La Verdad Verdadera y el Relativismo de la Posverdad_

La verdad verdadera y el relativismo de la posverdad

La ficción social contrasta con la noción de autenticidad propuesta por Aristóteles, donde las declaraciones deben concordar con el mundo real, incluso en el ámbito moral. Hay una patraña maquillada que usa la exageración y las redes para manipular al público, induciendo un peligroso subjetivismo. La evidencia factual queda oculta por las narrativas que alimentan los prejuicios de cada individuo

Por Arturo Guillén

«Decir que lo que es, es y que lo que no es, no es, esto es la verdad». Aristóteles,

Metafísica (Γ, 7; 1011b 27)

Se abre un agujero en el cielo. Los noticieros comunican lo acontecido, las personas en la calle, al alzar sus miradas, pueden observar, atónitos, que en efecto el cielo se abrió. No obstante, surgen, a la postre, algunas informaciones contrarias por redes sociales: A. En realidad nuestro tejado terrícola no se ahuecó, sino que es una ilusión producida por la luz y la magnetósfera del planeta. B. Más que una ilusión, es un invento de cierto grupúsculo con poder que se beneficia del pánico que ese hoyo podría representar. C. Ni lo uno ni lo otro, es un orificio que siempre ha estado ahí, sólo que ahora buscan visitas en portales webs alarmando a la ciudadanía.

La verdad como correspondencia

No es de sorprenderse que siempre se vuelvan a los clásicos para esclarecer ciertas confusiones en el presente. Si bien se han postulado diversas teorías de la verdad, se consigue que la verdad como adecuación o por correspondencia, conceptuada por Aristóteles en su obra Metafísica, es la que adopta una gran parte de los pensadores de la era moderna. No así (por mencionar algunos de sus contrarios) Nietzsche y la posmodernidad.

Aunque los críticos de este modo de verdad, digamos, apuntan a sus falencias en el ámbito moral, dado que no es lo mismo decir que «está lloviendo donde vivo», lo cual sería un enunciado comprobable en la realidad, a valorar una acción moral como «el uso de la fuerza está mal», se caería, por ende, con esa acusación, a la relatividad moral. Se puede comprobar en la realidad los efectos, por ejemplo, de un homicidio o de un robo o del uso de la coerción sobre alguien. No es presuponer que como no vemos «al mal propiamente dicho del asesinato» o «tampoco al sufrimiento como viéramos a la lluvia o a un lapicero sobre el pupitre», no es verificable y, por tanto, la correspondencia falla. El cadáver de quien fue asesinado yace en el suelo, aquel cuerpo que antes sentía, que antes se movía y de él manaba la vitalidad de una vida, sus deseos y pesares, se vio, de pronto, abruptamente acabado por un acto que atentaba contra la moralidad de la sentencia: «matar está mal». Es, de hecho, comprobable el resultado. O así también podemos apuntar al uso de la coerción en un sistema totalitario y sus efectos verificables en la realidad del país que lo padece.

La correspondencia de un enunciado, sea ético, sea moral, sea material, debe adecuarse a la realidad. Se dice que el hombre es, ¿por qué con exactitud? El hombre es, o el ser humano es, por lo que hace, por lo que lo define. Es decir, su esencia. Por tanto, se dice que un ser humano es un ser humano porque es un ser viviente racional, ergo, que hace uso de la razón. Asimismo se puede conocer la naturaleza de la ética y la moral. Según su proceder, se afirma: «matar está mal», «tiranizar está mal», «buscar el bien propio, haciendo daño al otro, está mal». ¿Por qué se puede llegar a esa conclusión? Por la misma operación de esas acciones: agredir, aniquilar, coaccionar. ¿Correspondido a la realidad o no?

De la Voluntad de Poder y el nacimiento de una nueva verdad

Bien. Se entiende que la verdad no es una. Cuando se habla de la verdad, como una única cosa, un único objeto que abarque todos los saberes (ciencias, sociológicas, filosóficas, entre otros), se cae en un error, digamos, cuantificable. No es lo mismo, para ejemplificar en este caso, una verdad médica como «si se padece apendicitis, debe operarse para evitar una peritonitis» a una verdad astronómica que dice «Júpiter es un gigante gaseoso». Y así podemos ramificar hacia más verdades.

Teniendo en cuenta lo dicho, pasemos ahora a Nietzsche. La verdad, para el filósofo alemán, era una cuestión de poder. La verdad será «verdad aceptada» cuando quien la empuñe, cual arma se tratara, tenga la voluntad de poder para imponerla. Aquellos que durante la historia tuvieran el poder suficiente para anteponer su cosmovisión del mundo sobre la del resto, sería la dominante.

