Ana Teresa Torres: Las élites políticas de oposición fracasaron

El Miope. Texto de Humberto Sánchez Amaya (@HumbertoSanchez) publicado previamente en El Nacional 

No resultó fácil para Ana Teresa Torres terminar Diario en ruinas: (1998-2017). Fue un proceso agotador e hiriente. La escritora Victoria de Stefano, en la presentación de la obra hace pocas semanas, lo llamó un memorial de agravios.

Es cierto. Torres expone sus apuntes y reflexiones sobre el proceso socialista que ha hecho mella en Venezuela desde la llegada del chavismo. Como aguda espectadora y protagonista, presenta desde los acontecimientos considerados más pintorescos hasta aquellos que merecieron mayor atención desde el principio. Cada uno socavó las bases institucionales de un país ahora en vestigios, como lo recogen las páginas del libro de la novelista, ensayista y psicoanalista, publicado por Editorial Alfa.

—Al leer su ensayo uno puede sentir cierta culpa por haber olvidado muchos de los hechos que ahí se describen. ¿A usted le ocurrió algo parecido al revisar sus reflexiones?

—Culpa no porque la memoria no puede contener toda esa información, pero ciertamente quise armar un relato de lo que sucedía. Cualquier relato es incompleto. Por eso es importante que cada persona arme el suyo para poder construir uno grande. Es fundamental tener la dimensión temporal de este proceso.

—Son muchos los guiños que da sobre hechos que tal vez algunos calificarían como insignificantes todavía. Por ejemplo, el juramento vano de Hugo Chávez al llamar moribunda a la Constitución de 1961. También está la neolengua que empezaba a imponerse para execrar al que se oponía. ¿Por qué la sociedad permitió tanto?

—Pueden ser muchas las razones. Una de ellas es que la cultura democrática que tuvimos durante varias generaciones nos hizo pensar que era imposible que fuera destruida, y que se produjera un desmantelamiento de la República. Había ingenuidad, no porque seamos bobos, sino por nuestra forma de ver la vida.

—Sí, pero también en esos primeros años se satanizó bastante el período que afianzó esa cultura democrática.

—Claro, el primer paso era destruir con el lenguaje esa cultura democrática. Decir que todo lo que había pasado era corrupto. Y entonces hubo errores e imperfecciones, la gente asumía ese discurso y decía que era verdad. Iba corroborando algo, pero olvidaba que el conjunto era una República democrática, con fallas, sin dudas, pero no conozco un lugar donde no existan. Todo se fue destruyendo, incluso la manera de hablar para referirnos a las instituciones.

—Quizá hubo sectores que debieron ser más contundentes. Sigo con el ejemplo de la juramentación. No se puede jurar ante una ley que se irrespeta desde el principio.

—Cierto. Hubo una responsabilidad mayor en las personas en cargos de poder. En ese momento, que para muchos fue una tontería, creo que faltó que la democracia se pusiera de pie y dijera que no era un juramento. En ese elemento y en muchos otros faltó que la democracia se impusiera, tanto el poder político como el militar.

—¿Qué queda por hacer?

—Confiar en que es posible cambiar esto. También las personas del mundo político tienen una responsabilidad mayor que aquellos que están en la cola esperando conseguir el medio kilo de pollo. Los políticos de oposición no nos están representando. Hay excepciones, pero no actúan de forma activa y coherente. Uno los siente borrados.

—¿A qué se debe esa falta de coherencia?

—Primero a lo que comentamos antes, no le dieron suficiente importancia a las cosas mientras ocurrían. Cuando se percataron, ya era muy difícil voltear. Las élites políticas de oposición fracasaron desde hace años. Y de alguna manera, cuando fracasas, solo te queda pelear con el de al lado. El otro te resulta muy grande, porque te ha derrotado mucho. Empiezas a pelear entonces con los amiguitos.

—Hablamos de una crisis de las élites. ¿Se precisan entonces otras élites?

—Hay una crisis, aunque no necesariamente hagan falta nuevas élites. Hay que pensar diferente, que comprendan el momento histórico. Seguramente muchos lo hacen, pero como cuerpo general se señala lo contrario. Veo disputas, golpes bajos y ausencia de articulación.

—Antes del chavismo, la democracia estuvo muy desprestigiada. ¿Después de todo esto saldrá reivindicada?

—Eso ya ha empezado. Es necesario revisar bastante de lo ocurrido durante la democracia. Ahí está el tema de la emigración. Muchos países han tenido una visión bastante tolerante con la emigración venezolana porque nosotros la tuvimos con ellos. Otro ejemplo es la infraestructura. Acá todavía hay gente que dice que nada más Pérez Jiménez construyó. ¡Por favor! Eso está documentado, no se puede discutir. Hubo una movilidad social importantísima, la mayor de América Latina. Citaría a Rafael Arráiz Lucca como una de las personas empeñadas en demostrar esos valores democráticos.

