Cipriano Castro baila muy bien en La planta insolente

Texto de Humberto Sánchez Amaya (@HumbertoSanchez) publicado previamente en El Nacional

El Cipriano Castro del director Román Chalbaud y el guionista Luis Britto García protege a un niño que se defiende de unos hombres que quieren robarle los dulces que vende. “Él tiene piedras y ustedes machete”, dice desde su caballo el personaje histórico en el que se basa La planta insolente, la película de la Villa del Cine.

La cinta muestra al andino desde que avanzaba hacia Caracas con la intención de derrocar al presidente Ignacio Andrade hasta que tiene que viajar al exterior para ser operado y su compadre, el vicepresidente Juan Vicente Gómez, aprovecha el momento para traicionarlo y quedarse con la silla.

La escena con el niño ocurre cuando el protagonista aún combate rodeado de una serie de personajes muy cercanos al líder, pero que luego se alejan de él por razones no muy claras. Esa es una de las deficiencias del filme, la intermitencia de algunas figuras cuyo papel no fue bien desarrollado y de quienes se desconoce sus rumbos.

No es de extrañar que la productora del Estado haya hecho un largometraje sobre el ex presidente, uno de los más exaltados por Hugo Chávez, creador de la Villa del Cine.

Una búsqueda en la página Todochavez.gob.ve indica que el fallecido mandatario se refirió al caudillo andino en 468 entrevistas, alocuciones, entrevistas o programas de televisión.

Por eso tampoco es raro que el espectador encuentre similitudes en los discursos de estas dos figuras. “No volverán” es una de las exclamaciones con las que Britto García refuerza reiteradamente los vínculos de ambos en la retórica antiimperialista y unificadora de los países latinoamericanos.

Se trata de un discurso en el que el mismo Castro se hace llamar salvador de la nación, indispensable además para la “verdadera independencia” de Venezuela, como continuador de la obra de Simón Bolívar.

Y es precisamente este uno de los problemas de la película, que no hay matices. El gobernante y militar es presentado como un ser excelso cuya único defecto es ser demasiado confiado con su entorno, que obviamente lo traiciona.

Pero más allá de las palabras heroicas en La planta insolente, el cineasta recrea con tino la época de conflictos, intrigas y alianzas, de la que saldría bien librado si no fuera por la recreación de los buques europeos que asedian al país durante el bloqueo. Pero no es así, pues se hacen risibles al no asemejarse a lo que uno podría esperar en tiempos de tantas referencias de efectos visuales. Este punto es otra de las debilidades de la producción, pues el cine ha demostrado que la tragedia bélica se muestra demoledora cuando se exhibe con la calidad que exige este arte.

La mejor escena del filme es aquella en la que Castro junto con su esposa, Zoila de Castro, bailan un vals interpretado por la orquesta que dirige Pedro Elías Gutiérrez. Precisamente es esta parte en la que el lenguaje cinematográfico se manifiesta plenamente sin verbos ni adjetivos. Tan solo la música, gestos y movimientos cautivan por un momento, como si Chalbaud se olvidara repentinamente de machacar discursos orientados a la a la mitificación de Castro, del que se ha escrito tanto. La actuación de Roberto Moll como el presidente es otro punto a favor.

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