El plano inferior,

Los extraños de la noche de Mario Morenza

A través de su primera novela, El plano inferior, publicada por Monroy Editor, el autor nos habla del profundo desencanto de una sociedad que no supo cómo sostener los cimientos de un futuro modernista

Por Dalila Itriago

Hace algunos años, cuando era reportera del diario El Nacional, escribía para la fuente Ciudad. Esto implicaba cubrir las protestas que ocurrían en Caracas, así como también los modos de vida contenidos en la capital de Venezuela.

Un día, creo que porque estaba desarrollando un reportaje sobre los indigentes, bajé por unas escaleritas que desembocaban en una de las orillas del río Guaire, justo debajo del puente que une el Estadio Universitario de Caracas con Plaza Venezuela.

Allí encontré a Pacquiao, un indigente que me mostró su “casa”. Me reveló cómo él y los suyos hacían para bañarse (en un lugar estratégico por donde había una cañería de la que brotaba agua limpia) y también me enseñó sus muñecas, sus adornos y toda clase de desperdicios que había acumulado gracias a ese lugar donde habitaba.

El sobrenombre de Pacquiao se lo habían otorgado otros indigentes gracias a su extraordinario parecido físico con el boxeador filipino y, muy probablemente, por sus destrezas a la hora de defenderse.

El Plano inferior
El autor caraqueño es de la zona de Coche. Foto de Dalila Itriago

El eco de Pacquiao en el subsuelo

Hoy recordé a Pacquiao. Hace pocos días terminé de leer la primera novela de Mario Morenza, El plano inferior, y ella, en esencia, trata sobre una comunidad subterránea de indigentes que se llaman a sí mismos citizens.

Estos ciudadanos del futuro, que habitan la ciudad de Nueva Caracas, tienen entre sus sueños e ideals recobrar “la inocencia del hombre primitivo” e instalar un gobierno ecológico que encarcele a los delincuentes y desmantele, entre otros organismos, a los cuerpos policiales “que tanta sangre inocente habían derramado y tanta corrupción desplegaban con la ayuda del hierro y el fuego”.

Para serles muy sincera, recordé a Pacquiao por una anécdota más bien desagradable: hace también muchos años, cuando yo todavía salía de noche en Caracas, un amigo me invitó a cenar. Recuerdo que pasamos en su carro por encima del puente donde vivía Pacquiao. Le comenté emocionada de la investigación que había estado haciendo sobre los indigentes y sus limitadas posibilidades dentro de la ciudad.

Me acuerdo de que mi amigo me recomendó que no volviera a mencionar el tema, pues sería un peligro (o algo decadente) que, a los ojos de los demás, yo me identificara con todo lo que los mendigos representaban: pobreza, marginalidad, desigualdad social, aislamiento, desempleo, suciedad, informalidad, entre otros.

Les adelanto que esta reseña de El plano inferior puede ser la más personal y poco objetiva del mundo. En realidad, les confieso que, al menos hoy, no quiero ser para nada objetiva. Deseo darme el permiso, más bien, de contarles lo que sentí tras leer esta magnífica novela de mi profesor Mario Morenza.

Una paliza con palabras precisas

Después de leerla, tú quedas como batuqueado, como si te hubieran dado unos coñazos con un bate (y me perdonan la grosería). Quedas dolido y hasta te da miedo, y te revisas para ver si, en efecto, no tienes moretones en los brazos. No, no los hay. Te han dado una paliza, pero con palabras precisas, frases y oraciones bien construidas y reflexiones que te descosen la piel. Es la sensación del desconcierto tras vivir un estremecimiento inesperado.

Morenza, en términos coloquiales, se presentó y dijo: “Aquí estoy yo, si no me han visto”; y trajo con él a Franto, Yuri, Edward Gómez-Gómez (o Valle-Coche), a Saúl, a Siddhartha, a Jethro Tull, a Carlos, a Tania, a un evangélico llamado Luis, a Esteban, a Ulises Peña y a Richard.

Llegó a mostrarnos sus Pacquiaos, por decirlo de alguna manera, con la absoluta convicción de que ya es hora de verlos y no de obviarlos, como hacemos cotidianamente.

Durante tres días seguidos intenté leer la novela y, por alguna extraña razón, no le entraba a la lectura. Hubo resistencia, seguramente a nivel inconsciente. No es sencillo vernos en ese espejo.

Aproveché el día de paro por 24 horas de las universidades para arrancar con decisión a leerla. Al día siguiente ya la había terminado y, como le comenté a su autor, no hay equivalencia entre la extensión de la novela, 166 páginas, y su potencia, su ritmo y su fuerza descomunal.

Si bien, como ya dije, la novela trata sobre una comunidad de indigentes que reflexionan y analizan la situación de la ciudad, la voz cantante pareciera llevarla Edward Gómez-Gómez, quien tiene el sobrenombre de Valle-Coche.

El término hace referencia tanto a un sector al sur de la ciudad (integrado por las parroquias vecinas El Valle y Coche) como a la autopista que conecta esta zona con el resto del área metropolitana. En esa área viven los citizens.

La seguridad del plano inferior

Nuestro personaje protagónico es un exitoso arquitecto que, quizás cansado de la realidad que Caracas representa, opta por bajar a sus cloacas y decide vivir debajo de una alcantarilla.

Desde esa profundidad, desde el subsuelo, anuncia que diseñará una maqueta que contendrá todos los sueños y proyectos irrealizables que la capital alguna vez contempló desarrollar.

Obviamente, al cambiar su perspectiva, Edward Gómez-Gómez escuchará otras historias: las biografías de los integrantes de su nueva tribu. Seres que se aprecian frustrados, resentidos, amargados, desencantados, inconclusos. Sucios, como esa misma ciudad que se les impone y los expulsa.