—Hace casi 20 años escribió: “Todavía para muchas personas el fervor que despertó Chávez es solo el resultado de la ignorancia o de la viveza. Gran parte de la riqueza de ese imaginario no ha querido ser entendida y quizás ya no valga la pena insistir”. ¿Todavía no vale la pena insistir?

—Bueno, yo realicé ese ejercicio en mi libro La herencia de la tribu, en el que trato de entender el imaginario que se desplegaba en el discurso del chavismo en su conexión con la sociedad venezolana. No sería cierto decir que no vale la pena porque todavía hay personas que no han aceptado que hay un nexo importante entre el discurso político y la sociedad. La sociedad en este momento está muy perturbada por la cotidianidad, sus limitaciones, los hechos y la penuria. El tema del discurso es un segundo plano, incluso por parte del mismo gobierno, que no insiste en lo discursivo, sino solo en dar órdenes y normas.

—En una entrevista reciente aseguró que no cree que los intelectuales estén en deuda. En el libro detalla cómo desde los primeros años del chavismo, muchas figuras de la cultura participaron activamente en actos en contra de Hugo Chávez. Recordemos a Gente de la Cultura. Pareciera que son hechos que no se evocan a menudo. La gente suele asociar esos años a la CTV, Fedecámaras, Gente del Petróleo, pero también estuvieron ustedes.

—¡Por supuesto! Nosotros y ustedes también, hubo muchos periodistas. Lo que pasa es que los intelectuales, especialmente en Venezuela, tienen menos visibilidad que organismos como los que mencionas. Pero fíjate que me esmeré en detallar muchas cosas, en las que también participé, para aclarar que no estamos en deuda. Y si la tenemos, es la misma que tienen los demás. También costó mucho trabajo, y está en el libro, lograr el apoyo de intelectuales de otros países. Nos veían como fascistas, colonialistas, racistas. Fuimos bastante maltratados. La intelectualidad internacional todavía le da un apoyo inmediato al gobierno. Hay que discutirles y demostrarles. Nos ven un poco raro, por encima del hombro.

—Es un tema álgido. Incluso hay un hecho que todavía sacan a colación: la carta de bienvenida a Fidel Castro en 1989. Casualmente muchos de esos intelectuales se han opuesto al chavismo.

—Yo no la firmé. Supe de ella cuando la vi publicada. La verdad es que me ha parecido una cacería de brujas mencionar a quienes la firmaron. En 1989 todavía estaba muy presente la cultura de la izquierda, el tema de Fidel Castro, el antiimperialismo; esos mitos y leyendas latinoamericanas. Muchas de esas personas después no continuaron dando ese apoyo. Podríamos decir que fue un error, pero tampoco para agarrarla de esa forma.

—Usted es una persona que simpatiza con las ideas liberales. Lo menciona en el libro. Pero la gente que comulga con esas ideas parece tener cuesta arriba la exposición de su discurso en un medio en el que la izquierda tiene mayor espacio.

—Me gustaría precisar lo de liberal. No soy politóloga, pero significa que en la actividad política estás de acuerdo con una vida republicana, de respeto a las libertades individuales y económicas. Eso no quiere decir que sea una postura de “derecha” como lo entendemos nosotros. En este momento estoy en Canadá, un país de tradición inglesa con un Estado de bienestar muy fuerte. Ojalá Venezuela tuviera la cuarta parte de lo que hay acá. Me identifico con la idea de la libertad personal, política y económica, y a la vez con un Estado con vocación social. Pero sí, en Venezuela y en el resto de América Latina la cultura ha sido de izquierda. Sigue siendo así, incluso hay quienes piensan que lo que ha pasado en el país no es un asunto de izquierda que, vale decir, quedó muy desprestigiada desde que entró en acción como gobierno.

—¿Qué espera que ocurra en el lector de su libro?

—Algunos comentarios van por el mismo camino que mencionaste: la gente se siente dolida, porque la realidad es hiriente, pero a la vez agradecida de tener un relato con todo lo ocurrido para encontrar una lógica.

—¿Cada vez está más ajena y lejana la sensación vivir tranquilos en una sociedad libre?

—Muchas personas pudimos conocer lo que llaman una vida normal, pero cada vez son menos. Esa idea no está muy activa. Ya quedamos con la herida de la tragedia por el desangramiento del país. Fíjate que ahora no solo tienes que hacer la cola de la comida, sino la del carnet. La tranquilidad se acabó hace tiempo.

Los que no están. Diario en ruinas: (1998-2017) de Ana Teresa Torres es un libro de revisión y descubrimiento sobre lo vivido. De examen, con otras perspectivas, de lo acontecido durante el chavismo. No hay muchas rupturas o distanciamiento por el apoyo o no a la revolución. Ahora bien, es diferente cuando se habla de aquellos que murieron en la espera de un cambio. “Ahí sí tengo mucho dolor porque se fueron grandes amigos, gente importante para el pensamiento venezolano. Obviamente hay razones generacionales, pero sí menciono a personas que perdimos, algunas bastante jóvenes”.

 

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