Platón y Kant

Platón y Kant: los unificadores del pensamiento (I Parte)

¿El mundo es un cambio constante o una esencia inmutable? Mientras Heráclito nos decía que "nadie se baña dos veces en el mismo río", Parménides sostenía que el ser es uno y no cambia. Esta tensión entre los sentidos y la razón definió el origen del pensamiento occidental.

Por Arturo Guillén

Lo múltiple y lo particular; lo estático y el devenir; lo empírico y la razón.

Nota del autor del presente texto: esta reflexión constará de dos partes. Esta primera de Platón como unificador de las ideas de Heráclito y Parménides. Y una segunda de Kant como unificador de las ideas racionalistas de Descartes y Leibniz y de las ideas empiristas de Locke y Hume.

El orden de lo empírico y el orden de la razón han desempeñado un rol relevante dentro del pensamiento filosófico. Esa tensión constante entre ambos modos de conocimiento ha desencadenado, a su vez, enfrentamientos de ideas, de cómo o no interpretar la realidad. Sea el devenir constante en el que lo mutable nos impide el conocimiento fijo del ser, al de lo estático que nos permite el conocimiento verdadero del ser. Es decir, de Heráclito a Parménides en los presocráticos, hasta Descartes y Hume en los modernos, el devenir y lo inmutable; la experiencia y la razón, han abierto el campo de batalla en dos frentes que, al pasar del tiempo, dos grandes pensadores han sabido unificar: Platón y Kant.

Lo irreconciliable entre Heráclito y Parménides

Mientras que Heráclito aseguraba que «uno no se baña en el mismo río dos veces», Parménides diría que «el río sigue siendo el mismo y, por tanto, sí nos bañamos dos veces o hasta tres, cuántas ocasiones queramos, en el mismo río».

Heráclito veía en el mundo un constante devenir en el que el agua del río cambia; el sol sale y después la luna asciende, se hace luz y luego se hace oscuridad; se empieza joven y se termina viejo. El cosmos es la lucha de los opuestos y en ese conflicto, deviene el mundo, se hace el mundo. Es por ello que Heráclito afirmó: «La guerra es padre de todas las cosas, es de todas las cosas rey» (frag.53). O también: «Lo que está en nosotros es siempre uno y lo mismo: vida y muerte, vigilia y sueño, juventud y vejez ya que por el cambio esto es aquello, y de nuevo por el cambio aquello es esto». (Frag.88). Es un ser y un no ser, es y no es, es el devenir y no es lo inmutable. Heráclito no ve, por ende, el conocimiento fijo del ser. Porque Dios también es invierno y verano; frío y calor; claridad y oscuridad.

«El fuego no es para Heráclito una determinada substancia corpórea, como pensaron todavía Zeller y Burnet, fundándose en su interpretación cosmológica, sino un símbolo de la eterna inquietud del devenir, con sus incesantes subidas y bajadas». Historia de la filosofía, Johannes Hirschberger.

Parménides, al contrario, ve en el devenir la vana ilusión de los sentidos. El engaño de percibir que el agua del río fluye y cambia, cuando el ser, lo que es, es inmutable: es el mismo río, no es otro. Asimismo ocurre con los procesos físicos que nuestro cuerpo manifiesta a lo largo de los años. Se da la ilusión del cambio por medio de la sensibilidad, pero en el fondo, pese a que también coexistan cambios de pensamiento debido a la madurez, es el mismo ser. No es que somos distintos y otro ser nos suplantó a cuando ahora somos adultos y ya no niños o adolescentes. Aceptamos, por tanto, la inmutabilidad de un ser. Heráclito en esto vería el devenir, lo no estático, la fluidez continua, que termina

en un no ser. Ya Jenófanes, por ejemplo, refutaba la idea del Dios mutable de Heráclito (el Logos): «Un único Dios, de todo lo que puede uno representarse, no semejante a los mortales ni en su cuerpo ni en su pensamiento». (Frag.23). Y continúa de esta forma en fragmentos posteriores: «Siempre permanece en el mismo lugar, sin moverse para un lado o para el otro, ni le es adecuado cambiar de un sitio a otro». (Frag.26 y 25).

Parménides, siguiendo a su maestro Jenófanes en el concepto de la inmutabilidad, se abocó a la refutación total del sistema heraclatiano. «Se ha de pensar y decir siempre que sólo el ser es, porque es ser; en cambio la nada no es». (Frag. 6, 1). No es una afirmación tautológica, sino un enunciado que pretende rebatir la idea heraclitiana del devenir, porque en el devenir se forma la nada ontológica y en la nada hay un no ser. Por tanto, Parménides negaba que en ese devenir se pueda sustraer cualquier conocimiento, debido a que el conocimiento debe basarse en lo inmutable, en lo fijo, lo estático. Es decir, un preámbulo de las ciencias, que luego Aristóteles tomará de Parménides para su Metafísica o filosofía primera.

