Por Rafael Greco T.
Muy lejos del óxido de cromo, de la clorofila, de terrenos con largas melenas de hierba hirsuta, se crió un amigo al que debo mis escasos conocimientos científicos.
Sus orígenes, indudablemente, se remontan a generaciones de mordedores de pastizales, a costumbres agrestes, al paisaje que ignora horizontes y se funde con el firmamento.
Los padres, temprano comprendieron que debían mudarse de lugar para ofrecer al vástago idóneas condiciones educativas. Para convivir con la modernidad y el desarrollo, en una fábrica de tubos y vigas de acero se instalarían.
Ante las autoridades civiles fue presentado hace cinco meses, el saltamontes Archibaldo Ramaverde.
Lo conocí en pre-kínder. En esa etapa, ya mostraba interés por la adherencia manipulando plastilina. Solía divertirnos en la primaria al untar caramelo o una chupeta ensalivada en la planta de los pies; el sonido pegajoso al andar desesperaba a los profesores y enloquecía al insecto palo, que debía trabajar el triple fregando pisos.
Siendo adolescentes, se convirtió en nuestro héroe cuando lo vimos lanzarse en patineta, sin caerse, por cuestas y carreteras onduladas; claro, el muy ingenioso llenaba de chicle masticado la tabla del vehículo.
Hoy me hizo aletear de alegría leer en las noticias que Archibaldo Ramaverde patentó unas botas imantadas que lo hicieron merecedor del aplauso de la comunidad científica universal. Hizo, para periodistas e interesados en la materia, pruebas extremas de su invento, pegado al exterior de un carro de alta velocidad.
Mi célebre amigo, ahora repara cohetes en el espacio. Me ha contado que es otra cosa observar planetas y galaxias poniéndose de cabeza en las carcasas de las naves.
Solitario, con su dulce estridulación, ha conquistado los corazones de Venus, Saturno y todos sus satélites.

Foto: Rafael Greco T.
