Un execrado se impone al monarca que usurpa el poder

Texto de Humberto Sánchez Amaya (@HumbertoSanchez) publicado previamente en El Nacional

El reino de Gran Bretaña sucumbe ante una traición familiar. Vortigern (Jude Law) se apodera del trono que le pertenecía a Uther Pendragon (Eric Bana), su hermano. Para lograrlo se vale de una siniestra asociación con entes malignos que le confieren un poder sobrenatural.

Son las primeras escenas de El rey Arturo: La leyenda de la espada, que se estrenó en Venezuela. No es la primera vez que se cuenta esta historia. Además de la película animada La espada en la piedra(1963), que realizó Wolfgang Reitherman para Disney; están las cintas Camelot (1967) de Joshua Logan yExcalibur (1981) de John Boorman.

Esta vez es Guy Ritchie quien revisita a este legendario personaje, tan popúlar en la cultura occidental, que representa la imagen de un gobernante ideal, amado por todos.

El filme es protagonizado por Charlie Hunnam, quien interpreta a Arturo, el hijo del depuesto monarca que termina siendo criado entre calles y burdeles, mientras su tío se jacta de sus triunfos y cada vez es más poderoso.

Arturo ignora su procedencia, mientras a su manera busca sobrevivir en los bajos fondos del reino, lejos de la pomposidad de los palacios.

Ritchie sabe manejarse bien en este ambiente medieval sin que el espectador se olvide de la filmografía de sus primeros años, ambientada en un Londres moderno, de pandilleros y triquiñuelas. Recordemos también la impronta del director británico en Sherlock Holmes, saga que también está inspirada en la literatura.

En El rey Arturo: La leyenda de la espada están bien logradas las escenas de acción, especialmente las persecuciones, sin dejar a un lado cierta incorrección política.

Hay una espada clavada en una piedra, como también se sabe, y centenares intentan sacarla. Vortigern está claro que quien lo logre representará un gran peligro a sus días en el trono. Ya en las calles hay mensajes en las paredes a favor de ese hijo cuyo paradero se desconoce, pero del que se desea tome las riendas del poder.

El monarca solo quiere ser temido, para lo que se apoya en la apariencia de su caballería. Con máscaras negras y caballos limitan los piquetes a quienes se atreven a subvertir el orden. Es lo que ocurre cuando finalmente Arturo logra sacar la espada Excalibur. Surgen entonces aliados que él ignoraba, no solo guerreros. Una misteriosa maga (Astrid Bergès-Frisbey), por ejemplo, es capaz de controlar animales a favor de su causa.

Las calles empiezan a alborotarse. Consideran que la repentina aparición de Arturo puede traducirse en mejores rumbos para un reino anquilosado en un palacio cuyos ocupantes se concentran en mantenerse en el pedestal.

Es inevitable que los espectadores en las salas locales no encuentren similitudes con el contexto actual. La película es entretenida, sin muchas sorpresas, pero se mantiene por la tensión que el director sabe dosificar; una trama binaria de venganza y reivindicación entre buenos y malos, con pocos matices. Al final, lo magnánimo prevalece, a pesar de lo previsible de la trama.

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