Por Rafael Greco T.
Una mosca me habló de un yagrumo que quiso tocar el cielo. Contó que estiraba las ramas y crecía sin descanso, que despeinaba nubes recién salidas del salón de belleza.
Algunos cometas reposaron en sus hojas para infectarse de ilusiones; para recargar las ancianas baterías con la electricidad de la fe.
La alquería no se divisaba desde aquellas alturas.
Tratando de quitarse con las patas todo el espanto de las alas, la mosca comentó que una mañana, el yagrumo sintió la insistente torpeza del hacha cerca de sus raíces. Se desplomó—dijo— ante el asombro de las perezas y los zamuros. Cayeron lágrimas de todas las constelaciones, hasta que el buen arcoíris lo tocó para convertirlo en sonido.
Foto: Rafael Greco -T.

