Andy Durán

Andy Durán: El secreto para vivir con alegría es tener una ilusión

El veterano músico comparte cómo el entorno de su infancia definió su vocación artística y defiende que la curiosidad constante es el verdadero motor de la longevidad creativa. Para el maestro, el estudio profundo de los grandes referentes caribeños es un ejercicio de preservación cultural indispensable para las nuevas generaciones

Por Dalila Itriago

Todos tenemos una historia y Andy Durán, director de la orquesta Latin Big Band, no es la excepción. Cuando era niño, su papá era propietario de una tienda de deportes y un buen día decidió incluir la venta de LP en su negocio.

Este hecho, aparentemente irrelevante o cotidiano, forjó los sueños y la personalidad del maestro, quien hoy cuenta con más de 50 años de carrera artística y una discografía que supera los 20 álbumes:

“Yo nací en el año 1949 y desde niño escuchaba los discos de La Billo’s Caracas Boys y de Los Melódicos. En medio de mi inocencia veía que los adultos gozaban muchísimo con esa música. Así fue como empecé a tener interés en las canciones y en las melodías, sin imaginar que sería músico. En esa época me regalaron un disco de Tito Rodríguez. Recuerdo que en la carátula aparecía una orquesta preciosa y un señor elegantísimo. Yo me dije a mí mismo: “Quiero tener una orquesta así y verme como ese señor”.

Fue así como empezó a tocar de guataca, para luego ir a la escuela de música donde, por cierto, lo botaron “porque no servía pá eso”.

Posteriormente, la segunda vez que lo intentó, no se detuvo más y, prácticamente después de toda una vida dedicada a la música y al estudio de los arreglos del cubano Dámaso Pérez Prado, este domingo 21 de junio, a las 11:30 de la mañana, presentará en la Sala de Conciertos del Centro Cultural de Arte Moderno de La Castellana el espectáculo Mamborama, donde reproducirá los arreglos originales del compositor.

A propósito de esta cita musical, enmarcada en el Día del Padre, pudimos conversar con el maestro, quien se reunió con los periodistas días antes del evento cultural. Fue allí cuando nos explicó con detalle el germen de su interés y su pasión por el músico cubano: “Siempre me gustó la personalidad de Pérez Prado. Él era diferente, extravagante. De niño yo me iba los domingos al cine México, que quedaba en la avenida Sucre de Catia, para ver sus películas. También recuerdo que el programa de Miguel Toro cerraba el año con su música: con una cuenta, un conteo, un grito. Eso era para mí algo fascinante.

Dámaso Pérez Prado es para la música lo que Dalí es para la pintura. Un ser diferente a todo. No hay nadie que se le parezca. Y el mambo, aunque muchos lo desconozcan, antecedió a la salsa. Esta tiene como precedente al son montuno, un ritmo cubano que fue mejorado con los sonidos de Nueva York”.

“¿Qué es el mambo y cuál es su importancia?”, leemos en la nota de prensa que nos envían desde el Centro Cultural de Arte Moderno; y la respuesta sucinta es que se trata de un género musical y dancístico que nació en Cuba a finales de la década de 1930, que evolucionó directamente del danzón y del son: “Su importancia radica en que revolucionó la música tropical al fusionar las síncopas y la fuerza del jazz estadounidense con la riqueza rítmica de los tambores de raíz africana”.

Se comprende como un género que rompió con las estructuras rígidas del baile de salón de la época, convirtiéndose en el primer gran fenómeno de masas salido del Caribe.

El maestro Durán reveló que para diseñar este concierto tuvo que buscar los instrumentos adecuados y revisar alrededor de 100 temas para luego escoger un repertorio de 20.

“Fue difícil”, admite. Y confiesa que nunca antes, a pesar de su deseo y su empeño, estuvo preparado para ejecutar las composiciones y arreglos de Pérez Prado. Hoy asegura sentirse realizado tocando esa música, como si fuera para una fiesta:

“Hace cosa de diez años se me ocurrió hacer un concierto de Dámaso Pérez Prado y comencé a hacer los arreglos. Luego llegó la pandemia y todo sufrió un frenazo. Pasó el tiempo, pero ya en el año 2025 me propuse hacer algo spectacular, algo especial. De un tiempo a esta parte nuestra orquesta se ha convertido en un museo viviente, un centro de investigación y un centro de estudios a la vez; por eso es que no somos una orquesta masiva o popular, sino más bien una orquesta de arte”.

Asevera que cuando hacen una presentation, tiene que ser bajo un concepto. En este caso el espíritu los guía a presentar la música de Pérez Prado, quien dejó un legado y constituye un ícono mundial, más allá de su fama regional.

Más de 150 películas tienen su música. Eso significa —en sus palabras— que estamos hablando de algo trascendente y la investigación que hicieron representa una documentación valiosísima.

