La siguiente reseña incluye comentarios sobre contenidos de la historia ―spoilers―, por lo que si no se la ha leído y se desea una experiencia integral al hacerlo, es recomendable no leerla. Un análisis crítico que expone la rigidez estructural de la obra, sus vacíos narrativos y la conveniente psicología de sus personajes
Por Fernando Villamizar
De todas las novelas mediocres escritas en el siglo pasado, Doña Bárbara es, sin lugar a dudas, una de las mejores. La obra forma parte de la familia de historias idealistas desarrolladas por Gallegos, donde también se podrían incluir a sus novelas juveniles, escritas todas en los años 20, y a Canaima, que ya forma parte de un grupo de obras más maduras iniciadas tras la publicación de Cantaclaro, la mejor de sus novelas.
Doña Bárbara es una narración escrita partiendo de premisas positivistas, lo que la indexó en la lista de narrativas más amadas por analizadores, historiadores y sociólogos que por los lectores comunes. La crítica suele privilegiar en calidad la historia de Santos Luzardo sobre las demás, a las que pueden motejar de esteticistas o simples, pues prefieren examinar partiendo de premisas más filosóficas que literarias, particularmente cuando estas lubrican el análisis enfocándolo a las facilidades de su tiempo: naturaleza contra urbanidad, salvajismo contra civilización, campo contra progreso. Por eso, y enfurruñados tras sus complejos análisis antropológicos, los entomólogos de la literatura consiguieron, a fuerza de la publicación de pasquines, que hubiera estatuas no solo de la dueña de El Miedo, sino también de su hija, Marisela, en el estado Apure.
Si tomamos en cuenta toda la bibliografía existente sobre la novela, desmenuzar a Doña Bárbara ―cuya popularidad llevó a que la llamaran el Quijote de América― no parece difícil, y el detalle de sus carencias narrativas y mediocridad literaria tampoco precisa demasiada pesquisa, al menos para quien aspire a no ser subestimado como lector. Gallegos, el mismo autor de la novela, reconoció tangencialmente este hecho cuando declaró preferir a Cantaclaro que a Doña Bárbara, y con toda la razón del mundo, pues la epopeya de Florentino no es meramente superior, sino fundamental para entender el sendero de la narrativa hispánica del siglo XX, cosa poco conocida por el gran público gracias a que a ningún erudito se le ha ocurrido decirlo.
Doña Bárbara sería una novela memorable de no ser por la obscena instrumentación de los personajes, que los fuerza a ser previsibles y que intitularía mejor a la historia como El deus es machina de Santos Luzardo. La antagonista, conocida por su indómita tenacidad y su facilidad para engañar hombres, se enamora inmediatamente de un aún imberbe Luzardo ―que apenas llegaba de la ciudad y se curtía de los menesteres llaneros― porque así lo necesitaba la historia. El tránsito de la novela exige que Doña Bárbara quiera deshacerse de Melquíades y Balbino, y ambos aceptan pasivamente su rol. Y si uno pensaría que una novela cuya obediencia a su autor, tan dócil que atropella a quien la lee, sería tan diligente como para no cometer errores narrativos, está equivocado, y cualquiera puede consultar errores narrativos tales como el que los mondragones estén moviendo un rancho por órdenes de Doña Bárbara en una escena, para que luego esta orden sea impartida mucho después, como si no hubiera sucedido antes.
La memorable mediocridad de Peñalete y Mujiquita, tan oportunamente favorable a los designios de Doña Bárbara, es también conveniente a los efectos de otro suceso exigido por la historia: forzar encuentros entre la antagonista y Luzardo, en cada uno de los cuales Doña Bárbara se prende más del protagonista. Gallegos olvida la profunda psicología femenina que él mismo logró en La trepadora, donde la protagonista, aun aceptando su papel femenil ya por el final, pasa por un periodo de intermitencia en la que es un personaje con carácter, fuerza y tozudez, no haciéndose pasiva sin una explicación. En Doña Bárbara, en cambio, Marisela debe volverse femenina ―pese a ser tenaz y valiente como su madre, no obstante carecer de su historia traumática― y se vuelve la fiel cachorra de Luzardo.
Doña Bárbara canta al triunfo de la civilización, la feminidad y la masculinidad decididamente ponderadas y la buena moral; pero, sobre todo, canta al triunfo del propósito selectamente diseñado por el autor a cada personaje, que «debe» ser así y «debe» concluir así. Por ello Doña Bárbara, que recién había mandado a asesinar a dos de sus servidores sin ningún escrúpulo ni remordimientos, acepta como una epifanía que debe irse pasivamente, dejando a su hija y Luzardo ser felices. La novela hubiera podido concluir con una postal en Altamira donde, además de Luzardo, Marisela y la peonada, se contara con la presencia de Winnie Pooh y Bambi.
Con todo, Doña Bárbara cierra un ciclo importante en la trayectoria de Gallegos; el autor de novelas geniales, como Pobre negro o Sobre la misma tierra, no podía alcanzar semejante grado de brillantez sin haber escrito, previamente, unas cuantas novelas de baja calidad. Canaima, publicada ya entrados los años 30, fue un mero traspié en la ruta hacia su calidad, pero de ello se hablará en otro momento.
