Rafael Cadenas

Rafael Cadenas: Hay que revisar las bases de todo

El Premio Cervantes 2022 acudió al Aula 201 de la Escuela de Letras de la UCV para conversar con los estudiantes y así celebrar el mes del libro y del idioma español

Por Dalila Itriago

Cuando en la Escuela de Letras de la UCV se anuncia que Rafael Cadenas irá al Aula 201, todas las alarmas se encienden y uno asume que no habrá lugar donde sentarse.

Extrañamente, siempre lo hay. Es otro de los misterios de ese lugar mágico: si se ocupan los pupitres, los jóvenes se sientan apurruñados en el suelo o, si no, en el pasillo; en unos banquitos de madera que ellos mismos acomodan a la entrada del salón.

El viernes 17 de abril la Cátedra Libre Rafael Cadenas organizó un encuentro con el Premio Cervantes 2022. La idea de la actividad, impulsada en el marco del mes del Libro, del Idioma Español y de los Derechos de Autor, era lograr que el poeta y los jóvenes dialogaran. Todos moderados por Ricardo Ramírez Requena, quien es director de La Poeteca y fue alumno y profesor de Letras.

Esa tarde hubo más de un centenar de personas reunidas en la 201. Doris González fue una de ellas. Yo no reconocí su rostro como estudiante regular. Jamás la había visto en el pasillo. Luego sabría que sí estudió allí, solo que alrededor de 40 años atrás.

Me contó que era psicóloga, también de la UCV, pero cuando ella estudió no se mencionaba a Carl Jung en su escuela; por eso migró a la nuestra. Allí conoció a Rafael Cadenas, quien a su juicio es un “junguiano consumado”.

Le pregunto a Doris, quien me tocó de vecina en el aula, la razón de por qué fue a ver a su antiguo maestro. Sin que pasara un segundo, respondió emocionada: “Porque lo amo infinitamente. Tengo 40 años leyendo su poesía. Lo admiro. Es nuestro poeta mayor. De los poetas vivos, es el mejor. Tiene 96 años y sigue siendo una mente lúcida. Es uno de los grandes baluartes que nos quedan. Me alegra mucho que el salón esté lleno y, sobre todo, de gente joven. En el futuro, cuando ellos valoren quién fue Cadenas, podrán decir ‘yo estuve allí’”.

El salón estaba repleto y hacía calor, pero nadie se movía de su asiento. Todos querían ver y escuchar a nuestro único Premio Cervantes.

La profesora Irma Chumaceiro, quien coordina la Cátedra Libre Rafael Cadenas, pidió un poco de paciencia a los asistentes. Cadenas venía en camino, había llegado, y estaba subiendo la rampa.

Aprovecho de escuchar a Doris. Dice que tiene que atender una consulta y que no puede aplazarla; pero que no se irá de la universidad sin ver a su antiguo profesor.

Doris me explica que, además de su poesía, Cadenas tiene una personalidad única, y que fue él quien le regaló la importancia de conocer el silencio. Algo que, advirtió, no puede ni debe prescribirse. Se trataría de un aprendizaje al que cada quien, si le parece, accede por cuenta propia.

“Cadenas es introvertido, que no es lo mismo que ser tímido. Es diferente. Recuerdo que, cuando estudiábamos a Whitman, él nos hablaba sobre la importancia de este poeta para la literatura norteamericana. De repente se volteaba y podía quedarse callado 15 minutos. Eso medido en tiempo cronológico, porque en tiempo psicológico serían tres horas. Por eso sus clases no eran tan abundantes, porque a los 18 años tú no entiendes eso.

Cuando transcurrían esos minutos, nadie se desesperaba. Nos quedábamos callados. Así me enseñó la importancia del silencio: para pensar, para no pensar, para hacer pausas, para cualquier cosa… pero el silencio de él es diferente al mío, o al tuyo. Eso es algo individual.

En cuanto a mi profesión, me dejó dos poemas fundamentales: “Derrota” y “Fracaso”. Observo que mucha gente se quedó en “Derrota”, que es un poema del “yo”, y no llega a “Fracaso”, que es un poema del self, que es un concepto junguiano.

“Gracias a Cadenas y a Rafael López-Pedraza, autor del libro Ansiedad cultural, me acerqué al estudio del ser humano y a la psicología. Por eso hice lo imposible por estar aquí, porque sé que es un privilegio”, concluyó mi vecina de aula, justo antes de que Cadenas entrara al salón; donde fue recibido con fuertes aplausos.

Rafael Cadenas

Un bonsái guaro

Con esa didáctica que le es tan única, entre amorosa y ocurrente, Ricardo Ramírez saludó al aula y dijo que le era muy placentero hablar sobre la vida y la obra de Cadenas. Sobre todo, si se trataba de darle la bienvenida a los estudiantes de nuevo ingreso.

