La siguiente reseña incluye comentarios sobre contenidos de la historia ―spoilers―, por lo que si no se la ha leído y se desea una experiencia integral al hacerlo, es recomendable no leerla. Análisis satírico sobre el mito de Tolstói: desmitifica Guerra y paz, cuestiona su carga moral y reivindica la obra ambientada en el Cáucaso
Por Fernando Villamizar
El mejor consejo que puede dársele a alguien, sea profesor, estudiante, vendedor de caramelos en el autobús o doctor en humanidades, es decir que Guerra y paz es la mejor novela de Tolstói. Que no se preocupe si se instala un diálogo donde se evidencie que no la leyó, porque su interlocutor, que asentirá de forma aprobatoria coincidiendo enfáticamente, tampoco lo hizo. Este protocolo intelectual no es secundario, y diríase que se trata de algo de necesidad, pues la voluminosa obra tolstoiana es digna de mención.
En las facultades de Comunicación de América sigue enseñándose, con educada precisión, que Truman Capote fue quien inventó el Nuevo Periodismo, corriente caracterizada por la instrumentación de la realidad para la elaboración documental de novelas. Conociendo la pasividad hispanoamericana, que llega a superar incluso al afamado ego argentino, no sería extraño que semejante atrocidad fuese enseñada en las universidades de Argentina, pese a que fue un natural de ese país, Rodolfo Walsh, quien inventó el género. Sin importar la calidad o longitud del trabajo de Walsh o Capote, es importante subrayar que ambos palidecen al lado de la obra de Tolstói, y que incluso Gallegos copió del ruso su trabajo de campo, al que indirectamente homenajea en su novela El forastero.
No es para menos, pues para escribir Guerra y paz Tolstói hizo indagaciones monumentales, que incluyeron series de entrevistas a participantes de las guerras napoleónicas. La honestidad del autor también permite tener un retrato muy realista de lo sucedido en Moscú, tema de sendos debates entre historiadores franceses y rusos, pero que el nunca laureado premio nobel describe como un accidente. Sin Guerra y paz no solo no se tendría la mejor novela de Vargas Llosa, La guerra del fin del mundo, sino tampoco Venezuela heroica, el divertido librito de Eduardo Blanco donde batallas de doscientos venezolanos sin uniforme parecen estar ocurriendo en Grecia.
A pesar de su enorme trabajo documental, Tolstói no deja de traicionar la calidad literaria y artística —como es su costumbre en casi todas sus novelas— al ser incapaz de resistir la tentación de meter la religión en el libro, cosa que hace desprovisto de la maestría literaria de su coterráneo Dostoievski. Mientras el oscuro autor de Crimen y castigo logra disimular el tema religioso para dejarlo a la comprensión del lector, Tolstói lo incorpora obscenamente en todas sus novelas, y la charada moral de Andréi y Pedro es una tortura literaria, a la altura de Levin en Anna Karénina o Ivanóvich en Resurrección.
La única de las novelas de Tolstói que respeta a sus encarecidos lectores es Los cosacos, una modesta obra de menos de trescientas páginas, pero que mantiene el compromiso de Tolstói con las indagaciones de campo para el desarrollo del trabajo. Sin pretensiones de discurrir filosóficamente sobre nada —cosa que a Tolstói se le daba fatal— ni tampoco dar al lector cucharadas de cristianismo ortodoxo, el autor permite al lector penetrar en los espacios naturales, culturales y políticos del Cáucaso ruso, que entonces se encontraba en proceso de anexión al Imperio, siendo en ese momento gobernado por kanatos que fundían la religión islámica, la cultura centroasiática y las culturas turca y árabe.
En una narrativa talentosa, Tolstói consigue que el lector se pierda en páginas con un brío estético excepcional, casi tan talentoso como el desarrollado por su epígono americano, Rómulo Gallegos. Lo único que la novela tendría de reprochable es que, tratándose de la única historia respetuosa de Tolstói, el autor haya sido tan cruel como para hacerla tan corta.