He aquí la irresolución del problema filosófico planteado por Heráclito y Parménides. Ambos, desde posiciones contrarias, interpretaban la realidad del ser y la naturaleza de formas dispares, antagónicas. En uno, el devenir, el no ser, los sentidos nos dictan que el conocimiento es incierto por lo mutable; en otro, lo fijo, el ser que es y el no ser que no es y lo que nos dice que el verdadero conocimiento se alcanza con la razón toda y no con el engaño de los sentidos. «Guarda tu mente muy lejos de esta vía de investigación y no te dejarás así llevar por la inconstante costumbre que todo lo experimenta y pone en el trono al ojo que no discierne y al aturdido oído y a la lengua; no, con tu pensamiento lleva la decisión a la enredosa contienda». (Frag.6), Parménides.

Platón: ¡Calmaos, que ambos aciertan!

La Alegoría de la caverna de Platón es la síntesis ideal de los pensamientos heraclatianos y eleáticos (Parménides). Esos hombres que en el fondo de la caverna veían a las sombras de los objetos a contraluz sólo llegaban a dar un minúsculo bosquejo de la realidad. La sombra distorsionada del caballo, del hombre, de la mujer, de la espada, del escudo, de una gacela o un felino, eran los únicos conocimientos que podían percibir del mundo. Con sus sentidos, con lo que les permitía la disposición física de la caverna, la luz de la fogata y la pared en medio, formaban el trasunto de los fenómenos… de las ideas. Cuando uno de ellos logra salir por fin de ese lugar, se percata que la realidad es distinta a esa copia en las penumbras. Había alcanzado a las ideas absolutas, a las verdades universales del cosmos. Emocionado por tal descubrimiento, desciende de nuevo a la caverna para informar a los demás. No obstante, éstos, acostumbrados a percibir su entorno por medio de las copias que la luz del fuego esbozaba en las paredes de la cueva, denegaron el conocimiento que aquel hombre les quiso transmitir.

Y bien, ¿qué relación hay, entonces, entre Heráclito y Parménides y la Alegoría de la caverna? Tenemos, por un lado, los sentidos. Estos sentidos que el mismo Parménides desdeñaba por hacernos ver la ilusión de las cosas, es decir, las sombras distorsionadas que los habitantes de la caverna veían reflejadas en las paredes del fondo. Y esos sentidos, además, que le indicaban a Heráclito que el mundo es un constante devenir en que nada es inmutable, todo cambia, todo fluye en el ser. Y por el otro lado tenemos la razón. Esa razón que llevó a quien saliera de la oscuridad para captar la luz de las ideas, de los conceptos fijos del ser, de los objetos. Llegó a salir de la caverna por su razón iluminadora para Parménides, la que lo ayudó a no fiarse de la sensibilidad, y la razón en Heráclito, el Logos, que es causante del devenir del ser.

Sí, Platón fue un racionalista. Más cercano a Parménides con su teoría de las ideas que de Heráclito. Sin embargo, no descartaba lo múltiple, lo diverso, el cambio, el devenir en un ser. Como diría Aristóteles, un hombre se dice de muchas maneras. En Platón una persona es múltiple en diferencias perceptibles: unos altos, otros bajos; unos blancos, otros negros; unos jóvenes, otros ancianos. De la multiplicidad de formas, radica la idea general del humano como especie: ser racional. El ser donde el alma, dividida en tres partes, emprende el uso de la razón para alcanzar el mundo de las ideas y a partir de ellas, escarbar en el cosmos hasta lograr desentrañar la máxima idea, la idea suprema donde parten las demás.

Por tanto, hay dos mundos: el inteligible, donde el alma deambulaba, y el material, donde el alma encarna amnésica del conocimiento del mundo inteligible. Tenemos en Platón, por ende, lo apriorístico. Todo conocimiento, real conocimiento, sin excepción, es a priori. Nuestra alma, descendida del mundo de las ideas, va recobrando sus saberes olvidados por medio de los sentidos. De esa forma, para Platón, funciona la sensibilidad: el disparador por antonomasia de los conocimientos que yacen soterrados en el alma. Este mundo, el de los mortales, el de la carne, es sólo una copia del inteligible. Así como las sombras de la caverna eran la copia del mundo fuera de ella. Por medio de la razón, entonces, se llega al conocimiento objetivo del mundo, es decir, a las ideas.

Acepta a los sentidos, con sus limitaciones, la multiplicidad del ser y su devenir, y los anexa a la razón para que estos formen la episteme del sujeto. He aquí, queridos Heráclito y Parménides, cuando se dan la mano y admiten que ambos, parcialmente, tenían un trozo de la verdad acerca del cosmos, les diría Platón.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.