Por Rafael Greco T.
En los tiempos más míos, practiqué la fragilidad hasta las últimas consecuencias.
La vez que fui medioambiente, por ejemplo, talé mis bosques internos para dejar sin hogar a millones de insectos imaginarios. Todo, por hacer mancuernas para la musculatura del olvido. No hay nada como tener un cuerpo invisible robusto, esbelto, con un vozarrón que represente bien al miedo que suda todo el tiempo de la piel para adentro.
Probé ser bacteria en la suela de un zapato pero no me gustó. Eso sí, conocí a infinidad de colegas, me relacioné bien, pero vi morir a muchos porque el usuario era un peatón incansable, uno de esos tacaños que prefiere caminar kilómetros para ahorrarse los churupos del pasaje. Una vez, con diez mil amigos emigré a la plantilla de una cotiza y provocamos una pecueca insoportable en el pie derecho de una monjita.
Qué maravilloso fue ser caucho pelón. Inhalaba aire de un compresor portátil y exhalaba lento por la válvula, del tiro aprendí a meditar. Lo malo eran los insultos y patadas que recibía del conductor, me desinflaban por completo el ánimo. En venganza, exploté una madrugada rodando contento por La Cota 905…
Texto y Foto: Rafael Greco -T.

