Hace unos meses leí un tuit que hablaba sobre la melancolía en Venezuela y Simón Díaz. Para ser más precisos, las líneas decían: “Curioso que, para ser un país que se jacta de su jovialidad y alegría, su músico más emblemático sea un alma tan melancólica. Creo que los venezolanos no somos alegres por amar la alegría, sino por temer la melancolía. Esa es nuestra sombra”. Luego, el usuario Malandro Retro compartió la canción “Tonada del cabestrero”, ese tema que te dibuja ese momento extraño de la madrugada en el que la noche ya no es noche y la mañana es apenas futuro. La esperanza en la penumbra.
La luna busca la sombra / Y no la puede encontrar / Porque la sombra se esconde / Detrás de la madrugá
Si bien la afirmación se presta a la discusión, yo hoy decido que tiene toda la razón. Simón Díaz se adelantaba a la pérdida cuando decidió componer y grabar tonadas. Temía que esta tradición desapareciera por la llegada de la tecnificación. ¿Entonces quién le iba a cantar a la vaca? Una máquina, imposible. Decidió cantar sobre lo que entonces no se había ido, pero estaba por desvanecerse. Imagino cómo surgieron esas canciones, con la vivencia de entonces; un diario cantado sobre un lugar que inspiró tanto a un artista que te puede hacer querer el llano así no lo conozcas. Ahí está una de las fortalezas de su obra: querer y extrañar lo que no conoces.
Ahora, meses después, ese tuit que resuena más en mi mente vuelve con fuerza para demostrar su vigencia. No pocas publicaciones que he visto después de los terremotos del 24 de junio, ese día que todo cambió, están acompañadas de algún extracto de canciones como “Tonada de luna llena”, “Tonada del cabestrero” e incluso “Tonada por ella”, de Rawayana, así como para que quede claro que el hilo conductor no se termina.

Y entiendes las razones. Es la alusión que va más allá de un sonido familiar y que nos suena a hogar, a una tarde tranquila con café y acemita, a programa de música de sábado en la noche. Va más allá de eso. Es una búsqueda de la seguridad, de una raíz que sabemos que está ahí y que queremos que sea más que tronco y nos sostenga en medio de toda la tragedia.
Lo reciente es un abismo que detona cualquier pensamiento y perspectiva. En mi caso, me ha costado hasta escuchar música y ver alguna película. Apenas, mientras escribo estas líneas, escucho el disco Tonadas, así como para confirmar esta convicción. Y no es que la obra de Simón solo sea eso, es mucho más, pero esta parada es clave.
Al final, las convicciones también pueden tambalearse; los principios y el amor, no. Y pienso que esa melancolía de la que huimos tiene que ver con la poca certeza de poder afianzarnos entre tantos vaivenes. Las repúblicas no logradas, la modernidad tardía del siglo XX, los vaivenes electorales, las tragedias, la migración masiva, el Darién.
Escucho en los medios hablar de volver a la normalidad. ¿Y qué es la normalidad para nuestras generaciones? Si la vida es un constante castillo de naipes, el nuestro ha estado en constante vendaval. Años como 1999, 2002, 2007, 2014, 2017, 2019, 2020, 2024 y ahora 2026 son de ventarrones con distintas intensidades. La nueva normalidad de la que se hablaba en pandemia aplicaba para otros husos horarios.
No esquivo. Comprendo la alusión a la rutina y la apoyo. Recuerdo a un empleado de una panadería que el jueves 25 dijo, para que todos escucháramos mientras hacíamos la cola por la canilla: “Hemos vuelto a nacer”. Y eso hay que honrarlo, a pesar de la melancolía. No sabemos cómo terminará esto, pero hay un país que nos llama. Recuerdo entonces las manos de los voluntarios en la UCV retratadas por el fotógrafo Gerardo Milano. “El lado B de la catástrofe”, describió en su carrusel de Instagram.

Si bien el ejemplo de la tonada de Simón viene al caso por su lectura sobre una sociedad, también se trata de esa capacidad de remembranza al camino recorrido y a la pasión experimentada, para luego, conjugado con el don creador que da la semejanza, generar obra que trascienda en cualquier ámbito. Porque la tragedia nos ha mostrado que responder por el otro va mucho más allá de las definiciones que tenemos de nosotros durante la cotidianidad. Incluso, en esa introspección ha habido cuestionamientos sobre nuestras decisiones de oficio, pero es injusto. Al final, en el engranaje de nuestra humanidad nada es por azar. No existen las casualidades; solo hay que comprender la respuesta, no sin antes buscarla.
Y volvemos a Simón Díaz y su preocupación de qué pasaría con esas canciones. Entonces, recordamos la necesidad del contacto, de estar ahí para y por el otro, de afianzarnos también en lo que somos y hemos demostrado en cada desafío. El canto, además, como expresión máxima de un recurso común hecho estética. Es lo que también vemos en estos días de Mundial de Fútbol: en el abrazo que viene después del gol, ese abrazo que también consuela en la derrota. Porque la cancha también es metáfora de la vida, entre lo que consideramos justo y lo que nos parece injusto. Celebrar por un gol sin saber si más adelante recibirás dos en contra.
Mientras tanto, que estas palabras sean tan solo registro de pensamientos diversos, de momentos en los que cuesta el foco, a pesar de que se sepa qué es lo correcto.
Honremos a todos.
La esperanza en el sentido.
Sigamos ayudando.
Dios nos cuide.

