Guy Ritchie, del mundo gánster al desierto de Aladdin

El Miope. Por Humberto Sánchez Amaya

Guy Ritchie tuvo sobre sus hombros la responsabilidad de adaptar en acción real uno de los clásicos más populares de Disney: Aladdin.

No fue tarea sencilla darle otro rostro al ladrón convertido en príncipe, así como a la princesa Jasmín, el jocoso genio de la lámpara y mucho menos a Jafar, uno de los villanos más intimidantes del cine animado, quizá superado por Scar de El rey león, que asesinó a su hermano.

La elección del casting, excepto por el antagonista, es atinada y permite olvidar momentáneamente aquellos rostros que en 1992 se volvieron parte de la cultura popular; especialmente por Will Smith como genio y por Naomi Scott como la princesa del reino de Agrabah.

La esencia de la historia original se mantiene en buena parte. En una de sus andanzas, el joven conoce a la princesa, quien salió del palacio para ver de cerca cómo es la vida de los súbditos.

Ese primer encuentro es trastocado cuando ella cree que es otra víctima más del ladrón, pero él tratará de cambiar la opinión de la princesa hasta que Jafar lo obliga a buscar una lámpara mágica en una misteriosa cueva. Ahí, Aladdin (Mena Massoud) conoce al genio, que lo convierte en príncipe para que así pueda, según lo que dice la ley, desposar a la princesa.

Sí hay variaciones. Por ejemplo, la maldad de Jafar es atenuada, especialmente en su trato a Jasmín, un hecho que ceñido al discurso de empoderamiento del filme. Recordemos que en la versión de los noventa la princesa incluso es encadenada por Jafar.

Pero más allá de este detalle, Marwan Kenzari como visir del sultán no logra ser lo suficientemente aterrador, especialmente cuando se supone entra en su clímax de maldad. Es sobreactuado en ocasiones, poco genuino en la expresión de sus ambiciones.

Pero más allá de este detalle, Marwan Kenzari como visir del sultán no logra ser lo suficientemente aterrador, especialmente cuando se supone entra en su clímax de maldad. Es sobreactuado en ocasiones, poco genuino en la expresión de sus ambiciones. .
La adrenalina se debe exclusivamente a las escenas de persecución que Ritchie logra en la película, tanto en las calles del reino, como en las mostradas a bordo de la alfombra mágica, para luego brindar sosiego, juerga y diálogos hilarantes cuando el genio se convierte en el mentor del muchacho que se subestima apenas se enamora de la integrante de la realeza.

El cineasta británico, a quien se asocia con el cine de gánsteres y policías, logra un musical extravagante, divertido, con obvios guiños a Bollywood y mantiene el idilio que se esperaba, todo acentuado con la música de Alan Menken, ganador de 8 premios Oscar por su labor como compositor tanto en la película original de Aladdin como en otros clásicos de Disney como La bella y la bestia, Pocahontas y La sirenita.

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