El Caracas Music Hall albergó la potencia cruda de dos jóvenes agrupaciones. Entre pogos, calor y cervezas, la velada culminó con el triunfo sonoro de «Subió el maldito dólar», conectando la sensibilidad del público antes del regreso a casa en la madrugada del domingo
Por Diego Almao
«Esto está muerto», le dije a Víctor unos minutos después de entrar al Centro Comercial Concresa y recorrer sus espacios vacíos. La mayoría de las tiendas estaban cerradas, y muy pocas personas distintas a los guardias hacían vida en los pasillos. Probablemente caminaban al sitio que nos convocaba ese sábado por la tarde-noche.
Hicimos una parada estratégica en Farmatodo antes de empezar la jornada. Era poco antes de las 7 de la noche, la nueva hora en que la sala 3 del Caracas Music Hall nos daría la bienvenida. Víctor llevaba un morral que nadie se preocupó en revisar y donde fácilmente pudo haber metido dos Doritos, dos refrescos y dos cajas de Flips. Yo solo tenía mi billetera y mis audífonos.
¿Estas son horas para llegar, Diego Manuel?
En nuestra defensa, estábamos llegando tarde. La hora de apertura de puertas con la que nos planificamos al principio era las 6. Fue justo en el Concresa cuando vimos que se había aplazado para las 7. Lev, otro amigo del circuito cultural de la ciudad, siempre me dice que llego demasiado temprano a toques de este tipo, como dos o tres horas antes de que la primera banda se monte. Esta vez, debo darle la razón.
Víctor y yo éramos de las pocas personas en el lugar. Nosotros sabíamos que la situación cambiaría con las horas, pero, para un poco más allá de las 7, éramos el público presente en el más pequeño de los tres espacios del Caracas Music Hall dispuestos para eventos en vivo. Nosotros y, a lo mucho, unas 7 o 10 personas cuyas caras y nombres no se plasmaron en mí.
Ocupamos unas sillas en el extremo opuesto al escenario. La barra no servía nada excepto distintos licores, agua a sobreprecio y unas chucherías que ni en mí ni en mi amigo provocaron algo. La falta de seguridad en la entrada me hizo jugar con la idea de salir, comprar cosas e infiltrarlas en el bolso de mi posible cómplice, pero fue nada más eso, una idea sin correlato en lo real.
Temas de The Strokes, Queens of the Stone Age, The White Stripes, The Vines y otras bandas de vibras similares estaban de fondo mientras alternaba palabras y vacíos con mi compañero de turno. Le hablé de lo que hacía especial a “The Adults Are Talking” y de cómo “No One Knows” no necesita presentación. Él asentía y respondía, dejándome hablar largo y tendido como usualmente hace.

Primer asalto
Fue en el contexto del Nuevas Bandas de 2025 cuando Van Der Dijs entró en mi radar. Los ubicaba como una combinación interesante entre el sonido de Rage Against The Machine con elementos que, en el plano venezolano, recuerdan mucho a Canserbero, una referencia marcada en el estilo de su vocalista, Manuel Van Der Dijs. Fuera de extractos de Instagram y cuentos de amigos, no había tenido oportunidad de verlos en vivo. Esa noche saldé mi deuda.
Fue apenas el día anterior cuando se anunció que Van Der Dijs haría la antesala, pero eso no hizo de su momento en tarima un suceso menor. Cuando comenzaron las acciones con “15 minutos”, su nuevo sencillo, todos allí sentimos el peso de su propuesta. Luego de presentarse en abril al lado de Huck It, Iris y Escritores de Salem, habían regresado al Caracas Music Hall para sacudirlo nuevamente.
Todos respondimos acorde. Si quedaban dudas de la potencia de este grupo al finalizar “15 minutos”, “Venpaka” terminaría de convencer a los escépticos de que estaban frente a un poder demoledor. Acorde por acorde, rima tras rima, Van Der Dijs hizo temblar los cimientos del Concresa y los huesos de cada persona en su reacondicionado salón de conciertos.
El pogo fue la consecuencia natural. Sabía que esto sucedería con la banda de turno, pero una cosa es anticipar el sentimiento, y una muy distinta es vivirlo en la carne. El público no demoró en revolverse y hacerse parte de un ritual característico en conciertos de este tipo. El choque entre los cuerpos liberaba todavía más energía en el lugar y confirmaba el dominio absoluto de Van Der Dijs dentro y fuera del escenario.
Mi merecida cerveza
Un último esfuerzo conjunto entre los instrumentos dio pie a la pausa entre un momento y el siguiente. El público se alejó rápidamente de la tarima para refrescarse y alcanzar cualquier mínimo rastro de descanso antes de lo que estaba por venir.
Hacía mucho calor pasadas las 9. Víctor, quien se retiró del bochinche unos 15 minutos antes de que terminara, estaba en las sillas que acaparamos esa noche. Andaba en condiciones mucho mejores que las mías, con una cara de felicidad y contento que contrastaba con el desgaste en mi rostro que, no obstante, también sonreía. Cómo no hacerlo luego de lo que vi.
Aunque yo no soy fan de gastar en alcohol en conciertos, esa noche era la adecuada. No dudé en acercarme a la barra y comprar dos cervezas; una para el Diego que no tenía ni 5 minutos de haber visto a Van Der Dijs, la otra para quien iba a querer terminar su noche con algo para calmar la sed. No pedí nada a mi compañero, que tenía agua a su merced y tampoco consume esta clase de bebidas.
