Cúsica Fest, reencuentro con el sosiego

El Miope. Por Humberto Sánchez Amaya

Día 1

“Si La Vida Bohème toca “El Zar”, grabas un video y me lo envías”, escribe Isbel desde Argentina. Yaneth, desde Santa Mónica, pide lo mismo, pero ella quiere escuchar “Lejos”.

El Cúsica Fest es un reencuentro, tanto con el viejo amigo, como con el amago de sosiego que muchos han perdido, y del que otros solo han escuchado como quien se entera de un mito. 

Los organizadores acondicionaron un terreno baldío de la vía que conecta El Hatillo con La Unión. Ahí emulan un espacio inspirado en festivales como Lollapalooza. Venta de comidas, ropa, grama artificial para quienes deseen sentarse. Al fondo, está la tarima.

No vi a Gran Radio Riviera. Cuando entro, todavía toca La Fleur. No hay muchedumbre, pero quienes están, aplauden y algunos corean sus canciones. Claro, su música desde hace más de un año suena en radio. Fueron favoritos en el Festival Nuevas Bandas 2018. 

Vista de montaña, pero sol de playa. El mediodía parece eterno. La gente ve los precios de la comida y la bebida. Todo señalado en dólares, aunque se puede pagar al cambio en bolívares. Algunos todavía se sorprenden, pero no son pocos los que compran. Otros, llevan en el morral sus sanduches o la pasta .

Esa tarde hay otro protagonista: la puntualidad. Y así se mantiene  desde las 11:45 am durante la primera jornada. Tampoco hay caos para llegar, ni colas, ni conductores molestos. “Parece otro país”, comenta alguien que pasa cerca. En la entrada, un mural advierte: “Es en serio. Estamos en Caracas”.

Los viejos amigos se reencuentran, se abrazan. Victoria, que no pasa de los 25 años de edad, comenta que es su primer concierto. Ariany, de 23, dice que no ha visto en vivo a los grupos de ese día. 

Gran Radio Riviera, La Fleur y Andrés Mata siguen en el país. Son de los nuevos, y es común verlos por ahí. De las grandes, Tomates Fritos sigue en Venezuela, y apenas salen, los aplausos empiezan a ser más contundentes. La experiencia empieza a sentirse en el ambiente. Alguien grita: “Boston, estás más flaco”. Y cerca, otro coincide: “Sí, está más flaco”.

Ya hay más público frente a la tarima. Los que se mantenían distantes, se acercan a cantar. El sol sigue inclemente, pero quizá para los músicos es un gesto para hacerlos sentir en casa: Puerto La Cruz. 

Hay un breve problema de sonido. Un sintetizador satura, pero se resuelve. Boston Rex, el cantante, es dicharachero, como lo es también en Twitter.  Bromea cuando rememora menudencias de los conciertos de hace unos años. “Antes se lanzaba agua, pero ahora no. Muy cara, que si 6 dólares”. Exagera. Porque cuesta 0,5 dólares. Pero igual, es pertinente el comentario. Por un shawarma te piden 6 dólares y por una cerveza 2 dólares. 

Tomates Fritos sabe elegir repertorio, bien llevado al clímax, con canciones que en su mayoría pertenecen a los discos Hombre bala (2010) y Hotel Miramar (2012). 

Con Okills comienzan los regresos. Desde 2016 la banda radicada en México no tocaba en estos predios, de donde se fueron en 2015 con el elogiado América supersónica. Saben hacer buen show, se ganan inmediatamente la reciprocidad del público, quien sabe que al frente hay quienes regresan al lugar añorado. “No puedo creer que estoy en Caracas”, dice Alberto Arcas, una emoción genuina de quien cuenta agradecido que apenas llegaron al aeropuerto, les dieron una Samba. 

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Alejandro Bautista, Carlos García y Alberto Arcas de Okills. Foto de Jonathan Loaiza. Kluster Media.

