La puesta en escena destaca por su destacable banda en vivo, lograda escenografía y la actuación sobresaliente de Claudia Rojas como Rizzo. Sin embargo, el montaje decae en los momentos hablados por pérdida de fluidez en el trabajo actoral
Ya se ha vuelto un ritual esperar el anuncio de Clas Producciones sobre cuál será el musical que ofrecerán al público caraqueño en la sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño. En 2026 fue Vaselina, una historia bastante conocida por la película de finales de los setenta protagonizada por John Travolta y Olivia Newton-John, un largometraje inspirado en la obra de 1972 creada por Jim Jacobs y Warren Casey.
Ahora, la versión caraqueña generó expectativas en un público que busca opciones que considere una buena inversión para la disrupción de su quehacer de fin de semana.
Vaselina se presentó con una puesta en escena que correspondió a la aspiración de la productora: un uso adecuado del espacio para recrear el universo en el que se desarrollan los personajes.
La emulación de edificios, calles, fuentes de soda, esquinas y canchas del mundo que se exhibe sedujo desde el primer momento para que sean el escenario del romance entre Sandy (Diana Rami) y Danny Zuko (Víctor Drija), el líder de los T-Birds. Ella es la nueva, la joven que recién llega al instituto Rydell High.
Ambientada entre chaquetas de cuero, faldas, colores estrambóticos, carros que no le tienen miedo a las distintas tonalidades y curvas, Vaselina en su vestuario y escenografía cumplió con la recreación de un mundo que, si bien vive entre tensiones por grupos antagonistas, todo el mundo sabe que terminará en el jolgorio del encuentro, y también desahogo. El escenario se convirtió en una pequeña ciudad que invitaba a ser paseada, como un portal a un universo paralelo.
Dirigida por Elvis Chaveinte, los números musicales de la obra estuvieron a la altura de lo que se prometía y esperaba, con una banda en vivo además con músicos que suelen estar bajo perfil en la escena caraqueña, pero con una preparación y desempeño de alto nivel, como el guitarrista Gerónimo Egea, miembro de la banda Stratuz y de la Orquesta Rock Sinfónico Simón Bolívar.

Ahora bien, Vaselina fue un musical con altibajos, especialmente en los momentos en los que la música quedaba a un lado para dar paso a los diálogos entre actores. Por momentos se perdía una continuidad, y la pieza parecía más bien la unión de trozos sueltos, un todo no compacto.
Luce como un detalle simple, pero que pesa cuando se trata de una obra de más de dos horas con intermedio de quince minutos. Y es también cuando se vuelven evidentes las costuras en la actuación de alguno de los cantantes, pocos desenvueltos para encarnar a sus personajes más allá del canto.
Pero como en todo, las excepciones son ley, y Claudia Rojas es la que más destacó en su papel de Rizzo, la cínica líder del grupo de chicas, con una actitud desafiante ante la llegada de Sandy, una buena mandamás de quienes forman parte de su séquito. Sin embargo, cuenta con un lado vulnerable que explota de una manera que paralizó a la Ríos Reyna. Logra no solo manejar un registro amplio al interpretar las canciones, sino que muestra al espectador de una manera conmovedora su tormento interno que la lleva a desafiar, pero también a sucumbir.
También hay que destacar el trabajo de Mariana Marval, Carlos Arraiz y Beto Baralt.
Un acierto de Vaselina fue no forzar la contextualización de su puesta en escena en Venezuela, como ocurrió el año pasado con Mamma Mia!, donde el escenario se debatía entre ser costa griega o caribeña. En esta oportunidad se valen de ciertos modismos para acercar la historia de una manera amena y sutil.
Vaselina marca igualmente un punto importante en la oferta teatral caraqueña de grandes aspiraciones, con un público leal y atento a lo que vendrá; una experiencia además que demuestra ese deseo por lo que representa gran envergadura para toda la familia. Pero no por ello hay que bajar la guardia.