“Para mí, lo más ambicioso fue tratar de comprender lo que está presente en su música. Esas extravagancias. Visitar la mente del artista y acercarme a su psicología, comprender su filosofía. En su música se silba, se hace ruido, hay gritos de toda naturaleza. Eso no existía en ninguna otra orquesta antes que él.

Tan es así que, en el año 1951, cuando llegó a México, él escribió un mambo que tituló “José”, para la película Al son del mambo. Los acordes eran disonantes. Diríamos que para la época eso era algo muy fumado.

Entonces le pidieron que compusiera otro y es ahí cuando compone el famoso ‘Mambo No. 5’”.

Cree el maestro Durán que ninguno de los que estén presentes en la sala habrá escuchado eso en vivo. Un género que, a su juicio, nunca pasará de moda porque “las cosas históricas y clásicas son para toda la vida”.

Entre el repertorio seleccionado está “Patricia”, “Cerezo Rosa”, el “Mambo No. 5” y “El vuelo del avispón”, entre otros.

Es un concierto donde el maestro tendrá que liderar a más de 20 músicos en escena. Músicos que, como él dice, tienen formación académica y vienen de un conservatorio.

Músicos que estudiaron lo básico, la teoría y el solfeo, para después seguir con la armonía, la composición, los arreglos… Como él, que estudió orquestación, dirección, ejecución de piano, de instrumentos y hasta vocalización.

“Yo con mi orquesta he cantado, he bailado, he silbado, he tocado, he escrito, he compuesto. He hecho de todo lo que se puede hacer en la música”, comenta risueño y feliz.

Andy Durán

—¿En qué consistió su investigación sobre la música del compositor cubano? 

—Lo primero fue familiarizarme con el estilo, los timbres y los colores de su orquesta, y la forma como fue escrito el arreglo orquestal y musical de sus temas. Quizás yo quise hacer esto 20 o 30 años atrás, pero no estaba preparado porque me ha tocado aprender y formarme en armonía, dirección musical, arreglos, entre otros. Tuve que repasar todos los ingredientes que conforman la música para poder ser un arreglista competente y así poder comprender la filosofía, los acordes, las armonías. Todo ese tipo de cosas tuve que hacerlas para poder llegar hasta aquí. Mientras fue pasando el tiempo, con el correr de los años, uno se vuelve más sabio, más inteligente y empieza a comprender que Pérez Prado es un genio y que yo no tenía que darle más vueltas a ese asunto. Sencillamente no me había dado cuenta. Ahora que lo sé puedo compartir el legado que él nos dejó y presentarlo en un concierto.

—Usted tiene 77 años de edad y cada día está creando arte, estudiando, investigando. ¿Qué lo hace tan enérgico y alegre? 

—Es muy fácil: el secreto es tener, permanentemente, una ilusión. Yo le digo a mis alumnos y a mis amigos, que pueden ser contemporáneos conmigo: “Mira, siempre hay tiempo para aprender un idioma. Por ejemplo, francés: “Je parle très bien le français”. Italiano, también podría ser: “¿Parlare in italiano?”. Ellos me preguntan: “¿Y no estás demasiado viejo pá la gracia?”. No, no señor, les respondo. Se puede aprender cocina, se puede aprender algún idioma… siempre hay algo para aprender. Y yo tengo mi ilusión. ¿Cuál es? La música. Cuando tú adoras eso y lo sientes así es como si tú te estuvieras tomando un alimento vitamínico todos los días. Tener la ilusión de la vida es, para mí, dar conciertos como estos y recibir el aplauso del público. Terminar mis conciertos con un aplauso de pie, que es algo que siempre nos ocurre, para mí es suficiente. Yo no necesito dinero, yo me conformo, solamente, con ese aplauso. Yo quiero que mi mamá, mis hermanos, mi familia y mi país sientan orgullo de mí y digan: “Él es venezolano, él es un orgullo de este país”.

—¿Cómo se puede disfrutar de un concierto en medio de un contexto país tan exigente y difícil? 

—La situación es muy difícil y se agravó un poco con la llegada de la pandemia. Por supuesto, muchos proyectos se pararon. Nosotros pasamos cerca de tres años antes de volver al teatro. Los problemas políticos y económicos también agravan la situación; por eso cuesta más hacer los conciertos. Sin embargo, yo hago el concierto, a riesgo de que me genere pérdida, con el único objetivo de mantener vivo mi proyecto y mi orquesta, que es la ilusión de mi vida. ¿Por qué es la ilusión de mi vida? Porque cuando mi papá me regaló ese disco de Tito Rodríguez, empecé a soñar y me dije: “Yo algún día tengo que ser un personaje como ese”. Ya lo he logrado y hoy puedo decir que tengo una orquesta que suena así, que puede emular eso e ir más allá. Yo puedo tocar a Tito completamente y también puedo decirle: “Tito, espérate un momentico que voy a tocar a Pérez Prado o voy a tocar a Aldemaro Romero”. La música, en síntesis, es la ilusión que permanentemente alimenta mi vida.

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