Ya no había rastros de la soledad que me recibió hace unas horas. La sala, sin estar al límite de sus capacidades, rebosaba de mucha más vida con conversaciones que captaba solo por fragmentos; ya sea de la presentación reciente, de la que estaba por venir, o sobre temas de la vida cotidiana que, en reuniones de este estilo, parece lejana.
Luis, otro compañero de conciertos, llegó al Caracas Music Hall poco antes de que los teloneros cerraran su acto. La acción no me permitió nada más allá de un saludo y palabras ahogadas bajo el ruido, pero fue en el intermedio cuando me acerqué a él y a su novia para ponerlo al corriente de lo sucedido y, junto a eso, escuchar sus impresiones de un álbum que le recomendé unas semanas atrás, Absolution de Muse. Seguía haciendo calor.
La noche es de Bucle Lunar
En los meses finales de 2025, Bucle Lunar era el centro de la conversación. La banda de Mérida irrumpió en la escena musical de nuestro país con un tema que llegó sin escalas al sentir de muchas personas. No hizo falta una extensa gira promocional, una producción de alto nivel ni arreglos complejos. Bastó nada más volver a las heridas que nos unen como sociedad con un mensaje escrito en un lenguaje cercano y real.
Víctor estuvo cerca de ver a Bucle Lunar cuando viajó a Mérida hace un tiempo. Las circunstancias no se dieron, pero quedó con el interés, y fue el miércoles de la misma semana del concierto cuando recibí su mensaje preguntándome si tenía planes para mi sábado 9 de mayo. Cuando me preguntó si conocía al acto principal, se refirió a ellos como «la banda de “Subió el maldito dólar”». No fue una referencia elegante, pero sí efectiva.
El resto es esta historia. Bucle Lunar asumió la tarima unos minutos pasadas las 10 de la noche, animando y bromeando con el público a medida que daban los ajustes finales a sus instrumentos. Yo me ubiqué muy cerca del escenario, del lado que Mila Lizarazo, la bajista, hizo suyo durante la presentación. Mi posición no me permitía moverme con la libertad de unos minutos atrás, pero eso cambió al rato.
Unos fallos técnicos en la guitarra no impidieron que la gente conectara con la música contenida en las paredes del Caracas Music Hall. Eran circunstancias menores que todos dejamos de lado en pro de asumir plenamente la experiencia que todos reconocimos en el lugar, una que conectaba con nosotros desde un ángulo distinto al de Van Der Dijs, más cercano al rock alternativo e indie.
Más allá de que «Subió el maldito dólar» fue la canción más coreada de la noche, lo que verdaderamente importa es la manera en que el tema sustentó su impacto en la sensibilidad compartida de quienes estuvimos allí. Por sofisticada o compleja que sea, ninguna canción puede aspirar a trascender si no nos habla, si no moviliza sentimientos que le den vía libre a nuestra sensibilidad. Ese es el triunfo de «Maldito dólar», el motivo que la grabó a fuego en la sonoridad del país a finales del año pasado y que impulsó a la gente a llevar a Bucle Lunar a un nuevo nivel de reconocimiento.
La gente se despide
La acción terminó poco después de las 11. Las luces de la Sala 3 se encendieron unos minutos después, disipando la oscuridad que nos había envuelto. El cúmulo de personas se desvaneció a la par, cada una empezando a ejecutar su estrategia para salir y continuar su noche en otro lugar.
No demoré en acercarme a la barra y reclamar la segunda bebida que había pagado hace unos minutos. Era una buena manera de terminar la noche y refrescarme un poco antes de emprender el viaje a casa. No había discutido con Víctor la posibilidad de hacer algo adicional, y aunque yo no rechazaba de plano la idea, podía sentir la presión de mis finanzas sobre mi voluntad. Mejor no inventar.
En los pasillos del Concresa vimos caras que no se confundieron tanto entre la gente, compartiendo impresiones y también gestionando sus rutas de escape hacia futuros inciertos. Hubo quienes buscaban acomodarse en algún pasillo o esquina para dejarse encontrar por la luz del amanecer. También nos cruzamos con algunos miembros de Van Der Dijs y Bucle Lunar, quienes hablaban entre sí y con algunos asistentes como cualquier grupo de panas.
Día siguiente
Al salir ya era domingo. Algunas personas esperaban el viaje que los acercaría a sus casas o a la siguiente gran aventura. Yo sabía bien que era el fin de mi jornada, pero no necesitaba emociones distintas a las que había tenido hace un rato. Estaba feliz.
Una moto llevó a Víctor hacia el oeste de la ciudad. Antes de irse, me encargó la importante tarea de escanear las redes para pasarle fotos y videos, pues él no lo pensó dos veces y se sumergió de lleno en la experiencia. Le pregunté si necesariamente tenía que aparecer él, y me dijo que cualquier material le serviría.
Mi viaje no demoró mucho en llegar, incluso cuando el conductor venía en ruta desde Las Mercedes. Para la hora no había tráfico que le impidiese acelerar y llegar a Prados del Este en el tiempo que necesitaba. El auto tomó su rumbo luego de que me presentara y confirmara mi destino bajo las estrellas.
