Fito Páez, entre el eclecticismo y la nostalgia caraqueña

Por Humberto Sánchez Amaya

Fito Páez dice que sus conciertos no son solo música, sino que ocurre algo más. Tiene razón, al menos, la noche del 13 de octubre en el Poliedro de Caracas. Para muchos hay un reencuentro, un regreso a las canciones del sosiego de los primeros años de la juventud, así como también a una época dorada para el rock en español, cuando los músicos del género ya habían reconocido su geografía, y habían traducido las cadencias del mundo anglo a unas calles en las que pululaban distintos ritmos y avatares sociopolíticos. Latinoamérica, siempre tan Latinoamérica, esa que inspiró al rosarino a escribir canciones como “Giros” o “Yo vengo a ofrecer mi corazón”.

Esta noche hay sacrificios. No se cantarán todos los éxitos de sus giras, porque esta es diferente. Viajó a Caracas para celebrar 30 años de El amor después del amor, el disco que lo hizo grande, un ícono del rock argentino, ese que tanto ha dado e inspirado, ese cuyas letras resuenan todavía, así sea de refilón entre los más jóvenes, que navegan en el beneplácito de la saturación con acento puertorriqueño.

Las primeras notas de la canción “El amor después del amor” suenan a las 9:05 pm. Ya el público había empezado a gritar el famoso “¡Ooeee, ooeee, oee, oeee, Fiito, Fiiito!”. Poco antes había cantado Jorge Luis Chacín, una elección extraña en cuanto a géneros. También, para ambientar la espera habían puesto reguetón, un desliz que tal vez ni se vio como desliz.

“El amor después del amor” es el inicio de una velada de fluctuación de sentimientos. “Buenas noches Caracas. Tanto tiempo. Vamos a pasar una noche inolvidable”, dice Fito Páez frente al público.

Foto cortesía de Tata López. Prensa Invershow

Algunos comentan que lástima que no esté lleno el Poliedro. Se ven varios espacios vacíos, especialmente en los laterales. La tarima está ubicada en la mitad del recinto. Al frente, en la parte más exclusiva, dispusieron de unas mesas separadas por una especie de láminas que asemejan el orden de  cubículos de una oficina.

Fito Páez advierte que tocará el disco de principio a fin, sin excepción, haya sido éxito o no alguna canción. Sigue con “Dos días en la vida”, ese homenaje cinematográfico, otra pasión del argentino que también ha dirigido películas.

Se sienta luego al piano, que toca de manera sutil, y dice que viene su favorita: “La Verónica”. Hay quienes callan, otros cantan. Pero no todo está bien. El sonido no luce, se escucha lejos, los que están cerca lo notan más. Y al culminar la tercera canción se activa el sistema de audio del lado izquierdo de la tarima del Poliedro de Caracas.

Fito hace señas a los músicos, a su equipo. Se para, se sienta frente al piano, se vuelve a parar. Está pendiente de cada detalle, como un director de orquesta, pero sin la solemnidad del académico. Es rock, y el orden se consigue de otras maneras.  También se siente algo tenso, incómodo puede ser, pero se va relajando en la noche.

Antes de “Pétalo de sal” recuerda a uno de los más grandes artistas latinoamericanos, Luis Alberto Spinetta, quien en el disco de estudio grabó en esa pieza. “Dedicada con todo nuestro amor a uno de los más grandes y exóticos artistas, y también posible faro si las juventudes de América despiertan a la locura del tesoro americano, de las posibles músicas por venir”, exclama.

Su voz ya no es la misma. Mariela «Emme» Vitale es la cantante que lo acompaña y rescata. Se notan los 59 años de edad, y tal vez los excesos. En “Pétalo de sal” se perciben esas ausencias con más contundencia. Cuando le canta a los labios, hay notas que se quedan sin correspondencia.

Pero poco importa. Esa noche hay una comunión entre lo que es, lo que fue y será, una convivencia que se acentúa con el agradecimiento a una obra inmortal, a unas letras que han acompañado en momentos alegres y aciagos, aquellos en los que se va descubriendo la vida mientras se escucha a quien hace arte desde ese tránsito.

