Percusión y tomate Sol Linares

Percusión y tomate, una novela subestimada

Atención: La siguiente reseña incluye comentarios sobre contenidos de la historia ―spoilers―, por lo que si no se la ha leído y se desea una experiencia integral al hacerlo, es recomendable no leerla. Frente al reduccionismo ideológico del mercado editorial actual, la obra destaca por su genuina, brillante y libre literatura femenina.

Por Fernando Villamizar

Dados los debates actuales sobre la materia, resulta difícil distinguir una novela femenina de una novela feminista, y distinguir a ambas de una novela para feministas. El trágico retrato del penúltimo caso podría ofrecérnoslo Elfriede Jelinek y sus pasquines pretenciosos, mientras que el último podría ofrecérnoslo María Fernanda Ampuero o Gabriela Wiener.

Sin embargo, hay que decir que estas últimas, además de escribir «para feministas», también escriben para señores y señoras del primer mundo que, tras paladear morbosamente el sufrimiento tercermundista ―donde el machismo es solo un adobo para la delicatessen―, exclaman «¡pobres sudamericanos!» en un acto que patenta lo buenas personas que son. Los europeos deben chuparse los dedos golosamente tras pasar las páginas de Huaco retrato o Pelea de gallos, que son excelentes aditamentos en un siglo XXI donde, para desgracia de ellos, está prohibido exhibir negritos en jaulas de zoológico.

La alusión a Europa no es un asunto baladí: según el Ministerio de Cultura de España, este país publicó más de 53 mil libros para 2023. Eso es casi lo mismo que México, Argentina y Colombia ―los tres países que más publicaciones hacen en Hispanoamérica―, que juntos hacen poco más de 54 mil publicaciones, por lo que solo en España se publica casi la mitad de toda la producción cultural en lengua española, incluyendo, no hay duda de ello, la que tiene origen hispanoamericano. Si los hispanoamericanos son por naturaleza proclives a dejarse influir por países extranjeros, tanto más puede decirse de los españoles, que en la última década fueron quienes mayor acogida dieron a la interseccionalidad, el feminismo y las teorías queer, es decir, la chatarra reciclada desde universidades francesas, alemanas y estadounidenses.

Desde luego, el comportamiento editorial español recorrió el mismo camino que la sociedad, y los panfletitos como los ya mencionados poblaron las bibliotecas, no solo de España, sino también de Hispanoamérica y Europa, donde fueron traducidos a docenas de lenguas.

Si se tiene en cuenta el desastre que Ignacio Taibo ―otro español― está haciendo con el Fondo de Cultura Económica, el único reducto al que podía tenérsele fe en Hispanoamérica para motivar y promover nuestro patrimonio cultural, el panorama luce bastante gris. Las exigencias de publicación requieren el check de «aprobado», no por la calidad literaria, innovación artística o propuesta narrativa, sino por cuál es la temperatura en la que al escritor se le fundió el cerebro para ser de izquierdas, feminista y queer. Lo importante, todos lo sabemos, no es qué tiene uno dentro de la cabeza, sino cuál es el color de la peluca que se pone sobre ella.

Hace poco, Papel Literario decidió recompensar a Ángela Peraza con la publicación de un cuento llamado “Simples versos”, que ahí está para ser leído, y cuyo único mérito discurre al final del agónico recorrido de casi 2 mil palabras, más largo que la travesía que hará la protagonista del relato, en el que la reflexión culminante es que la mujer debe ser libre, etcétera, etcétera. El cuento es malo, pero responde a lo exigido hoy, que no se restringe a ser mujer, sino a escribir para feministas.

Por todo este largo excurso es que resulta importante destacar los libros que, sin ser feministas ni estar escritos para feministas, representan el papel de la mujer lícitamente, sin pretensiones, y que quizás por lo mismo han tenido la suerte de ser publicados antes de la actual oleada de feminismo, que podría declinarlos por no ser lo suficientemente enfáticos en el tema, pese a que nunca tuvieron la intención de participar de él.

No es una hipérbole describir a Percusión y tomate, de Sol Linares, como una de las mejores novelas publicadas en las dos últimas décadas, y la mejor parte es que su versatilidad, su irreverencia, su discurrir femenino y espontáneo no lo hacen con el propósito de satisfacer los apetitos editoriales de nadie. Fue, eso sí, loada con el Premio Alba, lo que, aunque parecería indexarla orbitalmente en el chavismo, en realidad debe ser evaluado con mayor rigor, dado que el jurado estuvo formado, entre otros, por Luis Britto García, a quien la necedad política no lo invalida como escritor. Es evidente que el libro cumple checks, pero estos son sutiles y sin importancia ―Octavia, la protagonista, subraya sus sentimientos de izquierda al inicio del libro―, e incluso si fueran demasiado pretenciosos podrían perdonarse, siempre que no restaran calidad conceptual a la historia.

La novela es fresca, madura, divertida y ―sobre todo― femenina. Sol Linares llegó a decir en alguna entrevista que el feminismo, como el machismo, sería superado en algún momento de la historia, o sería innecesario una vez cristalizada la igualdad. Por semejantes declaraciones, hoy en día podría ser crucificada en redes sociales, especialmente si hubiera hipotecado su proyecto creativo a las pezuñas editoriales de la actualidad. La cancelación no se detendría sin importar no solo el compromiso «femenino» de la autora, sino también su calidad literaria, que emplea de una manera originalísima el realismo mágico. No es algo menor, pues Linares inventó, quizás sin saberlo, la mejor manera de usar este recurso tras García Márquez.

En general, toda la literatura de Sol Linares rebosa del mismo sentimiento, y si una escritora desea explorar las posibilidades femeninas de la narrativa, más allá del guion panfletario de siempre, podría consultar a fuentes como ella.

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