Más que un cortometraje, una radiografía. La joya cinematográfica estrenada en el año 2000 convirtió el suplicio de un trámite en una pieza magistral sobre la burocracia y esos aliados inesperados que se ganan la vida de blanco y sin coimas
Cédula ciudadano es una de las mejores películas del cine venezolano. Condenada al peso de ser un cortometraje, YouTube la reivindica con un total de 48.315 reproducciones para el momento en el que se escriben estas líneas.
Filmado en 1999 en lugares como La Candelaria, la Biblioteca Simón Rodríguez y el edificio de El Universal, cuenta la historia de Gustavo (Héctor Palma), un joven que quiere sacar la cédula. Necesita el documento para obtener la libreta militar, indispensable entonces para no prestar el servicio de manera forzosa.
La mamá lo despierta de madrugada para que se aliste. El papá lo lleva y le da 15.000 bolos de la época para que «resuelva». En el trayecto, cuando la oscuridad está a punto de darle paso a la luz, vive la dinámica común de un hermano mayor que también es acompañado en el carro por sus hermanos menores.
Desde que se levanta, sabe que el camino será tortuoso. Y la sospecha se cumple. Lo que parecía ser un trámite infernal no solo termina siéndolo, sino que rebasa cualquier expectativa de inutilidad. La máquina se daña, el personal es apático, no resuelve y hay favoritismos. Todo parece solucionarse con dinero extra, pero Gustavo se niega a pagar «por debajo de cuerda» para solventar los contratiempos.

Lleva una franela del Che Guevara que dice Rage Against the Machine, quizá el mayor símbolo de rebeldía adolescente externa; pues a simple vista luce tranquilo y sosegado, aunque con principios muy afianzados que le impedirán caer en la tentación de «dar para el fresco».
Cédula ciudadano recuerda unas recientes palabras de la cineasta argentina Lucrecia Martel, quien en una conferencia instaba a los realizadores a ir más allá de las estructuras aprendidas y de las referencias manidas. Enriquecerse con lo que se ve en la calle y reinterpretar a partir de esa observación.
Dirigido por Diego Velasco, el cortometraje de poco más de veinte minutos es una lectura del entorno inmediato para construir una historia caraqueña atemporal, todavía muy cercana incluso para generaciones que ni habían nacido cuando Héctor Palma actuaba frente a las cámaras dispuestas en la Plaza Candelaria.
Una de las primeras referencias que vienen a la mente es la de Brazil (1985), de Terry Gilliam, aquel largometraje sobre una burocracia imperante y asfixiante en el que el gris envuelve las zonas más deprimentes de la vida de los personajes. Sin embargo, Velasco delimita sus espacios con una precisión que no busca simular modelos, sino recrear desde su más íntima perspectiva como habitante de un universo en el que convive con sus personajes.

Además, sabe sumar secundarios que se amoldan muy bien a esa visión: el taxista que busca embaucar al protagonista, el gestor que insiste en ser la solución y el funcionario público que añade problemas en vez de respuestas. Interpretados respectivamente por Dimas González, Rolando Padilla y Er Conde del Guácharo. Un elenco que se ajusta acertadamente a la obra del realizador que en 2010 estrenó La hora cero.
Pero hay uno que destaca no solo por su actuación, sino por lo que representa: el perrocalentero interpretado por Orlando Urdaneta. Es un personaje que no solo sacia el hambre repentina del transeúnte, sino que también es notario, envía correos electrónicos, vende timbres fiscales y hace llamadas. Es un comerciante que, a pesar de estar fuera del sistema formal, resuelve lo que el protagonista necesite sin coimas. Todo un emprendedor de principios de siglo que se gana la vida de la manera más honrada posible. No en balde es el único vestido de blanco, símbolo de pulcritud en medio de ese caos circular en el que Gustavo no halla salida. De hecho, es su primer aliado antes de la llegada de Patricia (Rosella Pernía), la joven que será su cómplice para escapar de una posible pesquisa.
Todo en tono de comedia. Una obra del año 2000 sobre el absurdo de la burocracia con la perspicaz mirada de un venezolano que comprende su entorno para realzarlo en una ficción callejera que toca cualquier puerta. Cédula ciudadano es una joya, tanto por su registro de una dinámica universal —especialmente en países hispanoamericanos— como por su manera de hilar cinematográficamente las complicaciones de una simple diligencia.













Detrás de cámaras