A veces Fito se vale de un atril que sostiene un cuaderno que apunta algunas líneas, especialmente en las canciones que no solían ser parte del repertorio en giras previas, como “Sasha, Sissi y el círculo de Baba”. El director de las pantallas todavía anda sin tino. Cuando suena un solo de guitarra, enfoca al bajista, y a veces se le pierde la cámara que registra al cantante. Más adelante toma el control.

Foto cortesía de Tata López. Prensa Invershow

La euforia en el público de Caracas es más unísona con “Un vestido y un amor”, que canta con un ligero cambio. Cuando antes decía “tendría que llorar o salir a matar” ahora dice “tendría que llorar o salir a matarme”.

Otra locura es “Tumbas de la gloria”, en la que la gente que sí sigue a Fito sabe cómo responder a esa fuerza que sale de una canción que pide salvación, las letras del amor que abre una herida, que cambia una vida para todo lo demás.

La división del público es extraña en el concierto organizado por Invershow. Los más eufóricos están atrás, donde valía menos la entrada, y en algunas partes del centro. En la zona exclusiva, es más variopinto, entre inertes, cazadores de éxitos, y minorías entusiastas.

Fito comenta que El amor después del amor es un disco ecléctico, sin duda lo es, así como también el público de esa noche, donde por el mismo pasillo pueden pasar Kiara y el profesor Briceño, así como Pedro Carvajalino y José Vielma Mora. En esos mismos pasillos, se puede jugar hasta en un simulacro de casino.

Sigue el concierto, en el orden del disco. Después de “Creo” Fito dice que salud Caracas. “Mi padre me ponía a una compositora peruana llamada Chabuca Granda, la inmensa Chabuca. Con los años, esos sonidos van quedando en tu vida. Llegué a conocer al último guitarrista de ella, Lucho González. Le mostré parte de esta música que vamos a tocar ahora, y le pregunté qué hacemos con todo esto. Armó estos riffs que vienen de la marinera peruana, y nos dio una clase. Nos contó cómo el seis por ocho atraviesa todo el continente americano. Por eso no es tan diferente escuchar una chacarera de Los Hermanos Abalos o un ritmo de Simón Díaz. No es tan diferente escuchar la cuenca chilena rozando con la marinera peruana. Son todos misterios y a la vez tesoros de la música popular americana, americana, y hay que repetirlo, desde Alaska hasta Ushuaia”. Esa es la antesala a “Detrás del muro de los lamentos”.

Foto cortesía de Tata López. Prensa Invershow

Se acerca el final de la promesa de tocar el álbum de principio a fin. Está cumpliendo. Tumba el atril. Ya no hace falta. Las canciones que vienen son de las infaltables: “Brillante sobre el mic” y “A rodar mi vida”. Fito Páez no ha tocado en ningún momento la guitarra. Ni lo hará. Todo ha sido piano y de pie frente al micrófono.

En Caracas es el décimo concierto de la gira. Fito dice que vuelve en unos minutos, que se pondrá guapo. Son las 10:19 pm. A los doce minutos regresa para tocar éxitos de otros discos: “El diablo de tu corazón”, “Al lado del camino”, “11 y 6”, “Circo Beat” y “Ciudad de pobres corazones”, esta última la más parecido al disco, sin atenuar el ritmo, pues es notorio que en algunas canciones la banda se adapta a las velocidades del cantante. Así cierra la segunda parte, antes de la falsa salida, con un tema potente, lleno de rabia desde siempre, una catarsis hacia un hecho que lo marcó: el asesinato de sus abuelas.

Cierra la velada con “Dar es dar” y “Mariposa tecknicolor”. “Muchas gracias a todos. De todas formas, la música del continente americano es un tesoro inmenso, y no vamos a dejar que cualquiera se la rebaje así como así”, asevera emocionado antes de presentar a la banda que lo acompaña: la cantante Mariela «Emme» Vitale, el guitarrista Juani Agüero, el tecladista Juan Absatz, el guitarrista Carlos Vandera, el baterista Gastón Baremberg y el bajista Diego Olivero. Así en ese orden. “Un concierto inolvidable como siempre aquí en Caracas. Lo mejor. Salud, dinero y amor para todo el mundo, che. De eso se trata”.

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