Líneas tardías: Desorden Público y sus instrucciones para después del desastre

Texto de Humberto Sánchez Amaya (@HumbertoSanchez) publicado previamente en Papel Literario

En mi casa siempre se ha hablado sobre el país. Mi infancia transcurrió entre conversaciones contra la corrupción, candidatos impresentables, promesas incumplidas y peligro en las calles.

Sabía que algo andaba mal, pero eso era menester de otros. Yo seguía la vida de un niño clase media que estudiaba en colegio privado, con comida caliente de la abuela y cine los fines de semana.

Durante unas vacaciones, mientras desayunaba, en la televisión transmitían A puerta cerrada, ese programa de RCTV que conducía Marietta Santana. En pantalla vi a unos músicos que empezaron a tocar una canción en la que pedían que los políticos fueran paralíticos, pues así no iban a poder salir corriendo con los reales robados: una solución a lo que tanto se quejaban los grandes en casa.

El nombre de la banda era aún más sorprendente. Andaban por la vida presentándose como Desorden Público y tocaban un ritmo pegajoso, agradable, que muchos años después aprendí que se llamaba ska.

Pasaron los años y ellos volvieron a mí gracias a la radio. Al cumplir los 11 años de edad, la música dejó de encontrarme por casualidad y fui yo quien empezó a buscarla. En 1997  se hizo viral en radio y televisión “Allá cayó”. Compré el casete de Plomo revienta en la desaparecida Disco Center del Concresa y así se formalizó la relación con la agrupación liderada por Horacio Blanco.

Empecé a leer las letras pequeñas de la producción y descubrí que el baterista se llama Danel Sarmiento, el bajista Caplís, el percusionista Oscarello. También así me aprendí los nombres de otros integrantes que años después dejaron el proyecto.

En el camino aparecieron otros grupos, que por momentos me alejaron de Desorden, pero la atención volvía a ellos cada vez que publicaban un álbum. Diablo (2000), En vivo en el Teresa Carreño (2004), Estrellas del caos (2007) y Los contrarios (2011) son algunas de las producciones en las recientes dos décadas.

Mucho también se ha dicho de ellos, especialmente en la vorágine chavista. Varios cuestionaron lo que consideraron ambigüedad política durante algunos años, otros también le perdieron la pista a los discos nuevos para conformarse nada más con las viejas canciones.

Sin embargo, más allá de posturas y declaraciones altisonantes, o descuidos que son consecuencia de la crisis del disco como formato, Desorden Público no ha omitido su entorno en la obra. Son grandes temas “Política criminal”, “Hipnosis”, “Llora por un dólar”, “Los contrarios”, “Dispersos”. Además, en vivo siempre demuestra ser una banda arrolladora, que saca a relucir muy bien los 31 años de existencia.

Su más reciente álbum: Bailando sobre las ruinas (2016), sigue la línea que se espera de la banda. Es una grabación, amena, directa, jocosa y reflexiva sobre el ideario y la crisis actual. Ya en el 2014 dieron un adelanto cuando en el Suena Caracas tocaron “Todo está muy normal”, que incomodó a tantos de los presentes en la plaza Diego Ibarra.

La primera canción, “Bailando sobre las ruinas”, es un llamado a la reconstrucción después de tanta artillería de ambos bandos en un país polarizado, es además la certeza de un cambio. Tal vez a algunos les disguste que al final del tema Horacio Blanco deje de ser narrador para dar cabida a unos coros consejeros: “Conviértete en el cambio que tú aspiras”.

Sigue “Los zombies están de moda”, la contraparte de los esqueletos alegres de Canto popular de la vida y muerte. En esta ocasión el cantante cuenta sobre autómatas que deambulan sin mayores objetivos y pensamientos.

“A mí me gusta el desorden” recuerda desde sus primeros segundos a “Hay cosquillas que no dan risa”. Prescindible por lo reiterativa, sin lugar a otras interpretaciones. Canción que evoca el jolgorio, hecha exclusivamente para la interacción con el público en conciertos.

Esla misma intención de “Ska mundo ska”, aunque con letra y música con mayor atractivo. Es la oda al género que desde sus comienzos le encanta hacer a la banda, al estilo de “Esto es ska”. En esta ocasión tienen como invitados a Hana Kobayashi y la Tokyo Ska Paradise Orchestra.

“Se soltó la bestia”, es en apariencia inocente, pero con una lectura interesante acompañada con unos riff de guitarras que se alejan del ska para acercarse un poco al rock. Trata de un ser enfurecido que quiere atrapar a aquellos que tienen deudas pendientes.

Continúa “La temperatura”, versión bien lograda de la pieza de The Lebrón Brothers, que demuestra además una de las características de la primera mitad de Bailando sobre las ruinas, canciones con frases cortas y repetitivas. Por eso, “La temperatura” contrasta gracias a una historia con mayores detalles en su desarrollo, al igual que “Los que se quedan, los que se van”, el reggae dedicado a la emigración venezolana de los años recientes en el que incluso se enumeran situaciones de fácil identificación para quienes se conecten con la composición.

Ya Horacio Blanco entonces empieza a explayarse más. “Cementerio e’ mis amores” una fusión de ska y tambores sobre las mujeres de una vida cantada por aquel que desde la vejez recuerda los años de casanova. Hija de las aventuras de la banda con C4 Trío, la Movida Acústica Urbana y las canciones navideñas.

La versión de “Estoy buscando algo en el Caribe” es innecesaria aunque se entienda la intención de incluirla como subrayado del discurso de encontrar paz en medio de todo. No supera a la original, grabada en el disco En descomposición (1990). “Es ist kal in Berlin”, cantada en alemán, calmada y misteriosa. Nada mal.

Continua la mejor de la producción: “Todo está muy normal”, que resume lo que es Desorden Público, su sonido característico, el sarcasmo del cantante y las letras atinadas. Además, tuvieron la malicia de agregar el audio de Nicolás Maduro cuando se refirió a la agrupación, a la que instó a seguir cantando contra la corrupción con su “rock pesado”, como ocurrió en el Suena Caracas de 2014.

El disco concluye con “Mano poderosa”, figura presentada como símbolo de trabajo y esfuerzo para labrar buen futuro y dejar legado. Citan ejemplos como Carlos Zerpa, Rafael Cadenas, José Ignacio Cabrujas, Pepeto y ellos mismos como músicos.

No es un cierre contundente, pero es clara la intención que los músicos tienen en este disco. Los músicos buscan dejar un mensaje no sólo de esperanza, sino también resaltar aquello que es legado. Un disco más aleccionador incluso que Los contrarios, que en 2011 llamaba al encuentro.

Esta vez el mensaje está dirigido a la construcción después del derrumbe. Lo transmiten a través de un buen disco que a pesar de sus excepciones, sostiene lo más característico de la agrupación tanto en la letra como la música compuesta por Horacio Blanco. No supera a sus producciones clásicas, ni a trabajos más recientes como Los contrarios, pero no está nada mal.

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