Hizo un breve recuento de la vida del poeta: dijo que venía de Barquisimeto, que tuvo una importante actividad política en su época y que justamente debido a ello tuvo que salir al destierro en Trinidad, donde aprendió inglés; idioma que luego le serviría al volver a Venezuela, para dar clases.

Ramírez Requena destacó la idea del retorno como “posibilidad de futuro” y subrayó que Cadenas no se fue ni a París ni a Londres. Él estudió en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, lugar que hizo su casa durante 30 años, en el Departamento de Literatura y Vida.

El profesor recordó que Cadenas siempre tuvo una vida normal, “sumida en la sencillez”. Dedicado a escribir, a publicar sus libros y a dictar clases. Una vida que incluyó decepciones, episodios de depresión, amigos; así como también proyectos de revistas e investigaciones. Los reconocimientos llegarían más tarde, después de los 60 años:

“Cadenas es nuestra más alta figura desde Bello, Gallegos. Hay días que se me parece a ellos, a su manera: por la importancia de la lengua, la docencia, el ejemplo cívico…

También es un hombre espiritual, uno que nunca, desde el budismo zen, ha pretendido convertir a nadie. Pero sí dejar constancia de las búsquedas luminosas de otros, que él abrazó: Whitman, Keats, Rimbaud, Basho, Lawrence, Nijinski, Michaux, Pessoa, Milosz y, desde hace ya varios años, Rilke”.

La realidad y la literatura, la literatura y la vida encarnaron en Cadenas, sin que fuera tarea sencilla. “Hubo varios infiernos”, dijo Ramírez Requena, al confesar que le gusta pensar en el poeta como el menos pretencioso de nuestros autores. Sería, citándolo, una biblioteca que camina y un árbol que florece en los estantes de los libros:

“Un bonsái, pero guaro, en su casa en La Boyera, en sus viajes y también siempre, en la UCV (…) Este hombre es de estos pasillos. Fue estudiante como ustedes. Fue uno que se fue demasiado, a juro, pero también es de la estirpe de los que regresaron. Aquí está. Siempre bienvenido a su casa”.

Rafael Cadenas

Contestaciones

“No fui buen estudiante”, le dijo a Joanna González, quien le preguntó sobre sus recuerdos en la Escuela de Letras, como alumno y profesor.

Cadenas confesó que para ese entonces él era mejor periodista que estudiante y que realmente vino a ser buen alumno cuando le correspondió dar clases: “Los profesores estudian más que los estudiantes”.

Ana Laura Álvarez quiso conocer cuáles eran los temas o áreas de estudio que no se abordaban con la importancia debida; así como los libros que recomendaría para los nuevos estudiantes de Letras.

La lucidez del poeta, a sus 96 años, de algún modo traspasa y lacera:

“La verdad es que para contestar esto, necesitaría tiempo. A causa de mi edad, tengo muchos olvidos, por eso uso los audífonos. Para empezar, la conversación con el celular y con el micrófono me resulta difícil. Yo esperaba que íbamos a estar en círculo, viéndonos las caras, pero no hay espacio para ello”.

Y era cierto. No solo que todos los pupitres del aula estaban ocupados. También hubo alumnos escuchándolo en el piso y otro grupo estaba a las afueras del salón, en el pasillo de la escuela.

La profesora Irma Chumaceiro atajó a Cadenas y le reiteró dos veces una misma inquietud: “¿Qué lees?” “¿Cuál es el libro que te ha interesado por estos días?”

Y si bien Cadenas, al principio, se percibía algo cansado, a juzgar por su voz; luego fue indetenible. Como esas lluvias imprevistas que empiezan, apenas, con tres goticas y terminan en inundación.

“Es muy difícil escoger un solo libro. Son muchos. Podría decir que son de Filosofía, pero no en un sentido académico. Tienen más bien un toque oriental. Se puede empezar con Alan Watts…”, dijo.

Después se refirió al profesor Guillent Pérez. Comentó que él dejó muchos libros publicados; los cuales, a su juicio, deberían reeditarse. El tema constante de Pérez, dijo Cadenas, era respecto al Ser y en esto coincidía con los estudios de Heidegger; pero como no consiguió audiencia en Caracas, se fue a la ciudad de Mérida.

“En esta corriente, el centro de todo es el misterio. Nosotros no nos damos cuenta del misterio que somos y que nos rodea. Vivimos muy distraídos y si algo quería decirles (e insistir) era sobre la importancia de la atención: de darse cuenta, de observar; de entender que el pensamiento nos aleja de la realidad que nos rodea y que una estrella y una hoja de hierba forman parte del mismo proceso. Esto está en la poesía de Walt Whitman.