Si bien pareciera que todos siguen a Okills desde 2012, cuando ganaron el Nuevas Bandas, Crisly, de 21 años, cuenta que supo de ellos hace pocos meses, cuando vio al cantante en el video de “Calipso” de Laura Guevara. Cerca escucho a otra persona que le dice a una amiga: “Pero esta banda suena muy bien”. De eso tratan los festivales, de buscar la certeza, pero también de descubrir. 

Cuando Okills toca su versión de “El Alcaraván”, Elizabeth corea. Para ella, antes era “una canción para viejos”, pero ahora, es popular entre los de sus generación. Tiene 21 años de edad. 

Son casi las 4:30 pm y el sol sigue empeñado en el mediodía. Pero no hay tiempo para pensar en agua porque suena “Lo mejor, lo peor”, “007”, “Funcional”. Y menos chance hay cuando Alberto pide la salida de Maduro en “Tiempo”, un guiño a un clamor entre el ambiente festivo de ese momento. Alberto cumple 32 años de edad, y le cantan cumpleaños, la versión larga. 

“Yo siempre supe que ese chamo es muy talentoso”, me comenta alguien. La música de Okills ese día luce adornos diferentes. Son los de Kmarón en la guitarra. Ha madurado con el instrumento. Y en la percusión está Oreste Gómez. 

Sin estar en la programación, esta dupla se gana una de las dos estatuillas al mejor reparto. Más tarde, Kmarón acompañará en la guitarra a Viniloversus y hará un enérgico solo en “Políticos paralíticos” de Desorden Público. Orestes estará con Los Mesoneros y Los Amigos Invisibles. El guitarrista y el percusionista conforman un proyecto llamado Pasticho, en el que también participa el bajista Daniel Briceño de La Vida Bohème. En Youtube hay una sesión del disco Experiencia curiara de Oreste Gómez, en la que Kmarón  demuestra lo buen guitarrista que es. 

Liana Malva también se lleva otra estatuilla en la categoría de reparto por ser invitada a cantar temas con El Otro Polo, Okills, Anakena, Desorden Público y Los Amigos Invisibles. Su voz aprovecha la vitrina. 

Está por llegar la noche, que siempre es la mejor cómplice de los conciertos porque la oscuridad es como una máscara. Es el momento de uno de los regresos más esperados. Casi cuatro años tenía La Vida Bohème sin tocar en el país. Para unos, es volver a ver una banda emblema de esos años en los que hubo un nuevo ímpetu en el rock venezolano, o el V-Rock, como lo llama Félix Allueva. Para otros, es comprobar la hipótesis. 

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Henry D’Arthenay de La Vida Bohème. Foto de Jonathan Loaiza. Kluster Media.

Henry D’Arthenay sale vestido de blanco, con charreteras hechas con bolívares. En la espalda le cuelgan billetes devaluados como flecos y otros que forman el símbolo del dólar. El cadete billete.

“No muerde, no calla. Sin sangre no hay arte”, con “Nuestra”, del primer disco, inicia la presentación más emotiva del día. Volvieron a casa los músicos que hace una década congestionaban Las Mercedes con los conciertos en la plaza Alfredo Sadel. Sigue “Radio Capital”, sin piedad. La idea es revolver sentimientos y afianzar la fama que los precede en estas tierras. Los acompaña Héctor Tosta, quien en la guitarra vigoriza cada tema en un debate entre cuerdas y sintetizadores. 

Es hasta ahora la presentación más simbólica en el discurso contra el poder. Al final de “Calle Barcelona”, cuando se habla de líderes perdidos, en la pantalla se ve el aniquilado billete de 100 bolívares fuertes. 

En “Lejos”, las emociones se delatan con lágrimas. “Esto es un himno nacional. Esta canción es para los que se fueron y para los que seguimos acá luchando”, dice Randy, quien poco antes había grabado un video para enviar a un amigo.

La gente ve la cara del que tiene al lado para así reconocer el sentimiento propio en el otro. Cuando ven que la otra persona también canta, sonríen. La música cumple un objetivo cuando el individuo es uno y es otro a la vez.  Entre el público, están Rodrigo Gonsalves y Orlando “Mangan” Martínez, de Viniloversus. Ven fijamente hacia la tarima. 

