En el siglo XXI, el ballet es una de las pocas artes que han logrado mantenerse en pie ante la decadencia de la creatividad y la belleza. Sumado a su espectáculo visual, esta rama de la danza sirve como un método de autoconquista para el bailarín y de recuerdo al espectador sobre el cuerpo, caído en el olvido ante la pereza del intelectual moderno y del daño de la mediocridad sistémica
Por Alexander De Rovello
A más de ser una de las artes más embriagantes en cuanto a estética, el ballet, con sus decorados cargados y vestimentas feéricas, es un retorno a la danza sagrada. Esas formaciones perfectas que las bailarinas etéreas en grupo forman son una revelación de las formas invisibles, bien que imposible resulta negar que el ballet en el siglo XXI no es más que un arte visto como “débil”, “melifluo” y “desfasado”; un mero entretenimiento de corte devenido en entretenimiento para el pópulo.
Hay algo de verdad en esto; pero el ballet da a la mujer la oportunidad de revelar su fuerza interior, su “animus”, su alma varonil, y al hombre su delicadeza, “su ánima”, su alma femenil.
Esto no es una inversión de roles, es una revelación del alma, como en los poemas de San Juan de la Cruz, que en su altísimo erotismo es el santo la mujer a la espera de la unión, del amor desenfrenado con el amado, de la divinización a través del amor.
El ballet implica una ascesis como todo artificio, pero la danza en particular nos retrotrae a la victoria del cuerpo sobre la mente, a la victoria primitiva sobre la razón.
Se actúa, se baila intensamente, se relata constantemente la tragedia de la muerte por amor, ese fatal fin que los intensos amantes para vivir necesitan.
Un cuento de hadas con un ballet es tan compatible puesto que sirven entrambos de puente hacia el mito. Mientras el cuento de hadas remonta a historias de más que posible origen indoeuropeo, es el ballet el volver a la fuerza del cuerpo en los tiempos donde no existía ni bien ni mal, solo el humano vuelto rey de la creación. No sería folía pensar que primero fue la danza que la lengua.
Gracias a Nureyev y sus coreografías, que dan un mayor papel al hombre —antes solo un soporte para la bailarina—, se obtuvo un balance entre el ballet “primitivo” (pues las cortes tenían prohibida la participación femenina, dado que el ballet era un acto de demostración de las destrezas masculinas) y el ballet moderno, que en cambio es una exaltación de la belleza femenina, la belleza que pervive a cualquier envejecimiento o cualquier muerte.
Maurice Béjart dio a este arte un aire de sacralidad perdido; con su “Bhakti”, la luz de Oriente se encuentra con la danza occidental en una coreografía de misterio, erotismo y éxtasis; también en el Martirio de San Sebastián, escrito por Gabriele D’Annunzio con música de Claude Debussy, dio Béjart un aporte en 1986 para el homenaje al compositor francés en el Teatro alla Scala, con una nueva coreografía que podría parecer extraña o hasta paródica y, sin embargo, va de consuno con la atmósfera que la obra estrenada originalmente en 1911 crea.
Junto a ello hay que mencionar la conquista de sí que implica el ballet comparándolo con las otras artes: los poetas, hoy, son activistas sociales; los escritores, hoy, malos psicólogos; los pintores, hoy, derrotistas ante las nuevas tecnologías; los actores, ahora, son peores actores que antes y siguen con las mismas consecuencias que la actuación conlleva; pero las bailarinas, más que los hombres, por ese parado en las puntas de los pies, otorgándole un talante espectral, son la espiritualización de la carne, perdida por el humano moderno.
Podríase decir que el ballet actual bajó la pasión en la actuación, la potencia y la capacidad técnica… Pero aún mantiene ese carácter místico en el que las palabras sobran y solo el cuerpo comunica sus recuerdos al espectador: recuerdos de su sangre, recuerdos de su antaña libertad.
Las bailarinas en puntas, vueltas dando, son el Sol al mediodía en la noche de nuestro tiempo.