En efecto. Estamos presenciando, con esa definición, una especie de proto posverdad conceptual. He aquí, entonces, cuando vamos desentrañando las capas de la posverdad. O, dicho de otro modo: avistando su origen «filosófico».

Y así como la verdad no es una que comprenda todos los saberes del mundo, que cada saber, cada área del conocimiento tiene su verdad, también, en el poder, en las distintas posturas políticas e ideológicas recurren a la propagación de verdades por medio de triquiñuelas comunicacionales o propagandísticas, con ayuda de las redes sociales, para hacerse imponer sobre el adversario y sobre nosotros su «verdad verdadera». Entramos, pues, a la posverdad.

La posverdad y el relativismo peligroso que genera

Asediados por el bombardeo continuo, incesante, de información en redes sociales y los medios masivos de difusión, el mundo se nos presenta en completo desorden. Al menos, en apariencia. Surgen, por tanto, oportunidades varias para quienes busquen persuadir al confundido: acepta mi verdad y todas las tinieblas serán disipadas ante tus ojos.

Desde las conocidas afirmaciones de quienes apoyaban el Brexit en el Reino Unido, proveyendo información falsa sobre ciertos gastos económicos que hacían para la «manutención» de la Unión Europea, hasta las conocidas tergiversaciones históricas, y de hechos recientes, del chavismo en Venezuela, presenciamos en primera fila los efectos de la posverdad.

Evidentemente, la propagación de un sinfín de «verdades», que terminan siendo a su vez foco de opiniones tan diversas como incoherentes y alocadas, nos arrastran, de una forma inevitable, al pantanoso terreno de la relatividad. Todo, entonces, llega a ser relativo. «Hay tiranía en Venezuela», se proclama. «Bueno—responden en cualquier red social que se les ocurra—es relativo, porque Estados Unidos—insertar, en este punto, cualquier lugar común en tales argumentos de foráneos que desconocen el acontecer interno del país—».

O, yéndonos a un tema hilarante y no tan personal como el caso venezolano, nos encontramos con las teorías de la conspiración. Y no hablamos, en este caso, de las demenciales afirmaciones de que en realidad «las estrellas no existen» o que hay un «cubo invisible y secreto» en la Antártida. Nos referimos a aseveraciones que, proferidas desde una posición de poder, infieren en la realidad para poder sacar partido electoral. Por ejemplo: Trump. Ha asegurado que durante la administración de Biden hubo la peor inflación que ha tenido Estados Unidos, cuando fue de 9,1%, frente a la más elevada que fue de 23,7% en 1920. Se crea, con ello, una sensación de conspiración económica, haciendo hipérbole de una situación en específica, sea coyuntural, por incompetencia o por el simple hecho de perjudicar a muchos para favorecer a unos pocos, con el cometido de ganar ventaja políticamente hablando.

La posverdad es, pues, en esencia, una mentira que se hace pasar por verdad. Se decora con enunciados fáciles de entender, con cierta exageración de datos, de hechos en concreto, para luego, gracias a las redes sociales, propagarse y persuadirnos a nosotros los incautos. Ya la realidad pasa a ser relativa. Tú tienes tu verdad y yo la mía; ella tiene su verdad y él la suya. La posverdad navega por los mares hipotéticos de un red piller o de un nuevo feminismo; por una sentencia «biológica» (refiriéndonos en este ejemplo a un postulado red piller) que las mujeres, en su absoluto, «tienen hipergamia por naturaleza»; o también, si se quiere, por un postulado del nuevo feminismo que asegura que «todos los hombres son violadores por naturaleza».

¿Cuál verdad aceptar? Cual sea que en la góndola específica se nos muestre más apetecible, es decir, más digerible para nuestros prejuicios y preconceptos. La posverdad termina siendo un inmenso supermercado que recorremos con nuestros carritos y depositamos en él tal o cual «verdad» que se ajuste a nuestro sistema de pensamiento o, mejor dicho, a nuestros dogmas. Porque, al final, el mayor campo de cultivo de la posverdad está en el dogma, en los dogmáticos.

Con ello, aquellas verdades verdaderas son sepultadas en los anaqueles polvorientos que fueron arrastrados al lugar más recóndito del supermercado. Sí, las verdades verdaderas, arrinconadas, atemorizadas, esperan, de nuevo, ser descubiertas, desempolvadas.

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