Creo que en muchos, La Vida Bohème resuena en su vida como Sentimiento Muerto lo hizo en la mía. Recuerdo entonces cuando en 2001 descargaba en Napster las canciones cantadas por Pablo Dagnino, solo que a ellos nunca los vi. 

Casi hora y media en tarima, pero la gente quiere más. No bastan “Flamingo”, “La vida mejor” ni “El zar”. Piden “Nicaragua”, pero no suena. Hay que ser puntuales y el tiempo se acaba. Ese clamor solo demuestra que en momentos en los que la música pareciera querer una fiesta perenne, también hay quienes  necesitan catarsis y gritar tanto pesar. 

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Henry D’Arthenay de La Vida Bohème. Foto de Jonathan Loaiza. Kluster Media.

Lo mismo ocurrirá dos horas después, cuando al final de todo, a Desorden Público le pidan “Políticos Paralíticos”. Esa institución nacional, como los llama Henry D’Arthenay, cierra el primer día con un repertorio poderosamente ejecutado, pero arriesgado para un público tan variopinto. 

Interpretar la reciente versión de “Tiembla” en joropo tuyero, luce como un extraño paréntesis en el deseo por alcanzar el ímpetu para un enérgico pogo, como el que hubo en el Paix de 2018. Inolvidable. 

La voz de Horacio Blanco es la más imponente del día. Son más de 30 años de escenarios y estudios; forma parte ya del ideario, como las voces de Musiú Lacavalerie, Delio Amado León, Oscar D’León, Gustavo Aguado, Yordano o Franco de Vita. 

Es el que más se explaya en hablar con el público. Está confiado, tiene la cancha libre por dos horas. La presentación está estudiada, es similar a la presentada en el Club Táchira en agosto, donde sorprendieron a muchos con el breve homenaje a Pastor López, cuyas canciones también fueron cantadas por no pocos en El Hatillo. 

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Horacio Blanco de Desorden Público. Foto de Jonathan Loaiza. Kluster Media.

Invitan a María Teresa Chacín a interpretar con ellos“A ti te cantamos (Preciosa María)”. Es un buen momento, un tema que se lleva en los genes. No importa la edad. “Esa señora es un valor patrio”, dice Horacio Blanco, por si quedan dudas, especialmente entre los más jóvenes. 

Vuelve el baile con “Todo está muy normal”, “Combate” y “Los zombis están de moda”, precedida con el cuento del apagón de marzo en palabras del vocalista. 

La banda homenajea a sus influencias con “Rankin Full Stop” de The English Beat, “Too Much Pressure” de The Selecter y “One Step Beyond” de Madness. Y cierran con “Políticos paralíticos”, momento en el que suben los músicos de las bandas previas. En ese momento, Horacio Blanco coloca su cabeza en el pecho de Henry, señal de respeto, pero también simboliza ese vínculo entre ambos: la inquietud por registrar con la música los tiempos que han vivido. A las 10:10 se acaba todo.

 

Día 2

Domingo. Hay un retraso de casi media hora. Los primeros en tocar a las 12:15 pm son los muchachos de Meera, desconocidos por casi todos. No tienen ni un tema grabado disponible al público. Pero ahí están, en tarima, y sin tantos artilugios. Son cinco, acompañados con guitarra acústica y cajón peruano. 

Versionan canciones de Calle Ciega y Bacilos. Como toda agrupación que abre, recibe toda clases de opiniones. Algunas, disfrutan, otros cuestionan lo que consideran un show simple. 

Terminan y suena “Flamingo” de La Vida Bohème gracias a DJ Marco 77, otro de los actores secundarios de las dos jornadas. Es el encargado de recordar a esas bandas que también merecen estar en un encuentro como el Cúsica Fest: Los Mentas, TLX, Luz Verde, Famasloop, Candy 66. También suenan temas de aquellos que intentaron, pero apenas despegaban, abandonaron, como Buenaparte. 

El Otro Polo es el segundo en presentarse. Ya tiene dos discos, con buena crítica que le han granjeado seguidores, que responden entusiastas a lo que escuchan ese día, no tan soleado, y con nubes que advierten agua. Las más aplaudidas: “Bajo el sol”, “El sur” y “Bésame”. Sale bien librado.