Parecen seres aplastados por una ciudad inhumana con normas sociales hipócritas pensadas solo para el beneficio de unos cuantos poderosos. Paradójicamente, ante la anarquía y el naufragio de la ciudad y sus promesas, abajo, en el plano inferior, los citizens sienten seguridad o, al menos, registran cierta protección. Comentan entre sí que allá abajo solo llegarán las balas que ya han impactado sobre algo material anteriormente. Son inofensivas.

Yo siento que la novela nos induce a cambiar nuestro punto de vista. En el texto, alguno de los personajes, creo que es Esteban, dice que los peatones jamás verán a un indigente (o harán que no lo ven); mientras que entre ellos sí se miran y se conocen. Hay una cierta hermandad en la mugre y una cierta superioridad que adquieren al ser citizens de las cloacas de Caracas. Así lo cree Valle-Coche:

“Somos el punto ciego que se fugó de capitalismos y socialismos que se devoraron el uno al otro, sin saber dónde terminaba el otro y comenzaba el uno. Mientras tanto, nos conformamos con nuestro cielo, el piso de seis millones de peatones”.

¿Cuál sería el mensaje?

Ellos, los que ahora salen de sus covachas para mirarnos, nos reprueban. Y en esa hipotética aproximación salimos perdiendo. La ciudad, esta hermosa Caracas, se nos ha ido desnaturalizando, se nos ha ido deshumanizando, se nos ha ido degradando, ensuciando, humillando; pero no por la acción de los malolientes indigentes. No.

La propuesta de Valle-Coche, su crítica y la de sus amigos es que a esta ciudad la han dañado mucho sus seres aparentemente más pensantes y evolucionados.

Vivian, la esposa del protagonista, arquitecto también, le saca en cara, se burla de su pretensión de hacer una maqueta futurista con basura.

Valle-Coche le responderá: ¿Acaso tu ciudad es mejor?

El plano inferior

La maqueta de los sueños rotos

El plano inferior, para mí, es un cuestionamiento doloroso y frontal hacia todos los habitantes de Caracas. La novela guarda implícitamente, calladamente, esta pregunta: ¿Cuál es tu cuota de responsabilidad para que esta ciudad esté así, como está?

Y la pregunta, o la crítica, el examen, la evaluación, se va extendiendo como una mancha de aceite sobre el asfalto (que ya ha sido declarado cruel):

¿Qué pasó con nuestra sociedad, con la democracia, con las instituciones, con el ser que llamábamos humano, con las ideologías que nos prometieron salidas y no fueron suficientes en sus respuestas? ¿Qué pasó con la religión, la familia, el matrimonio, los policías, los periodistas (que en la obra son caricaturizados porque pareciera que no entienden nada de lo que ocurre en su entorno), los estudiantes y, aunque suene súper exagerado, la humanidad entera? ¿Qué nos pasó?

Sé que suena grandilocuente y pomposo, pero siento que es una novela que interroga al hombre sobre sí mismo y sobre su lugar y responsabilidad en la tierra. O, al menos, su lugar en Venezuela.

Lo más grave, que lo es, no es ignorar a los indigentes. Lo más grave es ignorar todo aquello que nos ha ido pudriendo el alma. Hacernos los locos frente al horror. Dejar de ver lo que ya es hora de ver, como sociedad, y despertar.

Como si debajo de todas esas páginas que insólitamente nos hicieron reír se nos acercara alguien, en buenos términos, y nos dijera (en tono venezolano): “Chamo, ya sabes que fracasaste en todos tus intentos. Ahora, dime, ¿qué piensas hacer?”.

Y Valle-Coche sigue respondiendo que tiene una maqueta de sueños por mostrar, con desechos —claro está—. Mientras Tania nos acribilla con su conclusión apocalíptica: “La sociedad a la que perteneces está quebrada como la mina de un lápiz (…) Así le saques punta mil veces hasta llegar al otro extremo, no hay nada que se pueda hacer, siempre se partirá, pero igual seguirás en lo mismo, sacándole punta y sacándole punta, y todos allá arriba seguirán cometiendo el mismo estúpido y peligroso error de persistir; y no tienes la culpa, nadie allá arriba tiene la culpa, a los humanos nos encanta el dramatismo y funcionamos así. Amamos el conflicto. Tenemos debilidad por las causas perdidas”.

Tania perdió la esperanza y tiene sentido. Ella fue guerrillera y dice que solo espera que algún día se cuente realmente lo que vivió en esas montañas. Su proyecto, que fue proceso, fracasó. El de ella, el de muchos, el de la ciudad, el del país. Paradójicamente será un “camarada”, Yuri, quien llegue hasta el final e intente una redención, una salida.

Yo prefiero creer en la pista que nos brinda Valle-Coche cuando ve de lejos a los peatones, poco antes de terminar la novela. Él dice que los ve callados, estresados, sudorosos, “incapaces de rebelarse”, de ser libres y, sobre todo, incapaces de huir, de sacudirse esa “tristeza condicionada por el sistema”.

Ahí, medio aletargados, con “sus bolsas de plástico llenas de verduras y canillas y algún producto de la cesta básica familiar comprado a sobreprecio a los bachaqueros que comercian en la clandestinidad”.

Resignados, esa palabra que detesto.

Habría que hacer el camino contrario: persistir, aunque Tania nos mire y sienta compasión por nuestro vano intento.

Hay que insistir. Aunque Caracas siga bajo el fuego, aunque apenas queden cenizas, hay que continuar. La ciudad no se deja vencer, como ya nos lo vaticinó Valle-Coche.

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