Aninig.

Inseptos inectos/ «Aninig»

Por Rafael Greco T.

Alguna diosa debió dejar olvidado su delantal plisado sobre el Atlas Medio.
Por las depresiones resbalan las sombras más temibles de las nubes en busca
de camerinos para ensayar con máscaras y susurros el libreto de la noche
eterna.

Sé de una secreta faltriquera en la que el fuego, las rocas, el mar y el cielo
firmaron con lodo un pacto de respeto universal por las cualidades mágicas de
todos los azules.

Cada vez que camino estas tierras se instalan en mis venas viejas linternas de
viajeros del tiempo, se apura la sed de las pupilas, crujen huesos y en la piel
comienzan a hervir lenguajes de constelaciones fantasmales.

La ciudad que se erige a los lados de mis sienes parece una colmena calcinada.
Por su hueca nervadura se pierden los cabellos del silencio y los discursos del
viento perfumado con salvia y cedro. Contrasta mi temperatura con la de los
hornos encendidos, con la del humo que propaga el aliento del trigo.

La casa insomne y de fachada enjalbegada es el taller de Youssef. Allí un grupo
de legionarios de las nebulosas se ha dedicado por siglos a la restauración del
asombro. Desde las ventanas pueden verse milagros y grandes acontecimientos
colgando en los tendederos. Me ha traído hasta aquí la tibieza emocional
persistente con la que mi espíritu asume la ruptura de una tubería madre de
agua potable. Ni hablar de los bajones de luz y el precio de los aguacates.

Aninig.

Texto y foto: Rafael Greco-T.

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