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Liana Malva y El Otro Polo. Foto de Jonathan Loaiza. Kluster Media.

Hay más gente que el sábado. Según los organizadores, 800 personas más que las 2.200 del día anterior. “Esto es una burbuja, pero se agradece”, asevera alguien mientras camina hacia los lugares de expendio de comida. Otra persona habla con unos amigos sobre cómo explicar lo que ocurre en el festival a una persona de Propatria que busca cómo comprar Harina Pan para las hallacas. Alguien le replica: “Pero seguro acá hay gente de Propatria”. No sé si de Propatria, pero si tuviera que dar la cola a conocidos, manejaría de Palo Verde a Coche. 

Es el turno de Anakena, una de las noveles más esperadas. Una agrupación que se volvió casi omnipresente en las distintas tarimas que hubo en 2019. Han aprovechado muy bien el impulso de haber ganado el Festival Nuevas Bandas en 2018, donde más de uno se molestó por premiar una obra que no coquetea con lo tropical, sino que es concubina de géneros como la bachata y el bolero. Recogen buena cosecha en El Hatillo. Mientras, el clima vacila. Garúa, sol, garúa. 

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Mikel Maury de Anakena. Foto de Jonathan Loaiza. Kluster Media.

Seis años tenían los músicos de Malanga sin tocar en Venezuela. Fue una resurrección. Pienso que los más jóvenes, quizá, pueden ser indiferentes. Pero esa tarde Arístides Barbella, Rudy Pagliuca, Chapis Lasca y Juan Luciow comprueban que su música ha permeado generaciones. 

Y es que suena todavía en radio, fiestas y en cualquier playlist del rock venezolano. Además, dieron en el blanco cuando sus canciones también contaban historias en telenovelas de RCTV. Aquellos tiempos de industrias. “¡No me lo creo!”, dice Barbella desde la tarima. Apenas ensayaron una vez antes de subir a El Hatillo, y ahí están, en comunión con los fieles y  con aquellos que descubren que esa canción que se saben de memoria, es de Malanga. La lluvia deja su amenaza. Cuando interpretan “Si tú no estás” un homenaje a los idos, en pantalla se ven a figuras como Simón Díaz, Diego Rísquez, Libero Iaizzo, Pablo Manavello, Carlos Cruz-Diez, Jesús Soto, Humberto Orsini, Juan Vicente Torrealba, Hernán Gamboa y Canserbero. 

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Malanga. Foto de Jonathan Loaiza. Kluster Media.

En “Déjala” Rudy hace un solo de guitarra en el que deja claro que hubo un antes; una generación que no sólo hizo música, sino que, como él, también es artífice de la nueva ola. En su caso, ha sido productor de Viniloversus, así como Chapis de El Otro Polo. 

Casi a las 4:45 pm, sube Viniloversus. Vienen a mi mente los recuerdos en Teatro Bar con Elia, Mima, Patricia, Alberto. Nos creíamos eternos en esas madrugadas de rock, cervezas y taxis baratos. En Venezuela solo quedamos Elia y yo, pero ella no pudo venir. Ahí está Rodrigo Gonsalves, su crush de siempre. “Que buen regreso a casa, carajo”, afirma el cantante del grupo, que no tocaba acá desde 2016. 

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Rodrigo Gonsalves de Viniloversus. Foto de Jonathan Loaiza. Kluster Media.

Comienzan con “Yunque”, que nunca falla para dar inicio a un repertorio. Desempolvan las viejas y presentan las nuevas, con las que todavía hay recelo de algunos. Pero no importa, Viniloversus está ahí, dando cátedra de constancia y riesgos. Rodrigo recuerda las palabras de Henry del día anterior, parafrasea y dice que el momento más importante es el presente. Aun así, cede paso a la nostalgia cuando recuerda locales como El Molino, Discovery Bar y La Quinta Bar, donde todo comenzó.

Comenta que entre el público están los muchachos de Los Mesoneros, y la gente empieza a gritar por Arawato. Él promete que para el próximo año. 

