Por Rafael Greco T.
No sabía que en mi podían hospedarse las atrocidades del edificio que reposa sobre el estudio de tatuajes La Culpa. Quizá la rabia de la música y el ritmo de la aguja engendraron un lebrillo energético que trasvasó aquellas penumbras a mi cuerpo.
No soy muy dado al misterio, ni obedezco a la fuerza electromagnética de la tinta. Simplemente fotografié un sticker que llamó mi atención entre muchos que fueron saqueados por la luz solar en una señal de tránsito y sin meditarlo, pedí a un artista de La Culpa que fijara el logotipo en mi nuca. Es una bocallave ovalada, sin ornamentos, con una clara influencia del Pop Art.
Desde entonces suelen atacarme las ganas de quitarse la vida de uno de los inquilinos.
Se enciende en mi antebrazo izquierdo su lamparilla de lectura; oigo los pasos desde mis venas hasta el corredor que lo lleva a la cocina; el desdichado se sienta en un islote rodeado de colesterol a vapear mientras contempla los astros más encumbrados de las paredes.
A un par de puertas, el joven del dos, ve sangre escapar por el sumidero cada vez que toma una ducha.
En la alfombrilla, deja de perseguirlo el maltrato de la abuela. Ese rectángulo aquieta su corazón. Desde allí sacude la cabeza con fuerza mojando frisos y gabinetes, como un perro tratando de vengar un frío antiguo. Palpa el desorden de su pubis con alivio; al fin alcanzó los veintiocho. Al enjugar la rúbrica de los correazos, el sudor de su miedo rezuma en mis manos.
¿Qué puedo decir de Antonia? Obesos años encallada en el penthouse. Tiene a su padre con Alzheimer. El abrazo de la nostalgia la asfixia. A menudo visita el pasado encerrándose en el armario; concilia el sueño entre el vinagre de viejos abrigos y el moho de los zapatos. Ya acumuló la dosis mortal del somnífero que esparcirá en la granola. Al desteñirse la madrugada, el viento despeinado
seguirá provocando chillidos en las ventanas dándole voz al agobio. En estos momentos la depresión de Antonia practica la globoflexia con mis intestinos; aún no he podido desatar el nudo que ayer hizo en mi estómago.
Pronto habrá junta de condominio.
Asistiré como oyente y donaré algo de dinero para el arreglo de los ascensores. Hace meses que no escucho el vaivén de la hipocresía que sirve de espuma al fuego criminal del conserje; por cierto, estoy saliendo con su esposa: una maestra retirada con un largo prontuario de infidelidades.

Texto y Foto: Rafael Greco-T.
