Gerry Weil, el maestro que siempre será estudiante

Texto de Lucía Jiménez (@luciajimper) publicado previamente en Papel Literario

Sentados en el mismo salón en el que recibe a sus estudiantes, Gerry Weil y la periodista Cristina Raffalli comparten los detalles de su libro, Al ritmo de Gerry Weil, una biografía escrita a modo de conversaciones que se centra en la vida del músico y, por su puesto, de su música. En medio de las anécdotas que vienen y van desde que comenzó esta entrevista, la autora recuerda:

—El dos de enero de 2012, Gerry me dice: “Estoy preocupado porque en lo que va del año no he compuesto nada”.

—¡¿En lo que va de año?!, ¿Y cada cuánto compone usted?

—Yo puedo componer… puedo componer ahora mismo –responde Weil–. Puedo sentarme en el piano y puedo componer…

El pianista se levanta, da unos pasos y toma su lugar. Comienza entonces a tocar una pieza hermosa y romántica por quizá un par de minutos. Con mucha calma se detiene, y vuelve al comedor que usa como escritorio.

—Nunca había tocado eso antes; nunca lo podré volver a tocar. Ni sé lo que hice –ríe, y luego de unos segundos agrega–: Es interesante ver cómo hoy, a los 77 años, puedo hacer esto, pero cuando empecé con la música no podía ni duplicar dos notas. Cuando era niño, mi abuela me llevó al conservatorio y me hicieron el examen, pero dijeron que no tenía talento. Por eso, el único diploma que tengo es de pastelero. No me gusta eso. No. Yo me formé haciendo 8 a 10 horas diarias por aproximadamente 15 o 20 años de mi vida. Por eso no hago exámenes de admisión, porque salí raspado. Pero igual hoy soy músico y puedo hacer lo que hago.

—¿Todo el mundo tiene potencial entonces?

—Todo el mundo puede llegar, lo primero, a conectarse con la música. Mi trabajo como profesor es lograr que la gente se enamore de ella, incentivar la pasión más allá del conocimiento. Y creo que lo he logrado. La música es mi conexión con lo divino. Sin ella, estaría desesperado. Esto es lo que deseo compartir: creo que todo el mundo puede ser feliz a través de la música. Por eso tampoco he dejado nunca de aprender. Soy el primer estudiante, el alumno más avanzado de esta escuela. Y lo digo porque lo hago todos los días. Ahora estudio a Bach y tengo dos años dedicados a él, estudio japonés, leo, me instruyo y a los 77 años estoy aquí para seguir aprendiendo.

 

La mañana de esta entrevista, Weil nos recibió en su casa de Sabana Grande, donde se encuentra la mayoría del tiempo. Después de los respectivos rituales de bienvenida, nos invitó a acompañarlo y tomó su lugar ante una larga mesa de comedor junto a la autora de su biografía, Cristina Raffalli. Ante la inminente primera pregunta, bromeó sobre la gira de medios que hará en promoción del libro: “Debes tener tus preguntas preparadas –dice, y sonríe–, pero me da gracia que en casi todas las entrevistas siempre parecen ser las mismas”. No es fácil, después de un comentario así, abrir un cuadernillo y seguir el guión. Sin embargo, la historia debe comenzar por algún lado, aunque se repita:

—Ustedes parecen amigos de toda la vida

—Nos queremos –bromea Weil–. Su no estuviésemos casados cada uno por su lado…

—Sí, yo me casaría con Gerry –continúa riendo Raffalli.

—¿De dónde se conocen?

—Fui mamá de un alumno. Yo conocía por supuesto a Gerry como artista. Cuando tocó en el festival A tempo, tuvimos cierto contacto a partir de Pablo Gil. La relación se hizo más cercana después de que Gerry se hace maestro de mi hijo.

—¿Y de quién viene la idea de este libro?

—Tengo que darle el crédito a Milagros Socorro, a quien le contaba sobre las clases que le fascinaban a mi hijo. Diego era ya un apasionado de su música y Gerry le mostró que era una tarea de vida, para siempre. Entonces escribí una carta muy formal solicitándole una entrevista y de ahí fueron dándose estas conversaciones que duraron año y medio

—Como los buenos tintos de verano que nos tomamos.

—Y el ron con agua de coco –Raffalli le sigue la corriente en esta, una más de sus conversaciones–. La idea era que el lector sintiera a Gerry hablar, era mi principal reto. Lo más a importante a lograr era que, como decía Truman Capote, el entrevistador desapareciera.

—Fue muy ameno. Si se escribiera todo lo que hablamos, el libro sería un bloque. Es maravilloso como lograste –le dice a la autora– sintetizar a este tamaño tan agradable. Quedaron muchas cosas por fuera, pero era imposible dejar todo.

—Además porque había que darle un orden, y eso a veces te impide incorporar algunas cosas. Pero de eso logré afortunadamente rescatar esas frases que quedan sueltas entre capítulos que, aunque no tenían nada que ver con el relato, son importantísimas, porque son ideas claves para entender lo que Gerry postula como ideas sobre la música, el jazz, la espiritualidad…

—La vida.

—¿Cómo hace para plasmar un personaje así, reconocido, de gran personalidad, enorme musicalidad?

—Eso era muy importante Yo necesitaba que sonara la voz de Gerry y no dije de él nada que no me mostrara por sí mismo. El trabajo fue hacer que el texto funcione como si fuese del otro. Él mismo dio sus rasgos a través de su propia voz, y de la de los 11 entrevistados del capítulo final en el que se completa el autorretrato. Se convierte así en un paisaje.

—¿Este libro es para usted, el músico, un final, un intermedio..?

—Yo me siento muy feliz por este libro porque es un honor. En general los homenajes son post mortem y ser testigo de esto me tiene muy agradecido. Lo que un libro como este, o el premio nacional, o la orden, lo que me impulsa e es seguir trabajando y estudiando. Es una enseñanza y me produce felicidad y deseo que mi trabajo, honesto y dedicado, lleno de pasión y amor, me haga merecedor de esto. Te voy a decir la verdad, el jazz no es una música de masas y me conoce el que me conoce. Pero me siento feliz, lleno las salas a donde voy y es suficiente. Yo vivo en el cielo, de lunes a viernes estoy aquí con el piano y los estudiantes, y los fines de semana me voy a la playa. ¡No necesito más nada!

Foto de Manuel Sardá

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