Kmarón de Okills los acompaña en la guitarra. Henry sube a tocar con ellos en “Control” y se abraza con Rodrigo. Los fotógrafos saben que es buen registro. 

El reloj no miente. El show debe terminar y la gente empieza a pedir “Ares”. Suenan las primeras notas. “Por los hijos de puta que nos privaron de estos momentos durante tanto tiempo”, advierte el vocalista, quien culmina así un ritual para soltar las rabias y las cosas malas. Lástima que su guitarra, justo en el solo, no suene tan alto como se esperaba. Una vez más pide que Ares no dispare. 

Llega la noche, y salen Los Mesoneros. “Buenas noches Caracas”, dice Luis Jiménez. Entre el público se escucha un “móntame un muchacho”. 

Es el mejor repertorio de la noche, porque no permite ningún bajón. No da chance a la dispersión ni el reproche. Pienso en los tres discos del grupo, y compruebo que premeditan bien sus pasos. La duración de cada uno, la estructura de las canciones, y ahora el setlist. Saben como captar la atención en estos  tiempos. Le cantan al amor, al despecho, a la lujuria, pero también a no perder el tiempo en la vida. A intentar, sin importar el fracaso. 

Veo a gente conmovida. “Se me aguó el guarapo”, le confiesa una chica a otra cuando suena “Indeleble”. Veo los ojos de quien está en éxtasis, en un momento que quizá sea difícil de volver a experimentar, por lo menos a corto plazo. Mañana, volverá la vida en Venezuela, país al que dedican “Traiga la noche”.

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Luis Jiménez de Los Mesoneros. Foto de Jonathan Loaiza. Kluster Media.

Cuando se fueron a México, Los Mesoneros eran cinco, y regresan con dos menos. Esa noche, en el bajo está Daniel Briceño de La Vida Bohème y en la batería Jorge González, ex Mojo Pojo. Orestes Gómez acompaña en la percusión. 

Carlos Sardi, el tecladista, es otro que recuerda a Teatro Bar, Discovery Bar, la plaza La Castellana. Imposible no rememorar tantas madrugadas en esos locales, refugios de una Caracas carcomienta. 

El público vuelve a pedir Arawato, Luis dice que el año que viene. A las 8:00 pm se despiden. Solo queda una banda. 

Entre el público camina el cineasta Joe Torres. “Vine solo por Los Amigos Invisibles”, dice el director, quien firma el video de “Espérame”, y además primo del bajista.

Pega el cansancio. Van dos días. A las 8:43 pm salen los dueños de “Mentiras”. Estrenan una canción que saldrá el 14 de febrero, complacen con clásicos como “Rico”, “Dulce”, “Sexy”, “Mujer policía”. 

Por momentos, Julio Briceño luce incómodo. Reclama al personal que está a un costado. Pareciera ser un problema con los monitores. Desde el teclado las cosas no salen muy bien tampoco. Pero el show sigue, ellos no se amilanan. 

Homenajean a Evio Di Marzo con la versión de “No es fácil amar a una mujer”. En las pantallas se ve la imagen de Adrenalina Caribe, a quien deben tanto Los Amigos Invisibles, y cuya impronta llega hasta Anakena. Dilo en voz alta, para que se escuche. 

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Julio Briceño y Liana Malva. Foto de Jonathan Loaiza. Kluster Media.

Con los amigos, Oreste Gómez es mucho más libre en la percusión. Tiene más tiempo de lucirse, como cuando lleva la samba a “Playa azul”. 

Es un show con altibajos, no todas las canciones son bien recibidas por los más jóvenes, ávidos de éxitos y no de tantas novedades, pero Julio, a pesar de los pocos traspiés, sabe cómo reponerse y animar a la gente. Desde el público una muchacha pide “Ponerte en cuatro”. También suenan “Cuchi-Cuchi”, “Ultra funk” y culminan con “El disco anal”. Como la noche anterior, suben los músicos de las bandas participantes para hacer del cierre un jolgorio por un festival que por dos días fue un paréntesis, una pausa, como el descanso del Calvario, que te permite respirar, ver lo avanzado, y seguir adelante.

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