Victoria de Stefano: “Despierto tarde para que el sufrimiento sea corto”

El Miope. Texto de Humberto Sánchez Amaya (@HumbertoSanchez) publicado previamente en El Nacional

Apenas abre la puerta, da muestras de su estado de ánimo. “¡Qué día el de ayer!”, dice Victoria de Stefano, azarosa, afectada. Se nota que no pasó una buena noche, con pensamientos que no escapan de la pesadumbre y la indignación.

Añora las tertulias con Salvador Garmendia, quien fue su vecino y solía visitarla. “Esos años fueron de una gran felicidad. Trabajaba toda la mañana y pasaba por acá. También iba a casa de Rodolfo Izaguirre”.

—Recientemente también se publicaron sus diarios, escritos entre 1988 y 1989, y esta novela fue editada en 1993. Tiempos duros para el país. 

—Sí, pero piensa también que pudo haber sido empezada mucho antes. Personas jóvenes han leído los diarios y los sienten muy actuales. Lo mismo pasó con el corrector. Cuando les pregunté si no estaba muy viejo, me contestaron que no, que da la impresión de que hay una conexión.

—¿En qué aspectos se siente una mayor conexión?

—Está el tema del Caracazo, un hito en la historia del país, la crisis de los partidos y esa opinión generalizada en contra de esas instituciones. Eso está de fondo. También habla de la caída del Muro de Berlín, algo impresionante para los de mi generación. Eso fue para todo el mundo una ilusión. Existía una especie de sensación, cuando  empezó la perestroika, de que lo que ocurría en la Unión Soviética, las invasiones a otros países, los muertos, todo eso horrible, era una cosa de ellos, no de nosotros. Por eso tanta gente se entusiasmó con la Revolución cubana, pensaron que era otra cosa. Resulta que es todo lo mismo.

—¿Cómo encuentra tranquilidad en estos momentos?

—Me cuesta mucho. Nos hemos empobrecido demasiado. Me cuesta trasladarme, no tengo carro. Tomé esa decisión porque pensé que era relativamente sabia. Ahora los carros salen extremadamente caros y yo tenía uno que estaba en vías de envejecer al igual que su propietaria. Trato de despertarme más tarde para que el sufrimiento sea más corto. No quiero que el día se haga tan largo.

—Es muy fuerte lo que dice.

—Sí, pero es que son demasiadas cosas. Ahora estoy sola. Vengo de una familia de diez hermanos. El sueño de mi vida siempre fue la soledad, el silencio. Fíjate ahora. Esta mañana me acordé de que cuando Ezra Pound salió del manicomio fue entrevistado por Pasolini. Dijo que durante setenta años fue de piedra como la juventud. Cuando leí eso me impresionó mucho. De cierta manera, hasta hace tres años, no es que era de piedra, pero soportaba mejor las cosas.

—¿Y eso ha afectado su disciplina como escritora?

—No. Tengo la disciplina desde hace años. Recuerda que fui profesora durante muchos años. Tuve hijos y también crié a mis nietos. Tuve cargas pesadas académicas y tenía que organizar mi tiempo.

—Pero la disciplina puede ser doblegada por el contexto.

—Claro, estoy jubilada. En los primeros años de mi jubilación escribía mucho. No es que ahora lea o escriba menos, pero me distraigo más. De repente estoy en la computadora y veo una noticia.

—¿Sería fácil dar clases en estos momentos y hablar de futuro?

—No. Si tuviera que dar clases en este momento, me pondría mi armadura. Hay ciertas cosas también de las que no se les habla a los jóvenes (risas).

—¿Por ejemplo?

—Desengaños, decepciones. No los agobiaría, como no lo he hecho con mis hijos nunca.

—¿Cuántos hijos tiene?

—Dos, ya son adultos. Los tuve joven. Un hecho que, además de trabajar, hace que las mujeres le salgan adelante al tiempo.

—¿Han tenido los escritores responsabilidad en el devenir del país?

—¡Qué pregunta, querido amigo! En cierta medida todos hemos tenido responsabilidad. Al principio, yo estaba convencida de que esto era terrible, pero nunca imaginé que íbamos a llegar tan lejos. Yo no era una persona inexperta, ni siquiera en lo político, porque siempre he tenido un gran interés en la historia. Estudié filosofía, la teoría social. No vengo solo de la literatura. Tengo un universo más amplio. Me encantaba leer sobre la Revolución francesa, los movimientos nacionalistas, lo que ocurrió en los siglos XVIII, XIX y XX, el papel que tuvieron los escritores. Todo el país es responsable. Claro, unos más que otros.

—¿Se enteró de la controversia que causó el reciente artículo de Luis Alberto Crespo?

—Eso se cae por sí solo. Ningún comentario.

—¿Fue amiga de él?

—Tenemos amigos en común.

—¿Sigue siendo la lectura el mejor refugio?

—Sí, pero con un inconveniente: están muy caros los libros.

—¿Cuánto se fortalece la amistad en estos tiempos?

—Mucho. Hay solidaridad, la gente lo ayuda a uno. Tengo amigas de toda la vida que me vienen a buscar para comprar comida. Tengo viejos alumnos con los que mantengo amistad. Pero hay días que se hacen muy fuertes. Ayer en la tarde solo quería dormir. Llegué a pensar que ni siquiera tengo un vicio.


El vigor de otros

A Victoria de Stefano suelen llamarla para preguntarle qué pasará en el país. Ella asegura que no tiene respuesta. “Hace unos días leí a Gottfried Benn, un poeta alemán que estuvo en el Ejército alemán, pero que no era fascista. Tuvo alguna simpatía, pero luego no. Vi todo lo que contó del sufrimiento de su país. El nuestro todavía no es tan grande, pero podemos llegar a eso”.

¿Y qué le falta por hacer? “Terminar mi vida. Estoy escribiendo también una novela, como todas las mías, sobre las relaciones de los seres humanos. Empecé a leer El amor es más frío que la muerte de Ednodio Quintero, que acaba de salir en España. Él es más joven que yo, pero siento el vigor de ciertas personas adultas. Eso me ayuda a tener ganas de seguir. Recientemente, Elisa Lerner publicó La señorita que amaba por teléfono. Eso es admirable”.

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