No nos damos cuenta de que el sol y la naturaleza nos vuelven cósmicos, como lo comprendió Baruch Spinoza, cuyo pensamiento se resume en la siguiente frase en latín: Deus sive Natura, “Dios o sea la naturaleza”, añadió.

Inmediatamente habló sobre Dios, cuya palabra —dijo— no tiene imagen asociada. Sin embargo, advirtió que hablamos de Dios como si lo conociéramos y fuéramos amigos suyos. Cuando, en realidad, “es lo absolutamente desconocido”.

Y aquí expuso, a mi juicio, una de sus ideas más contundentes y ambiciosas: “Hay que examinar las bases de todo, porque todo está lleno de mentira y de falsedades. Dedicarse a esto no solo será saludable, será salvífico. Si hablamos de examinar una religión, encontramos falacias; y no buscamos hacerlo como un ejercicio de purificación, sino como un ejercicio de la verdad. Lo mismo debe hacerse con la ideología, que son como ficciones. Esa es la tarea que dejo en manos de ustedes”, comentó.

Rafael Cadenas

Recuerdos de una isla

Dalí Véliz fue el tercer estudiante de Letras que tuvo la oportunidad de acercarse a Cadenas. Sentado a su lado le preguntó sobre qué le diría el autor a aquel joven que escribió Una isla, en el año 1958.

El poeta larense reveló que él le tenía bastante cariño a ese libro, anterior a la publicación de Los cuadernos del destierro (1960): “Le pediría permiso para hacer ciertas modificaciones en los poemas”.

Serían detalles, como por ejemplo en “Ars Poética” cuando escribo “Quiero exactitudes aterradoras”. En realidad, ¿quién va a querer eso?”, se preguntó; y toda el aula respondió con una carcajada…

“Preferiría decir: “Quiero exactitudes, así sean aterradoras”. Esto lo suaviza, y lo mismo pasa con otros poemas”, comentó.

Véliz, de algún modo, le reiteró la pregunta, con una pequeña variación. Quiso saber cómo veía Cadenas a aquel joven poeta y cómo cree que se la llevaría con él.

“No nos entenderíamos. Yo no les voy a contar mi vida, pero fui muy inconsciente en esos cuatro años que estuve en Trinidad. No me porté bien con unas amigas y ellas son tan buenas que me perdonaron. Ahora tengo más conciencia y ese es otro pilar importante; aunque no puedo decir que soy maduro”, dijo.

Inmediatamente, como rauda salida de humor criollo, una voz anónima gritó: “¡Menos mal!”

Él prosiguió inmutable: “No siento la madurez de un hombre bien formado. A cualquier venezolano, yo lo veo como superior a mí”.

Los jóvenes recitan

Después de que este primer grupo le expresara sus inquietudes al poeta, otros cuatro estudiantes se acercaron a Cadenas para recitar su poesía.

Gabriela Romero seleccionó el poema “Reconocimiento”, de Falsas maniobras (1966), porque se sentía identificada con él, y comentó que, si bien todavía le faltaba camino por recorrer en la escuela y con su escritura, ella estaba agradecida:

Me veo frente a este paisaje parecido al que protejo.
No soy el mismo. Debo comprenderlo de una vez.
He de encajar en mi molde.

He acechado la aceptación súbita de mi realidad.

Despedí la poesía que se cuelga de los brazos.
Incendié los testimonios falaces.
Adopté la forma directa.

Una convergencia prospera en mí.

Abandono mi caminar intrincado. Me dilato en vastedades blancas.
Sirvo en silencio a un solo rey.

Con huesos de ave violento los espacios cerrados.
He sentido ráfagas de otra región sin culpa.

Me hago a la lentitud, al gesto consciente, al rumor del desierto.

Elio Espósito leyó el poema número 27, del libro Intemperie (1977). Con palabras sencillas dijo que lo había escogido porque estaba bonito y porque poseía una precisión muy grande en la palabra. “Ese “tienes que” es permanente, como tener la vida”:

Puesto que estás aquí, 

tienes que 

Aquí se camina 

sin preguntar. 

Tienes que 

No precisemos. 

Haz como que entiendes. 

Ya sabes: 

sin interrogar. 

(Todas las preguntas caen 

a los pies de tienes que.)

¿Angustia? 

Nada de eso, 

quédate tranquilo 

en tu silla, contando las horas.

Cuando le tocó leer al alumno Adonai Goyo, él comentó que se decidió por el poema “Por alguna divisa”, de Memorial (1977), porque le remitía a la película Crónica de un subversivo latinoamericano (1975), de Mauricio Walerstein:

Secta, milicia pavorosa.

