendo del supuesto que sus categorías puras del entendimiento bastaban para que la razón interviniera en lo fenoménico, es ineludible no estacionarse en lo nouménico y la incertidumbre que tal concepto genera. Es por ello que Salomón Maimón hacía crítica del noúmeno, tanto que es esencial en el sistema filosófico kantiano para entenderlo, y tanto también que es un arma que lo apuñala desde dentro. Si bien Maimón no negó a la cosa en sí, a lo que realmente es fuera del fenómeno, le es indiferente introducir en el sistema filosófico si el objeto tiene una capa incognoscible para nosotros. El concepto del noúmeno, por ende, limita al mismo sujeto trascendental en su tarea epistemológica y, al mismo tiempo, se concibe el contingente de la angustia.

«El concepto de un noúmeno es, pues, simplemente un concepto limitativo que tiene por fin restringir las pretensiones de la sensibilidad y que es de uso negativo. No es ficción arbitraria: se reduce, al contrario, a la limitación de la sensibilidad, sin poder nunca establecer cosa alguna positiva fuera de ese campo de la sensibilidad». Crítica de la razón pura. “Analítica trascendental”.

Muy bien. En este extracto Kant le advierte al empirista: no pretendas demasiado con la sensibilidad. Tiene un límite y para ello, con el cometido de profundizar en el conocimiento, existen otras capas del saber (entiéndase las categorías puras del entendimiento y la razón). Sin embargo, nuestro idealista trascendental también alude lo siguiente.

«Ninguna de estas dos propiedades (intuición y entendimiento) es preferible a la otra. Sin la sensibilidad no nos será dado ningún objeto, y sin el entendimiento ningún objeto será pensado». Crítica de la razón pura, de la lógica general.

En efecto. Es imprudente posicionar lo sensible sobre el entendimiento y viceversa. Ambas formas del saber son necesarias para ahondar en los objetos y obtener, así, mayor conocimiento del mundo. No obstante, he aquí la cuestión: el noúmeno. Anteponiendo este concepto, que limita lo conocido al simple fenómeno, estanca al sujeto trascendental en un conocimiento fenoménico (si se quiere, superficial) y a la contingente (posibilidad de ser o no ser) de la angustia del no-saber. Tanto la sensibilidad, como las categorías, entonces, se ven restringidas, aprisionadas por lo nouménico. Atrapados entre las simples representaciones, el mundo incognoscible se aparta de nosotros, dejándonos en la más absoluta oscuridad. No se habla en este punto de que otro ser vivo, sea un murciélago, un gato o una hormiga, perciba las cosas diferentes a nosotros como humanos. Al final, todos nos limitaríamos a nuestra sensibilidad, nuestros sentidos. Además que al carecer de razón, las otras formas de vida adolecerían de las herramientas requeridas para construir conceptualmente la realidad. Por tanto, nos saldríamos del asunto a tratar.

¿Puede lo cuántico ser eso nouménico? Si bien se ha avanzado en la comprensión de la mecánica cuántica, aún persisten elementos que presentan un desafío para la comunidad científica el poder explicar ciertos eventos cuánticos. Asimismo ocurre con la conciencia, la cual se ve en medio de la disputa «materialista vs filosofía de la mente» para explicar su existencia. Sabemos que pensamos, que razonamos, que tenemos la certeza del yo: yo pienso, yo hablo, yo razono, yo experimento, yo existo. No obstante, más allá de la sensación de existir, desconocemos la procedencia real de tal sensación, es decir, de la conciencia. Se nos intuye, por consiguiente, como un noúmeno… al menos por momentos.

En efecto. A muchos les angustia, incluyéndome, la real explicación de la conciencia. ¿De dónde procede? ¿Cómo, en realidad, se genera? ¿Meras conexiones neuronales, con tal índice de complejidad, pueden, acaso, formarla? ¿Cómo es, entonces, que esas conexiones pueden en sí mismas causar la conciencia?

Con la finalidad de no extenderme demasiado, e irme de bruces a otros temas, prosigo con el hilo principal del texto. Tomé como ejemplo la conciencia para esclarecer, de cierta manera, si así ustedes aceptan esa digresión como un punto coherente, la angustia del no-saber. De esa forma se puede llegar a la incertidumbre con el concepto del noúmeno, lo que está fuera del alcance de nuestros sentidos y nuestra razón. Y que si pretendemos alcanzar lo que trasciende lo fenoménico, estaríamos a merced de la metafísica especulativa.

¿Hay un escape alterno para el idealismo trascendental y la angustia del no-saber? ¿Sólo sabemos sobre el mundo de las apariencias y no como es el mundo en sí mismo, por siempre irreconocible, por siempre incognoscible?

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