La cultura es otra vez sinónimo de estatus, lo cual causó el resurgir de la lectura y, sobre todo, la escritura; por ello es muy habitual encontrar nuevos artistas, los cuales buscan irrumpir en el arte con total devoción a enfoques que son, sin embargo, incorrectos. La poesía del siglo XXI destaca por su libertad y estilo más bien prosaico y una intención de expresión más que de visión.
Por Alexander De Rovello
En el presente siglo, la poesía aparenta un estado de retorno, con innúmeros nuevos poetas los cuales expresan su sentir a través del verso; mas, por la otra cara de este retorno, podemos observar una diferencia abismal con el verso de antaño: no hay más rima, ni metro, ni recurso más allá de la pausa dramática entre versos, la fragmentación de algo que en su totalidad no era más que un sentimiento y la transformación del poeta como vidente al poeta como escribiente.
En Orfeo (1950) de Jean Cocteau, el personaje mítico adaptado a la Francia de su época responde muy bien a la pregunta de qué es ser poeta: escribir sin ser escritor. La poesía no es ínsita al lenguaje: el lenguaje es ínsito a la poesía. Si María Zambrano dice que los poetas “se rinden al lenguaje” se equivoca; las lenguas son gracias a los poetas y el lenguaje es gracias a las verdades que revelan los poetas. Los poetas son gracias a los silencios; nada se expande más que el silencio.
Es por ello que es preocupante el notar cómo el concepto de “interiorización” (Verinnerlichung) de Novalis se convirtió en una cosa literal, el mero expresar las emociones en la cotidianidad. Nada más lejos de la poesía. El mundo interior funciona como reflejo de lo exterior, bien expresado por Goethe y citado por Juan Eduardo Cirlot en su diccionario de símbolos: “Como es adentro es afuera”.
Los poetas modernos convierten el verso libre en mera diarística, en una manera de traducir sus frustraciones, una manera de quejarse. He aquí el gran error: los poetas no pueden quejarse, son héroes y los héroes aman el destino, bueno o malo. El poetizar es el último acto heroico.
Que los poetas sean sensibles se explica a través de la buena aforística de Novalis referenciada en Demian de Hermann Hesse: “Destino y sentimiento son nombres de un solo concepto”. Los poetas hablan del amor (amors, sin muerte si nos vamos al latín y analizamos la etimología), pues sienten el (¿único?) deber de recuperar la unidad primordial, superar la vida, superar la muerte; viven del recuerdo (los Minnesänger de Alemania, trovadores de su tierra, bien sabían esto, pues Minne significa tanto amor como recuerdo) de la edad dorada, y la quieren recuperar con el canto.
Es a través de la interiorización que lo logran, pues recuperado el Edén en su interior, en el exterior empezará a existir; pero para ello deben moldearse cual estatua de mármol, como bien Plotino semeja al alma virtuosa y su proceso de formación con el de las bellas obras grecorromanas, lo cual implica golpe, destrucción y una eventual formación de lo bello a través de la ascesis, que no es mera mortificación, sino un darse forma (askéō) hasta la obtención de la virtud.
Apreciar se puede, entonces, la caída de la exigencia para ser poeta, donde la tekné (como los griegos llamaban a la manera de hacer arte o al arte en sí: una herramienta la cual tenía que ser dominada con el tiempo) no existe, y el mero versificar como se quiera ese día impide una auténtica práctica espiritual para la buena poesía, dejando sin sentido ni mérito el trabajo poético.
Tomemos en cuenta, por ejemplo, al soneto, nacido en la corte de Federico II de Hohenstaufen en su escuela poética siciliana creada en 1230, la cual permitiría el surgir de los “Fedeli d’Amore”, de los cuales formó parte Dante Alighieri. No veían al soneto como una manera rígida o una simple manera de escribir: era la exigencia de una forma casi matemática de poetizar, donde cada soneto es un infinito. La amada para ellos era una vía de salvación y los versos la práctica espiritual para alcanzarla.
Los trovadores de Occitania en la Alta Edad Media tenían relación con el catarismo (herejía gnóstica aniquilada por la Iglesia católica) y exploraron esa relación de la naturaleza, la amada y el sentir con una manera de retornar a la “inocencia” primigenia, donde no había pecado ni corrupción de la materia. El amor cortés como una santificación del Eros, que también exploró san Juan de la Cruz, donde ahora este último impulsa hacia lo alto, despojándose de la belleza terrena y volando a las bellezas uranias.
El santo carmelita nos dejó en sus “Otras del mismo a lo divino” un inicio que deja clara esta posición, la pulsión erótica ahora con miras a lo alto:
Tras de un amoroso lance,
y no de esperanza falto,
volé tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.
Por tiempos más cercanos, Rimbaud en el siglo XIX definió al poeta como vidente, y con mucha polémica declaró: “el poeta es un ladrón de fuego”. Se muestra, pues, que la poesía no es una mera manera de expresión, y mucho menos desahogo: es un sacrificio por la humanidad, una vía ascética, heroica, donde la condenación está en juego por el robo de aquello que purifica, destruye e ilumina.
Si el poeta usa el metro y la rima rígida, es por el esfuerzo que requiere, por la creatividad que permite, por la perfección que crea. Si el poeta usa la lengua, no es para adaptarse a ella, es para adaptar la lengua a su forma de ver el mundo. Homero habla del vinoso mar no porque los griegos viesen el mar de ese color, es porque solo un poeta puede verlo tan lleno de Dios; Baudelaire no habla de la maldad por satanismo, sino por inversión, transformación, alquimia: lo bajo a lo alto, lo alto a lo bajo. La poesía de este siglo necesita poetas que no exploren sus emociones, sino bellezas.