Índices, anatemas, rótulo. Vértigo de condenación. Guerra. Se aniquilan los hijos de la luz, los dueños de la verdad, los gloriosos soldados. Fuego que vive en la boca, fuego en la saliva del odio, fuego masticado. Misión empapada en sangre. Cuerpos, dulces vasijas, horadados, irreconocibles, roídos. Cuerpos de cualquier bando, divinos, terrestres, caídos en cualquier calle. Cuerpos, suaves cántaros, más perfectos que la más perfecta idea, destrozados en cualquier lugar de la tierra.

Naileth Paolino, estudiante del primer semestre, quiso leer el poema “Abdicación” del libro Gestiones (1992).

Enmudezco
en medio de lo real,
y lo real dice
con su lenguaje
lo que yo guardo.

¿Necesita palabras
un rostro?
¿La flor
quiere sonidos?
¿Pide vocablos
el perro, la piedra, el fuego?
¿No se expresan
con sólo estar?

Inmensas bocas
nos ensordecen
sin ser oídas.

Callo. No voy más allá de mis ojos.
Me consta este alrededor.

Paolino me comentó que estaba muy emocionada después de haber recitado y que este poema le recordaba que el mundo en sí mismo tenía una voz y que nosotros, con frecuencia, olvidamos escucharla: “Hay cosas que se expresan con solo estar”, aseguró.

Rafael Cadenas

Magnificencia del día

Seguidamente, los jóvenes ayudaron al poeta para que recitara sus propios versos. Mientras Elio Espósito le sostenía el micrófono, Gabriela Romero iluminaba las páginas del libro con la linterna de su celular.

Cadenas advirtió que ya él no se identificaba con la ideología que apoyó en su juventud, cuando era comunista. A pesar de esto, quiso leer un poema “sencillo” que le dedicó a Rosa Luxemburgo, dirigente asesinada por la policía alemana en 1919. El poema se llama “En el ara de la guerra”, publicado en Intemperie (1977), cuyo epígrafe sugiere acoger “la magnificencia del día”, pues no se repetirá.

Y esto lo advirtió el maestro: “Creemos que se repite, pero no se repite”.

La Rosa polaca,
brasa a destiempo,
apagada en la calle,
lanzada al río,
extinguida,
tan temprano
entre los infatuados varones
socialistas,
despunta
de nuevo
esta noche
en un pequeño cine
de Somerville.

Reveló que escribió el poema luego de ver una película sobre la vida de la activista: “Yo lo que hago es contar algo que ocurrió, sin metáforas ni nada de eso”.

Seguidamente, leyó “Entre amigos”, del libro Gestiones (1992):

En el silencio que se hace
de pronto
cuando conversamos,
a veces pasa un ángel,
a veces pasa un dios
y a veces pasa
                        el tirano,
                        el dueño de la casa,
                        el señor de adentro.

No deja de acechar
nuestra morada.

Un día
se apoderará de la puerta
y será el único visitante.

No permitirá entrar ni salir.

Se instalará con las llaves
donde no lo podamos ver.

«Mandelstam», dedicado al poeta ruso Ósip Mandelstam y también publicado en Gestiones (1992), fue el tercer poema leído por Cadenas; no sin antes advertir que fue este creador quien habría recomendado que “en épocas de calamidad (como la que está viviendo hoy el mundo), cada quien debe dedicarse a lo suyo”:

Vivo

¿a quién debo este honor?

Mi alma vacila. Dante me acompaña

a través de la noche soviética.

Yo vago entre las ruinas

de la Hélade.

No puedo huir.

Esconde

los poemas, Nadezda. Apúrate.

¿Cómo pudiste, César,

destruir

nuestra?

He abandonado toda esperanza

a la entrada del campo.

El único que habla ruso

no podía olvidar.

Un dios perdona,

un semidiós no.

Los gritos

se pierden en la de mi país.

Llegó el final. Todos le aplaudieron y quisieron acercarse a saludarlo, a darle un abrazo, a tomarse una foto con él, a pedirle que les firmara un libro; pero era la hora de dejar el Aula 201 y Cadenas se apreciaba cansado.

Él solo sonrió y prosiguió su marcha, su pausada marcha, acompañado de su bastón y de su infaltable hijo Silvio.

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La profesora Irma Chumaceiro fue la encargada de dar la bienvenida. Agradeció, de parte de la Cátedra Libre, el apoyo de la Fundación para la Cultura Urbana, de El Archivo y de El Buscón en la realización de este evento; así como también la presencia de las autoridades de la universidad, quienes estaban sentadas en primera fila.

Seguidamente celebró al poeta y ensayista Ricardo Ramírez, “quien nos acompaña con su saber” y, antes de darle la palabra, anunció dos nuevas conferencias en el Aula 201: el jueves 30 de abril con José Luis Ramírez Luengo y el martes 5 de mayo con el escritor Juan Carlos Méndez Guédez.

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