Abaddón el exterminador

Abaddón el exterminador, un experimento fallido

La siguiente reseña incluye comentarios sobre contenidos de la historia ―spoilers―, por lo que si no se la ha leído y se desea una experiencia integral al hacerlo, es recomendable no leerla. Una novela caótica, pretenciosa e inarticulada. Sus ambiciones superaron la capacidad del autor, resultando en un experimento desordenado

Por Fernando Villamizar

Hay libros, como Ser y tiempo, Ulysses o Abaddón el exterminador, cuya reputación funciona por su aparente complejidad, de la que sus lectores echan mano para solapar su corta longitud genital. Mientras los dos primeros libros ya han sido sobradamente denunciados, en algunos casos con críticas dadas por autoridades como Nabokov o Virginia Woolf, el ecosistema hispano debe seguir tolerando a sofistas que defienden la obra de Sábato.

No es de extrañar, pues Sábato tenía la virtud de no contentarse con ser un viejito entrañable, sino de portar una sabiduría auténtica. Es recurrente que personas de edad sean vistas, por la mera estampa de sus arrugas, como representantes de una telúrica sabiduría arcana, y el venerable club de pepelievers que enfilaba detrás de José «Pepe» Mujica es de oportuna referencia, pues en él convivían los más extremistas representantes de la derecha y de la izquierda, apretaditos y contentos. Es relevante aclarar, sin embargo, que el hecho de que Sábato haya sido un señor informado, merecedor del adjetivo de «sabio», no le automatiza una patente de corso para los disparates.

Uno puede imaginarse a los lectores de Abaddón el exterminador en el año 74 haciendo una larga columna a las puertas de la editorial, con la misma fe que hoy los adolescentes le ponen a la nueva consola de videojuegos, esperando encontrarse dentro una historia cuanto menos tan apasionante como la de El túnel y Sobre héroes y tumbas, para sorprenderse en sus casas, a la luz de una lámpara, al comprobar el mamotreto que les regaló el escritor. Se trata de un tema serio, ya que Sábato hizo esperar a sus lectores más de veinte años entre novela y novela, y por mucho que el producto fuera justificadamente criticable, siempre será defendido por la vigilante elit presta a protegerlo a nombre del conocido eslogan «no lo entendiste», dicho normalmente previo al ajuste de una corbata y unos lentes muy intelectuales.

Abaddón el exterminador es un experimento cuyas ambiciones sobrepasaron las posibilidades, quizá no de la literatura ―como siempre nos lo recordarán Bernardo Núñes y Rulfo―, pero sí del autor. Forzando sus ideas, casi todas ellas tan indefinidas que ni su faceta ensayística consiguió nombrar, Sábato creó un emplasto donde el nihilismo, el anarquismo, la misantropía, la esperanza, las expectativas y los acontecimientos de su época conviven bajo el amparo de la caótica frase «eso era lo que el autor buscaba». Correcto: ojalá lo hubiera encontrado. Quizá Vargas Llosa, otro experto en hablar sin decir, haya incluido a esta como una «novela total», ese concepto entre poético y pretencioso que, muy a lo Sábato, nunca acaba de describir nada.

El desorden narrativo, si lo que anhelaba era participarle al lector las profundidades de los abismos contemporáneos, hicieron que la narrativa acabara convertida en una ensalada de frases y diálogos, algunos de ellos incluso venerables, como el del anarquismo o la famosa «renuncia a la humanidad». La mixtura entre ficción y realidad, otra elegante forma de comunicar algún concepto sabatiano, también tiene algún provecho experimental, pero quedando inacabada y pretenciosa se convierte en un mero huevo de pascua a la espera de que algún biógrafo, coleccionista de ideas o sublime profesor de literatura publique algo al respecto, cosa de la que no se puede ya culpar a Sábato, porque contando con ya 63 años al publicar esta novela ―en una época donde la esperanza de vida no era igual a la de hoy― era normal que aspirara a que escribieran sobre él.

Quizá el mejor consejo que pudiera habérsele dado a Sábato era que dejara de abordar temáticamente a la literatura, asunto para el que los escritores rusos que le sirvieron de inspiración eran bastante mejores. Si en vez de hacer una desordenada verborrea de capítulos hubiese madurado sus ensayos, buscando la sistematicidad incluso en el caos, hubiera tenido la oportunidad de explayar las ideas de Abaddón el exterminador sin hacer una novela enmarañada, inarticulada e inmerecidamente extensa.

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