Por Rafael Greco T.
Ojos de mariposa; naufragios desperdigados en la epidermis, escote abisal,
“ajirafada”, una brillosa gargantilla; lóbulos desnudos, rasgados.
Hablaba de arenillas que devoraban carne, de Sarái Batú. Sus labios trocearon
el violento final de unos callejones.
Como caramelos gomosos, las imágenes reconstruidas con pesadillas quedaron
adheridas al paladar superior de mi cráneo, aunque varios latigazos de saliva
fueron despertando claras y sonoras bogadas por el caleidoscopio del Volga.
Ella mencionó herencias étnicas que debí reconocer desde el principio. Fui
egoísta, preferí fabricar un manto de incredulidad para que ninguna ciega
brahmín cruzara por mi rostro. Qué obesidad la de la ignorancia.
De qué hubiese servido preguntarle por los rombos que encallaban en sus
pómulos. Cuando una reencarnación como esa recuerda redes de muros, judíos,
sultanes o mártires hay que aplanar el entrecejo, se debe responder con
parpadeos de cansancio, de empatía barata.
Ella sacudió mil dedos con anillos coronados de esmeraldas frente a mi rostro
para dramatizar una negación.
— Con mi huida, abulté la vergüenza de la casa—dijo y prosiguió mordiendo la
niebla—¡Qué monstruosa vida planearon para mi junto a Hafez, ese tramposo
del jengibre y la cúrcuma!
Cada 106 años te encuentro, Arslan, pero no me recuerdas. Me enamoré de un
“hasta el fin de los tiempos” común y corriente.
La poesía de nuestra primera ejecución cantó solo para mí.
En tu corazón solo hay prédicas que aborta la costumbre.
Tu condena será transitar el infinito sin detectar la sensualidad.
Comentarás hasta el hastío “qué calor hace” o “amaneció lloviendo”.
Maldecirás el invierno por el sable que una vez congeló los pantanos de tus ojos.
Tu sangre no sabe a higuera como la mía, me costó entenderlo.
Vengo del Valle de Los Ovinos; tu, de un tintero.
Eres una coscoja que solo yo puedo atravesar.
Anda, pide una pogacha y otro té negro, yo invito.
Falta poco para que den con nosotros. La última vez nos fusilaron.

Texto y foto: Rafael Greco-T.
