Natalia Lafourcade, la fiesta del reencuentro con Venezuela

La cantante mexicana no se presentaba en Caracas desde 2013. Su concierto fue una catarsis para brindar por la vida


Por Humberto Sánchez Amaya

El año pasado, cuando Fito Páez vino a Venezuela, el cantautor argentino celebraba esos misterios y tesoros de la música popular americana, esa que seduce desde Alaska hasta Ushuaia, un trayecto que se recorre entre chacareras, tonadas, marineras y cuencas. 

Es un discurso que ha reiterado en escenarios y entrevistas, espacios en los que ha subrayado la importancia de reconocer a esos autores de la música de este lado, a figuras como Chabuca Granda o Simón Díaz, por solo mencionar algunos. 

Si el cantante hubiese estado el martes 22 de agosto en la Concha Acústica de Bello Monte, seguro hubiera brindado por lo que ahí pasó. Esa noche, Natalia Lafourcade se reencontró con el público venezolano después de diez años. Un concierto de una artista con un fervor infinito hacia la música. Lo que ahí ocurrió no es justo llamarlo show. Es una palabra que se queda corta.

Quizá lo más cercano a la realidad es llamarlo comunión, un encuentro entre la artista y aquellos que en la distancia han encontrado sosiego en las letras e interpretaciones de la cantautora, quien en Caracas constató que la correspondencia ha llegado. Cada línea escrita ha tenido un destinatario que guarda la carta en la gaveta para lo especial, esa que se abre para hallar lo necesario para la supervivencia. 

Natalia Lafourcade
Cortesía Jennifer Cusumano

Natalia Lafourcade apenas llega a los 39 años de edad, y parece tener en ella todas las artes de la región, todo su sentir. Con un alma que comienza en Veracruz, donde se crió, pero que ha sabido transmutarse a través de esos hilos de la vida que se tejen hasta llegar a las canciones de la vida de todos, las que suenan cerquita sin importar las distancias de un continente que ella lee en ritmos, entre calores y fríos, desiertos y picos, entre guitarras, cuatros y charangos. 

El concierto comienza puntual. A las 8:00 pm las luces en la tarima están apagadas. El silencio desde allá anuncia el reencuentro. 

Pocas horas antes parecía que el cielo se caería, o que escupía como llegó a decir una vez Charly García mientras cantaba «Seminare» hace años en Argentina. El aguacero tal vez solo era un simbolismo, una manera de llevar a su máxima escena lo que pasa en quienes escuchan la música de Natalia Lafourcade; primero la tormenta y luego la calma. 

Ella sale con un vestido negro. Hace una reverencia al público. El vestido va cubriendo todo a su alrededor, ella es el centro de una circunferencia de tela, cómo una flor negra, el luto en su puesta en escena.

Natalia Lafourcade
Cortesía Jennifer Cusumano

La voz de la chamana María Sabina es el prólogo de una noche de alabanzas al amor, desamor y resurrección. El aleteo de las aves, las hojas de la menta y la yerbabuena, el dulzor de la lavanda, casarse con el grano del cacao, mirar las estrellas. Mijita, cúrate con los besos del viento y hazte fuerte con los pies descalzos.

Así es la antesala de un canto a la tierra y su carácter divino, a la rutina del hogar que se convierte en obra, al café con pan, a la casa de infancia, al hogar de adultos, al homenaje a quienes dejaron legado y el reencuentro con los amigos de papá.

Canta que vino solita, y que no entiende la guerra dentro de ella. Que cuando apaga la luz, sueña con despertar. Al final, se aferra a su vida. 

Es un tema clave, una portada a la esencia del concierto, de esa gira que extiende la experiencia del disco De todas las flores, el más reciente de la cantante. 

La percepción del mundo comienza en cada individuo. Y ese individuo suele sentirse abrumado ante tanto mundo. Las canciones de Natalia Lafourcade entonces son la prueba de ese proceso. Como un colibrí pequeño ante la inmensidad se canta a sí misma, como ocurre con «Pajarito colibrí», esas líneas que describen a un ave que es Natalia. No tener miedo a vivir. Que todo pasa. Ser feliz.

Esas primeras obras evocan al momento de la tristeza profunda. 

Natalia Lafourcade
Cortesía Jennifer Cusumano

Atrás quedó la preocupación por la lluvia. Ya nadie busca nubes negras en el cielo.  Pasó también la sorpresa por la oferta de un combo de shawarma y una entrada a mitad de precio. Ya no importa. El ritual de la música y Natalia Lafourcade como sacerdotisa dirigen todo a la catarsis por otras razones. Las que dan la herida sanada.

La banda que la acompaña sabe leer muy bien el mundo de la cantante. Suenan a Caribe cuando el momento lo amerita, luego pasan por México, coquetean con la tonada. La trompeta de Alfredo Pino engalana en su preciso momento las canciones que lo ameritan. El piano de Emiliano Dorantes anda de puntillas, y luego como bailarina regala un grand jeté, que a veces le lanza flores al blues y otras al montuno. Más adelante transmuta en bossa, con paradas en la cumbia y el bolero.  

Natalia Lafourcade rememora sus jardines de Veracruz, de las flores que se secan dentro de casa mientras el dolor se cura. Ella entrega el alma y una cámara se mueve entre los músicos en la tarima; hace que el público sea cómplice, como si una avispa volara entre cada artista. 

Algunas personas se paran para bailar. Rompen ese acuerdo que hubo al principio de permanecer sentados en las gradas. Bueno, un acuerdo al que se llegó por los gritos de aquellos que desde atrás no deseaban estar de pie.

Natalia Lafourcade
Cortesía Jennifer Cusumano

La segunda parte del concierto comienza en su liberación. Acostada en el suelo empieza a desprenderse de ese largo vestido negro. En un baile que aleja del luto, como un renacimiento. Volver a la vida para celebrarla. 

Antes estaba sentada con su guitarra. Ahora se mueve más en la tarima. Al son de la trompeta baila resurgiendo. Vestida de blanco es el después. 

Y ese jolgorio es el que da cabida a los reencuentros. Por eso pasa Soledad Bravo, amiga de Gastón Lafourcade, músico y papá de la cantante mexicana, quien recuerda esos encuentros entre la intérprete venezolana y su padre. 

Entonces, las memorias se vuelven realidad y ambas repasan esas canciones de formación, aquellas que han hecho el recorrido entre generaciones sin importar gentilicios. 

Cuando Natalia Lafourcade canta, Soledad Bravo se embelesa y ríe mientras se mueve al ritmo de las gracias que le da Natalia. 

Rememoran con «Canto de ordeño», «Tonada de luna llena», «La llorona» y «Gracias a la vida». Y así Simón Díaz y Violeta Parra se suman a la trama, ese camino de Natalia que va entre Veracruz y Caracas, esta última la ciudad del país con el que hay muchos vínculos. Ella lo dice, entre jocosa y seria. 

Natalia Lafourcade
Cortesía Jennifer Cusumano

Antes de irse, Soledad se adueña de la tarima para cantar unas líneas de «Ojos malignos», esa canción que Kaina llevó a millones de hogares, una obra cuya grandeza desafía los muros generacionales. 

Y así el concierto toma otras expresiones. Ya para este momento es mucho el cúmulo de referencias, el folclore que se junta con la ciudad. La música unida ante todos. Es el momento de «Hasta la raíz», la canción del encuentro, sin dudas una de las más populares. Todos cantan al unísono. Pasa lo mismo en «Nunca es suficiente» y «Tú sí sabes quererme».

Y así se va cerrando el reencuentro. Alguien en el público dice que Natalia Lafourcade se nota cansada. Han sido varios los conciertos previos. Aviones y la distancia de los hoteles. Pero si su rostro da algún indicio de agotamiento, su espíritu grita que es rebelde. Está desligado de toda consecuencia. El escenario es como un cóctel, o mejor, un milagro para los Lázaros que hacen de la canción la expresión de un templo. 

La Concha Acústica está repleta. Hay un gentío que celebra lo que pasa a ser uno de los mejores conciertos en la ciudad en años recientes. La mística, la entrega, la pasión, los detalles, los colores. Todo junto a partir de una artista. Se va cuando termina de cantar “Tú sí sabes quererme”, pero el público pide más. Algunos incrédulos se van, pero a los pocos minutos, dos horas después del comienzo, sale ella sola para cantar “Un pato”, originalmente popularizada por João Gilberto, y que la cantante grabó para el álbum Casa, por allá cuando el milenio todavía tenía cinco años. Tenía años sin tocar el tema, dice Natalia, quien también admite que ese encore es una rareza, pues en la gira no suele haber. Pero Venezuela permite excepciones. Y acá, en Caracas, saben ser agradecidos con una cantante que entienden en su canto universal. 

2 comentarios

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